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Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

Las inscritas y los poderosos

ESCUCHO a Espinar: no piensa ni dimitir ni renunciar a liderar Podemos en Madrid por lo del pisito. No me extraña. Lo que me extraña es que en su comparecencia diga que todo obedece a una conspiración de "los poderosos". Y no por la excusa, no, que cada uno se busca la que puede y ésa viene de serie. Me extraña que no diga "los poderosos y las poderosas". A cada rato habla, sin embargo, de "los inscritos y las inscritas". ¿Por qué esta diferencia de trato?

La primera impresión es mala. Podría pensarse que para Espinar inscritos pueden ser ellos y ellas, total, inscribirse lo hace cualquiera, pero que poderosos son sólo los poderosos. Sería un machismo rampante, pero tampoco azotar a Mariló, como soñaba su jefe de filas, es muy feminista. Es lo que tiene usar el lenguaje de género, que, cuando dejas de usarlo, levantas suspicacias.

¿O es lo contrario? El desprecio a los poderosos de Ramón Espinar ¿llegará al extremo casi sádico de negarles hasta el lenguaje de género? Una guillotina gramatical. O es algo más ontológico, me apuntan en Twitter: el poder es heteropatriarcal, ergo son ellos, sin más tutías. Las mujeres, apunta otro, podrán estar empoderadas, eso sí, que es un neologismo de la neopolítica, pero "poderosas-poderosas" de toda la vida, ni hablar. La profesora Montse Doval explica: "Igual que en los accidentes hay heridos y nunca heridas, muertos y no muertas. Lo negativo es masculino en la neolengua".

Hay quien propone una solución inspirada por el misterio de la carta robada de Edgar Allan Poe. Ya saben: el mejor escondite fue colgarla enmarcada a la vista de todos. Nadie busca la explicación en lo evidente. Según mi interlocutor, Ramón Espinar es tonto, y ya está.

Si yo tuviese que escoger una explicación, elegiría todas. El lenguaje de género es tonto y ya está y, como no puede usarse siempre si no se quiere hundir el idioma del todo, se incurre inexorablemente en estas faltas de coherencia. Que, como nos han vuelto tan susceptibles, nos hacen preguntarnos los porqués. Que son reales, aunque freudianos. En su subconsciente, Espinar regala géneros a los suyos (los inscritos y las inscritas) y fustiga a los poderosos con el látigo del género gramatical de toda la vida, por malvados y por obligarle a que le tocase un piso de protección oficial que no habitó nunca y que tuvo que vender, ganando un dinerito curioso, qué malos que son, ellos, los poderosos.

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