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Obituario

Fallece la profesora María de la Pascua Sánchez, Catedrática de Historia Moderna de la Universidad de Cádiz

José Antonio Hernández Guerrero

Aunque es cierto que, en varias ocasiones, ella misma me confió algunas informaciones sobre su “delicado estado físico”, la noticia de su fallecimiento me ha recordado aquellas agudas, lúcidas y esperanzadas reflexiones sobre la fragilidad de la vida, un asunto que ella me esbozaba cada vez que cambiábamos ideas sobre la muerte, uno de los temas preferidos de sus investigaciones históricas. Me explicaba -recuerdo- cómo el carácter mortal de la vida era, “quizás, el factor más determinante de los temores que nos generan los contratiempos, las adversidades, los fracasos e, incluso, las enfermedades”

María de la Pascua, mujer amable, discreta, seria y trabajadora, además de una profesora “servidora de los alumnos”, era también, una historiadora rigurosa, preocupada por los factores psicológicos, sociales, culturales y religiosos la vida. Por eso estudió los diferentes hábitos de comportamientos de las mujeres y de los hombres y, más concretamente, las distintas actitudes ante la muerte. El punto de partida de sus investigaciones solía ser la atención a los lenguajes. “Por eso, me explicaba, presto tanta atención a las voces y a los silencios”.

Aguda analista de las palabras, era una intelectual contemplativa que -callada pero no absorta-, tras gozar con la verdad y con la belleza, nos descubría el fondo de los comportamientos humanos, nos señalaba sus peculiaridades con la intención de que interpretáramos sus aleccionadores y jugosos mensajes. En mi opinión, uno de los rasgos más reveladores de su vitalidad intelectual era su capacidad de admiración y la fuerza con la que nos estimulaba a sus amigos para que miráramos la vida con el fin de que encontráramos cordialmente con lo más valioso de nosotros mismos. Esa fue la razón que le movió a estudiar, por ejemplo, “El amor en el Carmelo descalzo: Diálogo entre Teresa de Jesús y María de San José”, “El Carmelo como jardín” o “La escritura religiosa femenina”.

María José, con sus palabras claras, con su apacible estado de ánimo y con sus actitudes contemplativas, tanto en sus clases como en las conversaciones con los colegas, nos explicaba con claridad cómo la admiración es la ventana que nos abre la posibilidad de fijarnos, de apreciar y de participar en los aspectos más positivos de nuestra corta existencia. Con la suavidad de sus gestos y con la elegancia de sus formas, con su moderación y con su discreción, nos ilustró magistralmente su convicción de que el buen gusto, entendido como discreta actitud frente a los problemas humanos, era la manera más positiva de vivir la vida en serio y de orientarla hacia unas metas nobles y trascendentes. Que descanse en paz

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