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Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

Futuribles

AHORA que el PSOE está ajustándose los últimos mecanismos para asegurar la abstención es casi inevitable mirar atrás y analizar todo el proceso. Rajoy ha ido de inmovilidad en inmovilidad hasta la victoria final; y recibe de propina el éxito simétrico de que, a él, que ha hecho de la quietud la clave de bóveda de su acción, le aúpe al poder la abstención del gran partido rival. El resultado tiene más justicia poética que un voto a favor.

Me pega mucho que Pedro Sánchez tenga ese rasgo tan de actriz española de asegurar que no se arrepiente de nada. Bien. Él (y ellas) sabrán. Arrepentirse es otro nombre de la conciencia crítica y hasta de la misma conciencia. Lo ha diagnosticado Gabriel Insausti: "¿Conciencia tranquila? Una contradicción en los términos". ¿No sopesará de verdad Pedro Sánchez todas las posibilidades políticas a las que dijo "no" y que abocaron al "no" trágico que le arreó a él su propio partido y que va a suponer, en la práctica, un "sí" sin condiciones a Rajoy? Un sín, si me permiten el comprimido neologismo.

No hace tanto, tras las primeras elecciones, Sánchez pudo entrar en la Gran Coalición que suplicaba Rajoy. Hubiese adquirido talla europea de estadista, y, de paso, el Ministerio de Exteriores, además de otro u otros para los suyos, para que se les pasara el mal trago. No quiso. También pudo presentar una lista de leyes a derogar y de medidas a aprobar que Rajoy, con tal de quedarse con el sillón, le hubiese concedido sin pestañear. Tampoco quiso. Finalmente, pudo ofrecer un pacto al PP a cambio del paso atrás de Rajoy, que hubiese, como poco, sembrado la discordia en las filas populares y saciado algo los instintos de los militantes más militantes. Nada de nada, que no es no y qué parte del no, etc.

Eso es pasado y lo fuimos comentando detenidamente. Hoy me interesa, más que el curso de los acontecimientos, el sentimiento. Ver el triunfo total de Rajoy y, sobre todo, del método de Rajoy debería despertar todas las compunciones de quien tuvo ocasiones para evitar no tanto el triunfo como la derrota propia sin paliativos. Yo no le deseo a Sánchez que sufra, sino que aprenda. Los futuribles apenas sirven para nada, excepto por su valor pedagógico y, en su caso, moral. La gran lección de todo este proceso, si no para él, para mí, es que el odio al enemigo nos puede destruir por la espalda. Es el fuego amigo (o más aún, interno) por excelencia.

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