Yo sé que a medida que pasan los años a una se le va a haciendo el tiempo más apresurado, que sin saber cómo nos hemos puesto en 2020 cuando en mi infancia me llevé siglos pensando en la llegada del 2000. Pero no solo es mi vivencia subjetiva del tiempo: la velocidad a la que avanza la actualidad tampoco ayuda. Ni quince días llevamos de año y ya hemos visto un amago de tercera guerra mundial, dos debates de investidura, un sinfín de decisiones judiciales y hasta a políticos planteándose entrar en Supervivientes.

Recuerdo que de niña, cuando los días parecían semanas y los años, décadas, estaba convencida de que Felipe González, Ronald Reagan y el papa Juan Pablo II tenían cargos vitalicios. Siempre estaban en el telediario. El que más duró fue Wojtyla y ya lleva dos sucesores.

Durante mis años de periodismo activo viví esta evolución como una condena. No solo ya la exigencia creciente de inmediatez, reñida con cualquier intento de reflexión o análisis. Es que incluso si tenías la suerte de poder pararte a profundizar, te veías arrollada por la actualidad.

Por poner un ejemplo, hace menos de seis años que surgió Podemos, y ya he perdido la cuenta de las crisis y resurgimientos de la formación; mientras que Ciudadanos ha condensado en apenas unos meses su paso de ser la alternativa de gobierno a la irrelevancia. Lo de Pedro Sánchez expulsado por los suyos y regresado después para hacerse con la presidencia del Gobierno fue como una serie: si te perdías un capítulo, no entendías la trama. Y a todo esto, claro, hay que sumar la política local (de la época de Juan Pablo II solo sigue dando titulares Hernán Díaz), la internacional, la evolución de la economía, los avances tecnológicos, la ciencia…

Admito que ahora vivo más serena, sin ese desasosiego de no alcanzar a estar a la última. Me gusta saberme enterada, pero no me fustigo si se me pasa el último nombramiento de un ministro. Imagino que un poco como Rajoy, que en poco más de un año (sí, hace tan poco) ha conseguido desconectar y aprender a mirar desde la distancia. Lo tranquilo que se habrá quedado.

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