La voz de Pericón recobra vida

Flamenco

Ediciones Barataria reedita 'Las mil y una historias de Pericón de Cádiz', el libro de conversaciones con el cantaor recopiladas por José Luis Ortiz Nuevo del que en estas páginas se recogen dos extractos

Fotografía de archivo en la que se puede ver a Pericón de Cádiz y a un joven Paco de Lucía.
Fotografía de archivo en la que se puede ver a Pericón de Cádiz y a un joven Paco de Lucía.
Fermín Lobatón

17 de noviembre 2008 - 05:00

Fue a mediados de los años setenta del pasado siglo cuando un joven José Luis Ortiz Nuevo (Archidona, 1948), estudiante de Ciencias Políticas en Madrid, trabó conocimiento con un cantaor que ya por entonces se encontraba jubilado y, además, con pensión, quizás uno de los primeros artistas flamencos en disfrutarla. Era Juan Martínez Vílchez Pericón de Cádiz (Cádiz, 1901-1980) y de él y de su habilidad narrativa había escuchado hablar tanto a Enrique Morente como a Pepe de la Matrona, los dos trabajando en Zambra en esos años. Con el segundo de estos ya había elaborado un libro de conversaciones que habría de ser el primero de una serie de cinco, aunque se editara de forma casi simultánea con el segundo, el dedicado al artista gaditano, en el año 1975. Con posterioridad verían la luz los protagonizados por Tío Borrico, Tía Anica La Periñaca y Enrique El Cojo.

Ortiz Nuevo consiguió una beca (15.000 ptas. de las de entonces) del Instituto de Cultura Hispánica, un magnetófono que le cedió el Centro de Cultura Andaluza del mismo organismo, y se plantó en la casa del barrio de Carabanchel madrileño donde Pericón vivía con su esposa Rosario. Dos o tres veces por semana durante tres o cuatro meses los visitaba a la hora de merendar. "Primero era el café y las galletas, y ya luego caían los güisquicitos -cuenta José Luis-. Lo recuerdo como un ensueño. Rosario también participaba y era todo muy divertido".

El hecho de que su mujer tomara parte de la conversación, corroborando o corrigiendo detalles de las historias, puede que ponga en cuestión la tan traída fama de rey de los embustes, que tanto se le ha atribuido al cantaor. Sobre el particular, el autor piensa que "efectivamente, y al contrario de lo que se piensa, en la historia de Pericón existe un punto de partida de realismo muy fuerte, casi trágico. Es -añade- como la clave de una estructura que parte de una situación real, normalmente de hambre". A ello hay que añadir el ingenio gaditano, del que el cantaor fue genuino representante. Para Ortiz Nuevo, "el fundador de todo esto, después quizás de Argantonio, fue Ezpeleta. Él es el maestro que inventa el género y Pericón le rinde culto, es un discípulo fiel. Cuenta que de niño iban a escucharle y en el libro le dedica varias historias".

El autor de Las mil y una historias de Pericón de Cádiz piensa que la clave de este ingenio radica en "el chispazo de la inventiva, de resolver cualquier cosa en un instante". Y pone como ejemplo la conocida letra de las alegrías "Y que las hambres las vamos a sentir/ mire usted que gracia…". "Es la resolución del dolor del problema por medio del ingenio". Según Ortiz Nuevo, el valor del discurso de Pericón estriba en que es más literario que, por ejemplo, el de Beni de Cádiz, que tendría su fuerza más en el aspecto oral e interpretativo. "Coges cualquier relato de Pericón, lo escribes, y sigue teniendo gracia", concluye.

Extractos cedidos por Ediciones Barataria:

¡AY, QUÉ GRACIA!

Había dos o tres gitanos del barrio Santa María que abrieron en la carretera, cerca de Puerta Tierra, un establecimiento que se llamaba Cante Jondo, y ca' vez que pasaba un coche con gente de juerga se asomaban ellos a la puerta y empezaban a dar vosinasos:

-¡Cante jondo, cante jondo!

Como diciendo: "venir p'acá que vais a ver lo que no s'ha visto en España". Y a propósito del Cante Jondo, me acuerdo de una señora sevillana, vendeora de alhajas, con dinero, una mujer ya con cuarenta y pico años, enamorá perdía de mí, loquita perdía por mis veinte años… Y a esta señora le gustaba la gracia, porque le gustaba la gracia, ella no quería na' más que cosas de gracia, no lo podía remediar... y una de las veces que fue a Cádiz me dice:

-Pericón, yo quiero ver una cosa de mucha gracia.

Digo:

-Pues mira, vamos a ir al Cante Jondo y tú verás allí la gracia.

Total, que fui, andé mis pasos al Cante Jondo, hablé con uno de los dueños y le dije:

-Mira, hay una señora de Sevilla que quiere ver bailar y oír cantar, pero que sean cosas de gracia verdá, tú ya sabes... y luego nos preparas cuatro o cinco conejos con arroz.

Y efectivamente, veo a Carmen -que se llamaba Carmen- y le digo:

-Ya está eso arreglao, Carmen, el sábado se hace lo de la gracia.

Y el sábado a las diez y media nos presentamos Carmen y yo en el Cante Jondo, entramos y allí no había más que vino por toas partes, las estanterías llenas de botellas de vino blanco y dos barriles grandes llenos también. Nos metemos en el cuarto y le digo al dueño:

-Bueno, llama a los artistas.

Y los artistas no veas, siete u ocho gitanillos del barrio, el uno bailaba, el otro cantaba... en fin, que se organiza la fiesta y Carmen encantá, venga a ver bailar, oír cantar y beber. Hasta que ya dije yo:

-Bueno, llegó la hora de comernos los conejos con arroz.

Hago palmas, viene el dueño con la olla, la pone encima la mesa, to' preparaos pa' meterle mano a los conejos y el dueño que dice:

-A ver si les gustan a ustedes los conejos.

Digo:

-Vamos allá hombre, que estamos esmayaos.

Y no acabé de decirlo cuando el hijo de la gran puta abre la olla, levanta la tapaera y salen corriendo dos gatos, dos gatos vivos locos perdíos por estar allí dentro. Y a Carmen viéndosele la muela del juicio de las carcajás que daba:

-¡Ay qué gracia Pericón, ay qué gracia!

Y yo: -¿Qué gracia tiene esto, Carmen? Yo no le veo la gracia. Y ella venga a reírse, venga a reírse, pero yo de reírme na', porque claro, estaba esmayao y lo que quería era comer. Vaya con la gracia.

¡ADIÓS CAGÓN!

Una vez vino a Cádiz uno de Málaga, un viejo ya con cincuenta y pico de años y puso un establecimiento de quincalla y cosas d'esas en el barrio Santa María.

Y lo que pasa, entró un día a comprar una gitanilla con dieciocho o veinte años y s'enamoró d'ella, y tan enamorao, tan enamorao estaba d'ella que se casó, se casaron los dos; ella con dieciocho y tan primorosa y él con cincuenta y pico y tan viejo. Y claro, él estaba loquito con ella y to' lo que le pedía, to' lo que le pedía se lo compraba, no le faltaba de na'.

-¡Ay, Manolito, he visto unas pulseras!

Y a las dos horas tenía las pulseras.

-¡Ay, Manolito, he visto unos pendientes!

Y a las dos horas tenía los pendientes.

Pero viene la vida y le entra a este hombre una enfermeá y ca' cinco minutos le decía a la gitana:

-¡Ay! Lolita, hija mía, tráeme la escupiera.

Y esta gitana, con sus dieciocho o veinte años, tener que meterle la escupiera en la cama y este hombre rilándose de una manera atroz...

-¡Ay! Ya, hija mía, ya.

Cogía la escupiera la porecita tapándose la nariz, y a los cinco o diez minutos, otra vez:

-¡Ay! Lolita, hija, la escupiera.

Y otra vez Manolito allá va: buuuuuuu... Y así se llevó el pobre cuatro o cinco días hasta que murió, deshidratao completamente, cagando to' los días veinte o treinta veces. Y lo que pasa, la gente en el velatorio y esta pobre mujer haciendo que lo quería mucho:

-¡Ay mi Manolo de mi arma, qué muerte ha tenío!

Y llega la hora del entierro y esta gitana que se vuelve como loca:

-¡Dejarme, dejarme, que me quiero despedir de mi Manolo!

Y los gitanos:

-Si ya no hay remedio.

Y la gitana:

-¡Dejarme que me despida de mi Manolo!

Hasta que ya uno dijo:

-Dejarla, hombre, dejarla que se despida.

Y ya iba el coche andando por el Campo del Sur, cuando se abre el balcón de la casa, s'asoma esta gitana como loca y dice:

-¡ADIÓS, CAAGÓN!

Y no veas la que se armó. La pobre...

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