Yo te digo mi verdad

La guerra y los principios

Abrimos nuestras casas y nuestros corazones a los refugiados del norte de Europa pero no a los que vienen de África

Que es más importante la percepción que la realidad es algo que demuestran algunos aspectos de la cruel invasión de Ucrania por parte de las fuerzas de Putin, propia de un autócrata implacable y que debe, sin duda, recibir un castigo del mismo tamaño que su infamia. La compasión y la solidaridad con los civiles que huyen de la matanza y del pisoteamiento de sus derechos ha sido generalizada, espontánea, rápida y, obviamente, justa.

Contrastan, sin embargo, las reacciones populares y las declaraciones de la casi totalidad de los políticos de este país en solidaridad con los ucranianos que huyen del terror y la muerte, si los enfrentamos con esas otras imágenes de vallas y alambradas e incluso de golpes contra ciudadanos que quieren entrar en nuestro país, huyendo de lo mismo pero procedentes de otras latitudes más sureñas. Abrimos nuestras casas y nuestros corazones a los refugiados del norte de Europa mientras los cerramos para quienes vienen corriendo desde África. A unos los vemos como desgraciados y a otros como una amenaza, sin que a la mente abierta le pueda quedar claro en qué radican las diferencias. Las más evidentes radican en el color de la piel y el contenido de sus bolsillos, pero ello implicaría llegar a la desoladora conclusión de que se trata simplemente de racismo.

Otra cuestión que resulta incómoda y no he visto que se haya tratado, al menos de manera pública, es la desigualdad en las consecuencias de esta guerra para hombres y mujeres de Ucrania. A los primeros, si tienen una edad entre 18 y 60 años, se les prohíbe taxativamente abandonar el país, mientras que a las segundas se les facilita la salida. Esta distinción supone la consecuencia inmediata de que quienes se quedan a enfrentarse con las bombas y las balas son los pertenecientes al sexo masculino, siempre que tengan edad para combatir con garantías, mientras las mujeres pueden refugiarse lejos del peligro. Las dos situaciones son una desgracia, pero obviamente el peligro es infinitamente más grande para una parte, discriminada por su género, que para la otra.

Queda por último señalar la irreal actitud de algunos miembros de Unidas Podemos, que se llaman de izquierdas, apostando por un extraño "no a la guerra" cuando ya la guerra está matando inocentes, enarbolando unos principios de esos terroríficamente llamados inmutables, mientras los hechos terribles exigen olvidarse de ellos y resolver la cuestión, ya sangrienta.

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