Pepe Mendoza, nuestro reciente pregonero, a quien tuve el honor de hacer la presentación el lunes pasado en la caseta Helo-libo, decía, en una entrevista previa al pregón en este Diario, que “La Feria es un descanso de los afanes diarios en la que caben todas nuestras ganas de celebrar, nuestras alegrías, nuestros anhelos, nuestra necesidad de buscarnos y encontrarnos entre los otros. Esos días de fino y rosas devuelven siempre la confianza en la vida”. Reflexión que, como ya nos tiene acostumbrados, es un acierto.

El éxito de este encuentro anual no ha evolucionado como tantas otras cosas en función de las apps y las últimas tecnologías, sino que se alimenta de una dieta bastante tradicional: encuentros reales, cara a cara, música, baile, gastronomía y, lo fundamental, el consenso de hacer un paréntesis en nuestras vidas. Los problemas, que siempre los hay, se quedan fuera. No desaparecen, claro, seguirán acechando a la vuelta de la esquina, pero todos necesitamos (tanto que debería ser un derecho constitucional) olvidarnos de ellos durante un rato, de los que tienen solución y de los que no; jugar a que no existen; olvidar que “pasa la vida y no has notado que has vivido cuando pasa la vida”; que “nuestras vidas son los ríos/ que van a dar a la mar/ que es el morir”.

Así que esta semana solo les deseo que puedan hacer una pausa en sus vidas; que tengan en casa una percha lo bastante fuerte como para poder colgar en ella la mochila de sus problemas y acercarse sin ellos un rato al recinto ferial para disfrutar de unas risas con los amigos armados de una copita de fino sostenida con elegancia y heroísmo en su mano. Después de todo, ya lo dijo Calderón, “¿Qué es la vida?: un frenesí. ¿Qué es la vida?: una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño, que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.” Pues soñemos, que para eso tenemos el lujo de disponer de esta cita anual.

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