
El mundo de ayer
Rafael Castaño
Velero de dos velas
Su propio afán
Me encanta llegar tarde a las últimas noticias. ¿Se le ocurrirá a Juanma convertir esta leve impuntualidad en otro rasgo identitario andaluz? Me fastidiaría, porque ése lo tengo. Por ahora, lo seguiré disfrutando. Llegar tarde a criticar la ideíta de fomentar el acento andaluz me permite no entrar a saco en la crítica. Ya la han hecho muchos muy bien.
Así que me puedo regodear en su imposibilidad. ¿Cómo que uniformar el acento andaluz? Tienen oídos y no escuchan que no hay uno, sino un montón. Cuando estaba en mi colegio, que tenía alumnos de toda la provincia, se distinguía el habla de los de Sanlúcar, de los de Chiclana, de los de Arcos… Todo esto se ha suavizado por efecto de lo que los lingüistas llaman “Babel en reverso”. La televisión, la radio y el internet, al tenernos todo el rato en contacto con un acento estándar, liman las preciosas aristas de los tonos más sanluqueños, digamos. Una lástima; y viene Juanma y quiere agravar el proceso.
Los acentos no son sólo territoriales, sino también familiares y personales. Y “el acento andaluz” (nótese el totalitario singular) también querría arrasar esos matices. No tengo espacio para delectarme en el léxico y el acento familiar de tantos casos notorios. Conformémonos con uno. Contaba Aquilino Duque de un De la Lastra Terry muy interesado en la belleza femenina y que, además, gustaba de arrastrar las elles. Con José Luis Tejada se reían de ese deje. Un día estaban en un bar en el Puerto y cruzó una chica muy mona. Aquilino preguntó a Tejada imitando a De la Lastra: “¿Es una Merellyo o es una Cuvillyo?”. José Luis contestó: “Es una Portillyo”. No hay duda que De la Lastra se gozaba en el sonido lateral palatal con sensitivos temblores fricativos. Y esto ¿por qué hay que uniformarlo?
Cuando cruzo Despeñaperros, muchos tienen la deferencia de informarme de mi acento andaluz. Aquí, en cambio, cada año los alumnos me preguntan si soy de fuera. Tan de dentro como ellos y desde más tiempo, preciso. Y les cuento lo que decía el príncipe de Lampedusa. Él tenía un profundo y orgulloso acento siciliano, matizado por tres factores: las buenas maneras, la lectura de los clásicos y el dominio de una lengua extranjera. Me parece un ideal, que les propongo.
La imposibilidad de la uniformidad acentuosa juanmamoriana es la buena noticia. Que se monten otro chiringuito, da coraje. Que lo hagan por seguidismo con los nacionalistas, repatea.
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