ALicia Ruiz

A Julito, el del Laurel

Las cabrillas en tomate están casi listas. Mi padre ha llamado a mis tíos, a mis primos, me ha dicho que avise a mi suegra. Como si estuviera en El Laurel, con la olla que ha cocinado para casa alimentaría a medio barrio, así que mi madre prepara el ritual de los tuppers. Mi padre era sus cabrillas; era su menudo, sus merluzas rebozás, sus albóndigas de choco, sus garbanzos con langostinos... Cada uno que añada su tapa. Yo nunca pagué por una, pero miles de personas sí lo hicieron, encantadas de probar las recetas de Julito, el del Laurel, toda una vida en la cocina de su bar. Alguna vez aparecieron en algún reportaje, pero hoy, en su recuerdo, las cabrillas con tomate de mi padre, con un regusto capaz de impregnar solo de buenos recuerdos mi cabeza, salen en el diario. Y lo siento, no tengo ni idea de cómo se hacen, más allá de que llevarán varios kilos de caracoles gordos y tomates. Pero, ¿para qué? Son irrepetibles.

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