Limonada

18 de enero 2026 - 03:08

Por un ejemplo puesto de pasada sobre los bienes complementarios, mis alumnos se enteraron de que los Reyes Magos habían traído a mi hija un muñequito de esos que se cuelgan en los bolsos. Como están de moda, por lo visto, les hizo mucha gracia. Me dijeron lo que costaban. No me hizo ninguna gracia.

Todavía te puedes consolar, se reían, con que sea una imitación. No creo, repuse inconsolable, porque conozco a la Reina Maga que cerró esa operación, y sé cómo se las gasta (en todos los sentidos). Es muy de cofres de oro y de incienso. La mirra es lo mío.

Y entonces me propusieron, divertidos con mis aspavientos de pasmo y mi descripción de la birria de colgante: “Pues escribe un artículo sobre el muñeco y, por lo menos, te renta y te acaba saliendo gratis”.

Ah, eso cambió todo. Mis alumnos, sin que yo, creo, se lo haya explicado nunca, habían aprendido por ósmosis, después de un curso –el pasado– y medio –éste–, una de las lecciones fundamentales para mí. Con los limones que te den las circunstancias hay que hacer limonada. Cuando uno es capaz de darle la vuelta y encontrar un sentido o un servicio o un sacrificio a las dichosas contrariedades, se convierten en beneficios y en dichas.

Les aplaudí la actitud: así, siempre, con todo. Hay que hacer artículos, relatos, chistes o canciones quejumbrosas (pero bellas) de aquello que nos pase. Engrandecer lo minúsculo, empequeñecer lo monstruoso, rentabilizar el robo, multiplicar la alegría.

Cuando lean este artículo –como harán, no porque me sigan con fervor letraherido, sino porque se lo pasaré–, quizá piensen que yo les he hecho caso. En absoluto. Este artículo no va sobre el estrafalario muñeco que cuelga a un precio desorbitante del bolso de mi hija adolescente, como un complemento que ella, tan guapa, no necesita, ni que a ella, tan elegante, le pegue. Este artículo va sobre la épica cotidiana que mis alumnos han aprendido. La capacidad de levantarse, la premura en revolverse, la incapacidad para limitarnos a lloriquear sin lanzar un contraataque.

De paso, para cuando toque explicar la valorización del subproducto, tal vez nos sirva esto de ejemplo, pero sólo porque aquí somos de aprovecharlo todo. Lo importante es el espíritu: la firme voluntad de no rendirnos jamás, oh, mis ya casi antiguos alumnos y nuevos compañeros.

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