La rotunda esencia del paisaje

Arte

Cecilio Chaves nos ofrece las terrazas gaditanas, con la luz determinante y única de Cádiz

Una de las obras de Cecilio Chaves.
Una de las obras de Cecilio Chaves.

La galería de Magdalena Haurie, de las más antiguas de Sevilla y que, de manera continuada, se abre al público con seriedad, sensatez y sin impostadas actitudes; mantiene, desde sus inicios, una clara apuesta por la calidad. El aficionado que se llegue hasta la calle Guzmán el Bueno, en pleno barrio de Santa Cruz, jamás se verá defraudado. La calidad es nómina permanente y el arte con mayúsculas, especialmente aquel que responde a una figuración de muy amplio espectro, se hace presente para unánime satisfacción de un público que casi siempre saldrá convencido. Magda Haurie es una galerista inusual. Cuando llevamos tanto tiempo observando cómo las galerías están dirigidas –sálvese el que pueda y siéntanse honradas las excepciones que las hay– por especímenes de manifiesta soberbia, lejanía, desagradecidos, poseídos de absurdos divismos, con actitudes aprendidas y hasta huraños, la directora de la galería sevillana es todo lo contrario: amable, cercana, profesional y de una elegancia, en todos los sentidos, que hacen la estancia en su bello espacio expositivo una feliz e inolvidable experiencia. Magda Haurie ha sabido acoger en su galería a todos los buenos artistas que estén en posesión de un patrimonio de trascendencia y que, al mismo tiempo, sean capaces de convencer a una inmensa mayoría. La nómina de su catálogo lo atestigua ampliamente –Antonio Agudo, María Escalona, Carmen Bustamante, Carlos Morago, Joaquín Ureña, Paco Luque, Juan Manuel Reyes, Carmen Márquez, Manolo Cano, entre otros muchos de una larga lista– . En ese segmento se encuentra, sin duda, Cecilio Chaves, pintor de consolidada trayectoria, poseedor de un lenguaje personal, lleno de los mejores planteamientos que recogen la pintura figurativa.

La exposición sevillana de este artista nos sitúa en esa iconografía urbana tan característica de su trabajo y que le supone el estar en posesión de un lenguaje indiscutible, personal e intransferible. Con una aplastante facilidad compositiva el autor plantea un paisaje de las azoteas de Cádiz, con ese patrimonio lumínico y volumétrico tan especial que presenta la ciudad y que Cecilio Chaves aprehende para posicionarlo en una pintura figurativa muy bien concebida en fondo y forma. Una realidad en la que, además, de plantearnos tan real circunstancia el artista concibe el paisaje como formas rotundas, casi escultóricas, modeladas con esencialidad, dejando que planteen su particular sistema compositivo. Cecilio Chaves nos ofrece las terrazas gaditanas, con su gama de azules, sus tierras rojizas, sus blancos poderosísimos que reverberan a la luz determinante y única de Cádiz, a la manera de los bodegones de Morandi, silentes, estáticas, patrocinando esquemas que rompen la representatividad para marcar nuevos estamentos.

La pintura de Cecilio Chaves va más allá de lo que supone un bello relato del paisaje. Esto último en su obra está más que demostrado; aún así, el artista ofrece un nuevo concepto del paisaje; una fórmula ilustrativa que va más con lo esencial, con la pureza de la forma, con el sentido de una plástica abierta que impone su potestad absoluta; redundando en la realidad sin efectismos, sin epidérmicas posiciones y abriendo las máximas compuertas de la emoción por una pintura que matiza, a su vez, los muchos matices del bello paisaje gaditano.

Dentro del importantísimo programa expositivo de Magdalena Haurie era bastante lógico que la obra de Cecilio Chaves ocupara un lugar de privilegio en la galería sevillana. Esa pintura tan definida en un concepto único bien es digna de un estamento artístico como el que se plantea en la galería del céntrico barrio hispalense.

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