Un televisor enorme en todo menos en la pantalla sin mando a distancia está en el salón con la familia alrededor viendo el Un, dos, tres o cualquiera de los programas de las dos únicas cadenas que había, la primera y la segunda o el UHF para los más antiguos. Salían los anuncios y los aguantabas porque nadie quería levantarse a cambiar a la otra emisora. La programación infantil tenía su hora y la marcaba la tarde hasta que salían unos muñecos que te mandaban a la cama con una música que los que tenemos una edad aún somos capaces de tatarear. Los tiempos han cambiado. Ahora, no hace falta la tele para verla, a pesar de que estas son planas y fantásticas. En un mismo habitáculo puede haber tanta gente como cosas que ver en los distintos dispositivos. Doraemon o Bob Esponja está a todas horas del día y los anuncios ni nos planteamos verlos. ¿Pero es mejor la televisión? Uno lo duda.

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