Negro sobre negro

“Las novelas negras también pueden ser buenas novelas”

  • Alexis Ravelo acaba de publicar la magnífica ‘Los nombres prestados’ (Siruela), con la que ha obtenido el Premio Café Gijón

Alexis Ravelo en una imagen promocional.

Alexis Ravelo en una imagen promocional.

Alexis Ravelo (Las Palmas, 1971) es una de las grandes voces de la literatura española hoy día. El canario es un escritor comprometido y potente, capaz de moverse con solvencia en diferentes géneros, aunque muchos se empecinen en encasillarlo en la novela negra. Con su última obra, Los nombres prestados (Siruela) ha logrado el premio Café Gijón. Esta semana concedió una entrevista a este diario para contar sus impresiones sobre diferentes asuntos.

–¿Cómo surge Los nombres prestados? Porque he visto que lo inició en 2013 pero no lo acaba hasta 2020.

–Encontrar una historia no es difícil, yo siempre tengo un montón, ojalá tuviera tiempo para escribirlas todas, el problema es encontrar la voz narrativa para contarlas. Hay veces que la arquitectura de la novela está clara desde el principio y otras que no. Esta última es de esas. Fue entrando y saliendo del cajón, cada vez que acabas un proyecto, vas trabajando un poquito. Esta empezó en un viaje con Thalia, mi pareja, a una exposición canina. Conocimos a unos chicos que utilizaban perros para asistencia en terapia con chavales con espectro del trastorno autista. Habían descubierto que las mascotas eran muy útiles para que desarrollaran habilidades sociales. De ahí surgió la idea con la que comienza el libro, que me parecía poderosa, con un perrazo que se encuentra con un chico que tiene una discapacidad intelectual. No se conocen, deberían tener miedo uno del otro y sin embargo son capaces de aceptarse en seguida y hacerse amigos porque trabajan desde la emotividad. Pensé que si detrás de cada personaje había una historia dura podría surgir la novela. Las novelas no se hacen con una idea sino con un montón de malas ideas que se van cruzando.

–En todo este tiempo, desde que arranca la novela hasta que la acaba, han ocurrido muchas cosas en este país.

–Muchas. Por ejemplo ETA dejó de matar, se acabó el bipartidismo, entraron en política nuevos modos pero al mismo tiempo nos fueron pasando cosas malas, como el resurgimiento de la extrema derecha, de los sentimientos nacionalistas, no sólo los periféricos como el catalán, sino el español, que me parece muy preocupante. Cuando la idea de patria está por encima de la defensa del individuo tenemos un problema. La patria es el último refugio de los canallas, que decía aquella cita célebre. Por eso la novela se ambienta en los 80, cuando hay debates muy interesantes. En ese momento empiezan a surgir voces en ETA que piden dejar de matar. Pienso en Yoyes, por ejemplo. Mientras escribía esta novela, la política española se fue polarizando, el discurso se fue empobreciendo, los debates sobre política ya no son intelectuales, son pura polémica absurda que no escucha los argumentos del otro. Y eso me preocupa muchísimo. Tanto que se fue metiendo en el libro.

–Pero Los nombres prestados es muy adictiva, da la sensación de haberle salido de un tirón.

–Porque está escrita con las entrañas, y aunque haya tardado en terminarla el argumento estaba muy claro en mi cabeza. Además yo sin un final no me pongo a escribir. Sabía hacia dónde iba la novela, hasta donde tenía que llegar… El problema era eso, encontrar la voz, los modos, me fue pareciendo interesante además darle un tratamiento de western. Empieza de manera pausada, pero en ese pueblo alejado de todo se percibe que va a ocurrir una tragedia.

–Y tanto que ocurre.

–Sí, es casi un OK Corral. Tiene muchos toques de western. Pero no sólo en lo que se cuenta sino en el estilo. Pensaba, salvando las distancias, porque él es un maestro, en la manera de narrar que tiene Cormac McCarthy, que te apega mucho físicamente a las cosas. Te puedes pasar tres páginas leyendo como ensilla un caballo. Me interesaba ese estilo seco, aparentemente desnudo pero en el que cada palabra estuviera elegida, para que tirara hacia adelante. Y creo que la novela está cumpliendo sus objetivos, que la gente se la lee del tirón, pero cuando ocurre eso es porque un texto tiene mucho trabajo detrás. No me gusta que el lector note que he titubeado en algún momento, quiero que perciba una consistencia narrativa.

–Encima le dan el premio Café Gijón que viene a refrendar que el camino es el correcto.

–Conmigo sucede una cosa: me he ido llevando muchos premios, porque no estaba el securita en la puerta y entonces me los llevaba, jajaja…

–Jajajajajajaj.

–Con esto te quiero decir que en lo de llevarte un premio incide mucho la suerte, el gusto de los jurados. Pero sí que en estos años me he llevado premios como el Dashiel Hammett, el Valencia Negra, el Getafe Negro, pero todos llevan el adjetivo de negro. De alguna manera me he convertido en un escritor de cierta popularidad pero siempre con esa etiqueta, y el premio Café Gijón se da exclusivamente por cualidades literarias. No es un premio de novela negra. Para mí ha sido un espaldarazo tremendo, es un premio con gran prestigio y siempre había soñado con llevármelo. Las novelas negras también pueden ser buenas novelas. Es un reconocimiento al género.

–¿Y en qué anda metido ahora?

–En una historia de largo recorrido también. Que seguro que cuando la publique le pondrán la etiqueta de negra pero que yo me planteo como una novela política, histórica casi, ambientada en el año 76. Franco no estaba, la democracia aún no había llegado, tiene que ver con un crimen pero ese hecho no es más que una excusa para hablar de ese momento en que había 200 grupos políticos esperando a la democracia, y, de ellos, 30 no renunciaban a la violencia política.

–¿Desde Canarias cuesta más trabajo que su voz llegue a todos los rincones de la península?

–Al principio sí. Me costaba captar la atención, pero lo que he notado luego es que escribir en Canarias, lejos de suponerme un inconveniente, es una ventaja con respecto a otros autores, porque la voz castellana, digamos, ya la tenemos muy vista. A los lectores les supone un cierto toque de exotismo. Muchas novelas mías se ambientan en Canarias y eso también es un plus. Es más problemático para las editoriales.

–¿El éxito le permite escribir más a su aire?

–Claro, evidentemente, cuando vives del oficio, como es mi caso, es cómodo seguir haciendo siempre lo mismo, sabiendo que hay lectores que esperan tus historias y que van a gustar. Lo que ocurre es que el verdadero escritor está siempre en un continuo aprendizaje, y para realizar esa búsqueda, tienes que salir de la zona de confort. Por eso hacemos apuestas arriesgadas, aunque a veces nos equivoquemos. Una cosa es alguien que escribe un libro, aunque tenga dos millones de lectores, y otra un escritor. Hay quien escribe para ser famoso y millonario, y luego están los escritores, que somos personas que no podemos dejar de escribir, que entendemos el mundo desde la palabra, y nos relacionamos con él desde la palabra.

–Aunque no quiera encadenarse a una serie de éxito, ¿habrá nueva aventura de su Eladio Monroy?

–Sí, claro, Eladio no muere, porque además, aparte del éxito popular que pueda tener, es como mi coach, es mi sicólogo, mi tabla de salvación. Sin Eladio andaría perdido. Cuando estoy muy enfadado por algo que queda impune me escribo un Eladio. Es muy gratificante escribir estas novelas porque para mí es un divertimento, me lo paso muy bien y al mismo tiempo descargo cosas que me duelen.

–¿Cómo saca tiempo para todo? Radio, televisión, viajes de promoción, escribir, leer…

–Es un problema sí. Esta novela se pudo escribir gracias a la pandemia. Además me pilló saliendo del hospital por una operación, así que tuve que dejar de viajar y ya tenía planeado sacar esta novela del cajón y terminarla. A muchos escritores les pasa que las promociones les quitan mucho tiempo. Cuando no puedo escribir me pongo nervioso, y llevo ahora tres semanas sin poder sentarme a hacerlo. Sólo he tomado apuntes en un avión, tomando un café, ratos sueltos... La ventaja que tengo es que cuando me pongo soy muy trabajador. Soy un escritor de rutinas, que es algo útil en proyectos a largo plazo. Me levanto a las siete de la mañana, escribo hasta las doce y el resto del día es para documentar.

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