Cambio de sentido
Carmen Camacho
Suspirar a tiempo
En nuestro imaginario infantil, las princesas eran dulces, bellas y honradas y los príncipes apuestos, valientes y, por supuesto, también honrados. Me da que los mismos cuentos se les están leyendo a los niños de hoy, sobre todo a las niñas, que acuden un año y otro disfrazadas de brillantes, azules o rosas, al Carnaval festero. La realidad es otra muy diferente, pero se sigue dando la curiosidad de que a algunas sociedades occidentales les da por preferir tener a su frente figuras regias antes que otras más ‘mortales’. Las princesas, los reyes, aunque sea sin armiño, tienen otro lustre, dan mejor en las fotos de inauguraciones de congresos y teatros.
Nos esforzamos en creer, necesitamos hacerlo, que las casas reales son hogares impolutos en los que rige la honestidad del estar por encima de lo mundano, por mucho que la Historia, que debería ser maestra de tantas cosas, nos haya enseñado miles de ejemplos de lo contrario. Pera esa fe en lo inmutable hace que los consideremos casi dioses ajenos al pecado y, por lo tanto, parezcamos sorprendernos tanto cuando descubrimos, vaya chasco, que tienen las ambiciones, los odios, las envidias y las soberbias en el mismo lugar de su cuerpo o alma que los demás. Esconderlos a la vista es su principal objetivo. Y por eso deben aparentar ser honestos mucho más que serlo, no llegando siquiera a los deberes de la mujer del césar. Y deben convencernos de que quienes hereden sus tronos también lo serán. La mayoría de los ciudadanos se preocupan también mucho más de esas apariencias de sus príncipes.
¿Sería Gran Bretaña mejor sin su familia real? Seguramente, no. ¿España sería más habitable sin la Monarquía? La respuesta es probablemente la misma. Tampoco aseguraríamos que sería peor. Lo cual, quizá, vendría a demostrar su inutilidad práctica en vista de lo que cuesta su mantenimiento. El príncipe Andrés, la princesa Mette-Marit son ejemplos de personajes que han vivido toda su vida extremadamente bien por el simple hecho de haber nacido en un palacio o haberse casado con alguien nacido entre paredes nobles.
En cualquier país democrático el escándalo protagonizado por un dirigente hace daño a todo el partido al que pertenece, porque se le supone una responsabilidad compartida pero en las monarquías las familias quedan al margen, su ADN les protege, el infractor es señalado como oveja negra y el país vuelve la vista y sigue celebrando sus bodas y fotos navideñas en las que invariablemente aparecen felices, sin que en realidad podamos saber si alguno de los retoños sonrientes será el próximo en dar el chasco.
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