Andrés Lima | Dramaturgo y director “Nosotros perseguimos la emoción para buscar la verdad de lo que sucedió”

  • El festival gaditano recibe hoy una obra muy esperada: ‘Shock (El cóndor y el puma)’, una pieza que reflexiona sobre el neoliberalismo a partir de las dictaduras de Pinochet y Videla

Andrés Lima, con su Max a la mejor dirección por ‘Shock’. Andrés Lima, con su Max a la mejor dirección por ‘Shock’.

Andrés Lima, con su Max a la mejor dirección por ‘Shock’. / Jesús Domínguez/SGAE

El Gran Teatro Falla acoge hoy uno de los platos fuertes de la 35 edición del Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz (FIT), Se trata de Shock (El cóndor y el puma), una pieza dirigida por Andrés Lima, que obtuvo el Premio Max por su trabajo, y que cuenta con un elenco de actores entre los que está Ernesto Alterio. Todo un grito en contra del neoliberalismo y de las dictaduras que se desarrolla en escena a partir de los regímenes autoritarios de Pinochet y Videla. Será a las 19.30 horas.

–Llega al FIT de Cádiz una de las obras más esperadas y lo hace arropada por la producción, el excelente equipo actoral y la premiada dirección escénica. ¿Qué es este teatro documental: ‘Shock (El cóndor y el puma)’?

–Bueno, Shock es la voluntad de reflexionar sobre el mundo que vivimos y, sobre todo, del recorrido, la ascensión del neoliberalismo desde después de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy. Está inspirado en la lectura de un libro muy bueno que se llama La doctrina del shock, de Naomi Kleim, donde explica cómo el dinero, a través de la escuela monetarista, utiliza la violencia para imponerse donde quiere y donde puede. Entonces, el shock puede ser sobrevenido, es decir, aprovechar una situación natural (un terremoto, un tsunami, una inundación...) o puede ser provocado, como un golpe de estado. A partir de los años 50, a finales, la gente que tiene dinero en el mundo se niega a seguir prestando a toda la gente que ha sufrido la guerra y se niega a que su mercado esté regulado. Y de ahí es donde nace el neoliberalismo.

Y el primer experimento de esta doctrina, para poder aplicar teorías neoliberales allá donde le interesa al país que lo pretenda, es Chile. Estados Unidos lleva ya tiempo con la intención de acabar con el gobierno de Allende por una cuestión política pero, fundamentalmente, por una cuestión económica: el mercado en Latinoamérica está lleno de empresas gigantes estadounidenses y se va a acabar esa rentabilidad en cuanto entre un gobierno como el de Allende. Empieza ahí la obra, está el golpe de estado de Pinochet y sigue la Operación Cóndor.

–Es cuando la obra entra en Argentina.

–La Operación Cóndor es en toda Latinoamérica, pero digamos que la segunda parte del espectáculo se centra en la dictadura de Videla.

–Estamos hablando de caldos de cultivo para que surja una dictadura: no sé si la pandemia, en el mundo en general, es también un ‘shock’.

–Si duda, creo que sin duda la pandemia es un shock. Digamos que, en un principio, nadie ha provocado esta pandemia con una intención posterior, pero ha sucedido y lo que está claro es que mucha gente va a intentar sacar provecho de eso. Los modelos de los diferentes países para afrontar la crisis están en pugna: Estados Unidos y China, y son dos modelos eminentemente capitalistas y neoliberales. Ahí es donde países pequeños como el nuestro, y otros del resto del planeta, hemos de estar atentos y no pagar un peaje donde los derechos individuales, los derechos de la política de bienestar público vayan a desaparecer.

–Y en la época que se refleja en la obra hay personajes al timón del mundo, como Reagan y Thatcher, que se entregan a ese neoliberalismo, que no lo ocultan. Los gobernantes de cada momento también influyen. ¿Y los de ahora?

–Sí, claro. Y recuerdo en el año 1985 cuando hicimos con una compañía una gira por Estados Unidos, por universidades, y recuerdo que en Texas, el día de la madre, yo estaba mirando unos puestos que organizaban los estudiantes y había uno que vendía camisetas; una de ellas ponía: “Mata a un comunista para tu mamá”. Es anecdótico, desde luego, pero si se da y es posible de que suceda, es por algo.

Los políticos en las democracias a lo largo del siglo XX, y por lo que llevamos del XXI, no son más que reflejo de las urnas. Aunque parezca paradójico, a Donald Trump lo han votado un montón de gente. Esto es digno de análisis. Margaret Thatcher y Ronald Reagan encabezan, por supuesto, la revolución conservadora en los 80, y hay una escena en la función, que es muy relevante, en la que Thatcher va a tomar el té con Pinochet cuando él está arrestado en Londres, y de alguna manera le deja claro que hombres como él son los hombres del sistema, los que van a hacer prevalecer la política que ellos van a desarrollar. Es uno de los nuestros, como diría Martin Scorsese. Sabían muy bien quién estaba en cada bando, y eso ha ido ocurriendo cíclicamente.

Y cierto, el covid es algo para estar muy atentos.

–Volviendo a la obra de esta noche en el Falla: veo que hay casi 40 personajes y seis actores. Se adivina un trabajo tremendo tras esta circunstancia escénica.

–Esto ha sido de las cosas más bonitas del montaje. Nosotros trabajamos a base de talleres de investigación, y un año antes ya estamos investigando en el fondo y en la forma del tema entre todo el equipo artístico. Y después invitamos a gente: Joan Garcés, que era la mano derecha de Allende e incluso estuvo en el Palacio de la Moneda cuando fue bombardeado, estuvo en los talleres de Shock; la periodista Olga Rodríguez ha venido ahora, que estamos en la segunda parte con Irak. Es decir, intentamos profundizar lo más posible en el tema pero, al mismo tiempo, intentamos investigar teatralmente cómo se expresa mejor todo eso. Porque, al fin y al cabo, esto es una obra de teatro. Si quieres enterarte de lo que pasó en Chile y cómo Nixon y Kissinger lo habían preparado todo diez años antes, hay documentales, hay libros... Pero el hecho de que el público pueda sentir lo que es estar dentro del Palacio de la Moneda cuando está siendo bombardeado o estar en el estadio de Buenos Aires en la final del Mundial del 78 mientras a menos de 500 metros, en la Escuela de Armas, se estaba torturando a gente contraria al régimen... Nosotros perseguimos la emoción para buscar la verdad de lo que sucedió. La puesta en escena es muy importante y aquí es circular. El público está alrededor de los actores y alrededor del público hay una serie de pantallas. Para Cádiz hemos hecho una adaptación especial para el Falla, porque queda fenomenal.

–Es decir, que la obra es contemporánea no solo por el texto y los recientes sucesos que narra, sino también por el uso de la tecnología.

–Bueno, es algo que está al alcance ahora mismo de mucha gente, aunque sin una coproducción con el Centro Dramático Nacional hubiera sido más difícil atacar un montaje de este volumen. Pero el montaje es sencillo, en realidad todo lo hacen los actores.

Y la premisa básica era que nosotros somos parte de este sistema, no hay buenos y malos, nosotros estamos de alguna manera perpetuándolo, vamos a reflexionar sobre eso.

Y así Ramón Barea me gustaba que hiciera de Allende pero que también hiciera de Pinochet, como una suerte de Jekyll y Hyde; Ernesto Alterio hace de Videla pero también de Marito Kempes que metió los goles en la final. También hace de Scilingo, que fue uno de los capitanes del helicóptero desde el que se tiró a un montón de insurgentes al mar. Cada uno de ellos hace ocho o diez personajes, algunos de ellos con bastante enjundia. Y eso también me gustaba, el hecho de que depende de las circunstancias en que caigas, vas a formar parte de la historia de una u otra manera. Y ahí es donde entra la conciencia personal y el punto de vista personal para ver qué hacemos con nuestra historia y con nuestra vida.

–He leído en alguna crítica de la obra que se nota cierto poso de Animalario en este montaje. No resulta tan extraño, ¿verdad?

–En todo lo que yo hago hay algo de Animalario, porque lo fundé con Alberto y con Willy, y Animalario se acabó en un momento dado porque cada uno tenía futuros diferentes, aunque estoy trabajando con ellos ahora, con Alberto, Willy y Pilar Castro, en el María Guerrero con El chico de la última fila. Pero sí que significó para mí, y para todo el que pasó por ahí, una postura crítica del entorno en el cual vivimos. Sobre todo, autocrítica. Es decir, está bien poner en solfa a Pinochet, pero está mejor pensar que Pinochet está allí por un señor que se llama Milton Friedman, que viene de la Universidad de Chicago, y nosotros estamos en ese saco mucho más de lo que creemos, de ese sistema de economía mercado que nos está tragando a todos de una manera tremenda. Y tiene mucho que ver con lo que va a suceder ahora con el coronavirus.

–Y finalmente: la obra viene con el respaldo a la mejor dirección en los premios Max.

–Yo agradezco siempre los premios. Es verdad que son circunstanciales, pero está muy bien porque dan que hablar más sobre la obra, la gente tiene ganas de verla y eso es lo más importante, que la obra pueda tener recorrido.

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