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El museo incompleto

  • Cádiz aguarda con excesiva paciencia la ampliación del Museo Provincial de la plaza Mina hacia el antiguo edificio de la Escuela de Arte

Cádiz lleva escuchando que la ampliación del Museo Provincial es una prioridad para todos los gobiernos que en España han sido desde los tiempos de Maricastaña. Más bien, para decirlo en gaditano, desde los tiempos de la Tía Norica y su vetusta compañía, cuyos cuadros escénicos dan lustre a la última planta del edificio de la plaza de Mina con una colección de gran valor histórico y cultural. Un valor que se suma a los otros contenidos del Museo, con los sarcófagos fenicios y los Zurbaranes a la cabeza pero también, en distintos niveles artísticos, con otras piezas aún desconocidas por el público porque duermen en los depósitos del centro a la espera de que la ansiada y esperada ampliación les permita ver algún día la luz.

Pero ni el día llega ni se hace la luz. Décadas hace que la ampliación del Museo hacia la parte del edificio que da al Callejón del Tinte -donde hasta al centenario drago le ha dado tiempo a morirse- es simplemente una promesa incumplida desde cualquiera de los colores políticos que han manejado la política cultural española y andaluza. Ya a principios de la década de los años 90, cuando el Museo Provincial abrió con la brillante reforma de la que aún vive hoy día, se hablaba con total convencimiento de que la ampliación llegaría en cuanto la Escuela de Arte dejara libre con su traslado ese ala del edificio. Años hace que se trasladó, nada se sabe de la ampliación.

Por si fuera poco, en mitad de toda la historia se encontró el Museo con la donación testamentaria de la Casa Pinillos tras el fallecimiento de Carmen Martínez de Pinillos, miembro de la familia que fundó a finales del siglo XIX la célebre naviera gaditana. Fue entre 2005 y 2006. Años más tarde, en septiembre de 2011, la rehabilitada Casa Pinillos abrió sus puertas con la colección fotográfica de Ramón Muñoz y, meses después, sirvió para acoger algunas de la exposiciones que maquillaron la incompleta celebración del Bicentenario de la Constitución de 1812. Y a partir de entonces, las ideas, los proyectos y las palabras se cruzaron, y se empezó a confundir la prometida ampliación del Museo con la dichosa puesta en valor de la Casa Pinillos y su futuro plan museístico. Y no es lo mismo. O, al menos, no iba a ser lo mismo.

Pero aunque hay piezas de los fondos del Museo, y quizás incluso algunas de las actualmente expuestas, que serán destinadas a este edificio del XVIII ejemplo de la pujante burguesía que impulsó el Cádiz más esplendoroso, la Casa Pinillos no tiene nada que ver con el originario proyecto de ampliación del Museo Provincial, que sólo guarda estrecha relación con el hasta ahora fallido intento de que el centro ocupe todo el frente de la plaza Mina, desde la calle Antonio López hasta el Callejón del Tinte.

Por eso la palabra prioridad cuando se habla del Museo de Cádiz no es creíble en boca de los actuales responsables culturales. Ni tampoco en los de antes. Será creíble cuando de verdad se destine a este proyecto, imprescindible por cierto, el dinero necesario para que sea una realidad, y no se pongan parches con las obras de la cubierta, que deben ser incluidas en el obligado apartado del mantenimiento del centro, o afirmando que el Gobierno central, ahora que respira como el autonómico, impulsará Pinillos.

Se olvida lo sustancial: que el Museo, de carácter provincial y una referencia mundial en muchas de sus piezas, no puede esperar mucho más la ampliación, la que le llevaría a la esquina del Tinte y le permitiría desempolvar muchas piezas de enorme valor y modernizar su proyecto museográfico, ya redactado pero quizás envejecido, de una vez por todas.

Hay que dar los pasos, los administrativos y los políticos, para que la antigua Escuela de Arte se integre de una vez en el Museo Provincial. Hay que entregar la llave y olvidarse de soltar de primeras el testigo de la responsabilidad al que gobierna o está en la oposición según los intereses del momento. Así que hace falta presupuesto, dinero contante, sonante y suficiente, y no resto de otras cuentas bien cuadradas, pero es imprescindible también, de una vez por todas, voluntad política y máxima responsabilidad.

Y en este punto es inevitable, aunque parezca un argumento banal y digno de la siempre celosa comparación, recordar las firmes apuestas, en voluntad y presupuesto, por el Museo Íbero de Jaén, el Centro de Flamenco de Jerez o la Casa Museo de Camarón en San Fernando. Proyectos que, sin duda, merecen este esfuerzo monetario y esta apuesta de una ejemplar política cultural. Nada que objetar. Pero que estos proyectos se lo merezcan no devalúa la necesidad de que Cádiz, y su Museo sobre todo, pueda contar con un proyecto definido, luminoso, con el presupuesto contemplado y asignado desde un principio y que no sea, por tanto, una promesa más. Cádiz también se lo merece.

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