Historia

El primoroso periodismo de linchamiento

  • Las crónicas de Ramón J. Sender sobre Casas Viejas están repletas de errores en datos y hechos. Fueron propaganda antiazañista. Ahora son reeditadas como "uno de los mejores reportajes españoles del siglo XX".

En enero de 1933, el periódico La Libertad envió a Ramón J. Sender a Casas Viejas, un pueblo de la provincia de Cádiz. El periodista tenía encomendada una misión muy concreta e importante: averiguar si era cierto que, como se rumoreaba en Madrid, la versión oficial sobre lo ocurrido días antes en Casas Viejas era falsa. La versión gubernamental explicaba que la Guardia de Asalto y la Guardia Civil habían sofocado la insurrección anarquista en ese pueblo y que todos los vecinos muertos durante esa revuelta, más de veinte, habían sido abatidos en enfrentamientos con los guardias. Sin embargo, crecía el rumor que sostenía que los guardias enviados desde Madrid se habían comportado de manera salvaje: que habían fusilado o asesinado a la mayor parte de las víctimas cuando éstas estaban desarmadas e indefensas.

Sender viajó a Casas Viejas y escribió luego una serie de crónicas sobre lo que vio y le contaron. Esas crónicas las recopiló un año después en un libro titulado Viaje a la aldea del crimen. Pues bien: si alguien pretende enterarse de lo que sucedió en enero de 1933 en Casas Viejas, mejor que prescinda de lo narrado por Sender. No acertó en los hechos: muchos los inventó y otros debieron de contárselos mal. Tampoco acertó Sender al ir más allá: esto es, al culpar de la matanza al Gobierno, al afirmar que el crimen respondía a órdenes dadas por el Gobierno. Las crónicas de Sender son un auténtico, histórico y enorme fiasco. Y pese a ello, la editorial Libros del Asteroide, que ahora las ha reeditado, dice en la sinopsis de su nota de prensa: "Viaje a la aldea del crimen es uno de los mejores reportajes españoles del siglo XX".

Efectivamente, los guardias de asalto habían asesinado a doce vecinos de Casas Viejas: tras ser sofocada la revuelta, el capitán que mandaba las fuerzas, Manuel Rojas, ordenó registrar casas y detener a los hombres que fuesen hallados en ellas y después, sin averiguación alguna sobre si habían participado o no en la insurrección, sin más, fueron fusilados los detenidos. Sender regresó de Casas Viejas a Madrid con el convencimiento de que la versión oficial sobre lo ocurrido era falsa y denunció el crimen. Pero lo que publicó en el periódico La Libertad fue un relato de los hechos que hace aguas por todos lados. Un ejemplo recurrente: al viejo carbonero Seisdedos lo describió como el carismático y activo líder de los anarquistas del pueblo y lo situó en el asalto al cuartel de la Guardia Civil como autor del disparo que acabó con la vida del sargento. Pero nada más lejos de la realidad: el viejo Seisdedos ni intervino en la insurrección.

Un año después, Sender reincidió: publicó sus crónicas en un libro e hizo caso omiso de lo que ya se sabía entonces. No modificó errores de bulto. Y ni siquiera esperó a la celebración del juicio en el que compareció el capitán Rojas para ver qué salía de allí, para comprobar quién era ese hombre que había admitido ante el juez instructor que había fusilado a detenidos en Casas Viejas; no esperó a saber qué decía ante el tribunal ese militar que se escudaba en que había cumplido órdenes.

El juicio al capitán Rojas se celebró en Cádiz en mayo de 1934. Duró una semana y asistieron destacados periodistas de Madrid. El relato de las sesiones ocupó numerosas páginas y marcó la actualidad política del país en esas fechas y en otras posteriores. Los principales periódicos enviaron a la capital gaditana a sus hombres para obtener y proporcionar a sus lectores crónicas personales y de primera mano de un juicio excepcional, de una vista oral que iba a aportar datos trascendentales sobre los Sucesos de Casas Viejas.

El prólogo a la nueva edición del libro de Sender afirma que éste aprovechó "toda la información recopilada por la comisión parlamentaria y el posterior juicio al capitán Rojas para retocar sus crónicas sobre el terreno, reestructurar el libro y publicar, en 1934 en la editorial Pueyo, el presente Viaje a la aldea del crimen". Pero el caso es que difícilmente pudo aprovechar Sender para el libro lo desvelado en la Audiencia de Cádiz: el libro ya estaba a la venta tres meses antes de que se celebrase el juicio. Una rápida consulta a la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional permite comprobar que a finales de febrero y principios de marzo de 1933 los periódicos de Madrid anunciaban que el nuevo libro de Sender ya estaba a la venta en las librerías.

La Libertad envió a un colega de Sender a cubrir el juicio: a Víctor de la Serna. Allí, ante el tribunal, el periodista escuchó el testimonio del capitán Rojas y comprobó que ese hombre era clave en lo sucedido en Casas Viejas. Ahora, tras varias declaraciones anteriores en las que había explicado cómo ordenó a sus hombres fusilar a doce detenidos, Rojas aseguraba que los guardias dispararon sin él ordenárselo, que fue tal su sorpresa ante lo ocurrido, que hasta tuvo que agacharse para que no le alcanzaran a él las balas. Pero también decía, eso sí, que de ese modo se habían cumplido las órdenes que él había recibido en Madrid: matar a los detenidos, aplicar la ley de fugas.

De la Serna les transmitió con claridad a sus lectores lo que veía en la Audiencia de Cádiz: que Rojas asistía al juicio como si fuera a un sarao, que no era un hombre mentalmente normal, que era un paranoico y que mentía. Rojas, escribió el periodista, dice que "a él le dieron unas órdenes concretas de una monstruosidad que sobrecoge; pero lo afirma sin esa efusión física que tiene la verdad en boca de un hombre normal".

Pese a la campaña de mentiras contra Azaña y contra la República que desataron los monárquicos y los anarquistas, Rojas fue condenado por los asesinatos de Casas Viejas en un juicio que evidenció que no había prueba alguna de que el Gobierno hubiese ordenado el crimen. Pero en su libro, Sender sostenía justamente lo contrario. Afirmaba incluso que ya antes del juicio, los partidos de la oposición no sólo habían logrado demostrar que el Gobierno estaba "enterado" del crimen sino que "había dado órdenes concretas sobre el caso de los fusilamientos". A Sender le importaban muy poco las pruebas. Su sentencia era rotunda: "La fuerza pública, el Gobierno, el Parlamento y la República socialista asesinan a los campesinos de Casas Viejas y confirman su sumisión ante los feudales terratenientes andaluces".

Sender no rectificó. Ni entonces ni nunca. Con su libro, había repetido su acusación sin pruebas contra el Gobierno sin esperar al juicio. Y había mantenido su relato de los hechos, su narración ficticia, sus numerosos errores, sin contrastarlo todo con lo revelado por el sumario. Sender había acudido a Casas Viejas, supo allí que se había cometido un crimen pero a continuación había contado sin rigor alguno lo que vio y le dijeron, se había inventado diálogos y escenas, había escrito un relato novelesco: introdujo la ficción en su crónica y traicionó así uno de los principales principios del periodismo; después, participó activamente en el linchamiento de Azaña y su Gobierno, en una campaña en la que remaron juntos la anarquista Federica Montseny y el periódico Abc.

En su libro Los anarquistas de Casas Viejas, Jerome Mintz explica cómo "la triste celebridad de Casas Viejas fue sostenida por folletos impresos por facciones de derecha e izquierda que pretendían desacreditar a la República". En ese ámbito ubica Mintz a Sender, quien publicó, dice, "una novela documental" que presentaba como un "héroe revolucionario" al anciano Seisdedos. "Como otras obras de propaganda", añade, "el Viaje no alcanzó ni alto nivel artístico ni exactitud. Fundamentalmente, sólo sirvió para denigrar al gobierno de Manuel Azaña".

Pese a todo eso, ochenta y dos años después de su primera edición, el libro de Sender es presentado ahora como un "primoroso reportaje", como una "pieza periodística" que "debe figurar en lugar prominente como una interesante muestra de periodismo narrativo español". También como las crónicas que derribaron a Azaña. Eso sí: sin añadir ni aclarar que lo hicieron usando la insidia y la mentira, tergiversando hechos, acusando sin pruebas.

Si para algo vale la pena revisar lo que Sender escribió sobre Casas Viejas es precisamente para mostrar la peor cara del periodismo y de un periodista. Sender viene a ser el opuesto a su colega Valentín Gutiérrez de Miguel, que también escribió en 1933 sobre lo ocurrido en el pueblo gaditano. Gutiérrez de Miguel trabajaba en El Sol y fue de los primeros periodistas que llegaron a Casas Viejas. Tan rápido pisó el escenario de la tragedia, que aún permanecían insepultos, en el cementerio, los cadáveres de los vecinos asesinados por los guardias.

Como les ocurrió a otros periodistas, esa rapidez no le sirvió para nada: Gutiérrez de Miguel regresó a Madrid y publicó varias crónicas en las que relató cómo los vecinos de Casas Viejas habían fallecido durante enfrentamientos con los guardias. Poco más de un mes después, supo que su gran scoop, su estupendo reportaje de enviado especial, contaba una falsedad. Le habían mentido. El periodista habló con vecinos y detenidos. Y con el médico del pueblo, el cura, un guardia civil y el alcalde pedáneo. Todos estos conocían lo que realmente había sucedido, todos sabían del crimen (el guardia era testigo directo) como ellos mismos revelaron después, durante una investigación judicial impulsada por Azaña. Pero unos callaron y otros le contaron una película.

Gutiérrez de Miguel habló incluso con los médicos que acababan de practicar las autopsias a los cadáveres de los doce asesinados en la corraleta de Seisdedos tras ser detenidos por los guardias en sus casas. Del mismo modo que esos forenses mintieron al redactar sus informes, al periodista de El Sol le dijeron que las autopsias habían sido "corrientes". Es decir, habían soslayado las huellas del fusilamiento que mostraban los cadáveres acribillados y con un disparo en la cabeza, con el llamado tiro de gracia con que fueron rematados los detenidos a petición, precisamente, de uno de los médicos que practicaron las autopsias.

Apesadumbrado, con rabia e indignado con quienes lo engañaron, Gutiérrez de Miguel publicó un artículo en El Sol el 2 de marzo de 1933. Necesitaba explicarse, rendir cuentas ante sus lectores. "Como a tantas otras informaciones", escribe, "fui a Casas Viejas. No llevaba instrucciones que no fueran las de decir pura y simplemente la verdad, como siempre". Tras anotar con quienes habló en el pueblo, añade: "Si en aquel momento los hombres a quienes yo me acerqué me hubieran hablado de represalias crueles, de fusilamientos, de excesos de la fuerza pública, yo no lo hubiera silenciado, y en el periódico, en la plaza pública, en los oídos de las autoridades, donde hubiera podido decirla y a quien me la hubiera querido oír, yo la hubiera dicho. Conté lo que me contaron, dije lo que vi".

Gutiérrez de Miguel explica que le hablaron de la lucha, del asedio a la choza de la familia Seisdedos pero no de que luego, vencida la resistencia, hubo fusilamientos. "Nada me dijeron, repetiré cien veces. Me va en la reiteración de ello mi ejecutoria profesional y mi amor a la verdad, y en este caso concreto, algo que a los hombres de bien importa mucho: mi solidaridad con el dolor de los demás".

Las crónicas de Gutiérrez de Miguel quedaron como un texto periodístico que relata una falsedad. Y el paso de los años echó un manto sobre su gesto memorable, sobre ese ejercicio de periodismo responsable que es su artículo. En cambio, han pervivido adobadas de elogios las crónicas inexactas y propagandísticas de Ramón J. Sender, el precursor del "nuevo periodismo".

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