Flamenco

Un merecido premio 'Niña de los Peines'

  • En su sexta edición, los galardones de la Consejería de Cultura reconocieron al guitarrista Manolo Sanlúcar por su trayectoria en el ámbito del flamenco. Entre sus ganadores están Chano Lobato o Paco de Lucía

El pasado martes, la Consejera de Cultura dio a conocer el Premio 'Pastora Pavón, Niña de los Peines', a la mejor trayectoria en el ámbito del flamenco.Como ya publicó Diario de Cádiz, en su sexta edición este galardón recayó en la persona de Manuel Muñoz Alcón, Manolo Sanlúcar, por unanimidad de todos los miembros de un jurado que presidió el catedrático y rector de la UNIA, Juan Manuel Suárez Japón. La opinión recabada en distintos ámbitos flamencos parece indicar que la coincidencia del jurado se hace extensible a la casi totalidad de los encuestados. Incluso han existido voces que han exclamado un ¡por fin! en alusión a lo que le ha tardado en llegar este reconocimiento al insigne guitarrista. Puede que no les falte razón a quienes así se manifiestan, pero, en esto de los premios -y más en el flamenco-, sabido es que la opinión va por barrios. En cualquier caso, un somero recorrido por su historia bien podría ayudar a comprender la complejidad que puede llevar la concesión de un galardón de las características de éste.

Los premios 'Pastora Pavón, Niña de los Peines' fueron creados en 1999 y tienen carácter bienal. Sus ganadores hasta ahora habían sido Antonio Fernández Díaz 'Fosforito' (1999); Francisco Sánchez Gómez, Paco de Lucía (2001); Enrique Morente Cotelo (2003); Pilar López Júlvez (2005) y Juan Miguel Ramírez Sarabia 'Chano Lobato' (2007).

La lectura de esta relación ofrece un balance al menos curioso: hasta el presente, el cante había sido premiado en tres ocasiones por tan sólo una del baile o la guitarra (dos ahora, con Sanlúcar). También es de observar que solamente una mujer ha sido premiada y que nunca el galardón ha recaído en un artista de etnia gitana. Según mi modo de ver, ello indica que cada uno de los jurados que lo han fallado ha sido plenamente soberano, y no se ha atenido a ningún criterio alternativo entre las disciplinas del flamenco, el sexo o la etnia. Bien está, aunque no cabe duda de que hay a quien le duele que Chocolate o Fernanda y Bernarda se hayan ido sin su reconocimiento o la escasa representación de las mujeres que, por cierto, son estadísticamente mayoría en este arte. Pero es lo que tiene esto de los premios: nunca llueve a gusto de todos y difícil resulta que ocurra cuando los galardones se otorgan cada dos años y hay tantos aspirantes cualificados.

A Manolo Sanlúcar no cabe duda de que le ha tardado en llegar. Pareciera que con este artista, de valía y aportaciones incuestionables a nuestro arte, existiera una cierta renuencia a concederle galardones especialmente en su propia tierra. Como ejemplo, dos hechos: ¿no resulta curioso que su ciudad natal, cuyo nombre él lleva paseando décadas como apellido artístico, haya tardado tantísimo en nombrarlo hijo predilecto? Y, si nos situamos a nivel provincial, la cosa es aún peor. En la docena larga de años que lleva instaurado el Día de la Provincia con sus anuales reconocimientos ¿no va siendo hora de que en esa institución se acuerden de él?

Personalmente, he celebrado mucho el galardón de Sanlúcar. Su dedicación a este arte ha sido encomiable: "Por el flamenco he vivido como un monje", declaró en una ocasión, y es cierto. Un monje por las horas empeñadas en dignificar nuestra música y elevarla al rango de las otras músicas consideradas cultas.

Su lucha se ha plasmado en una larga serie de obras que se encuentran entre las imprescindibles del género. Tauromagia (1988), Locura de brisa y trino (2000) o la grabación de su música para el ballet Medea constituyen discos de culto entre profesionales y aficionados. Pero si hay algo que distingue a Sanlúcar frente a los guitarristas de su generación es su preocupación por la creación de una obra sinfónica y flamenca, de establecer un lenguaje entre dos músicas que podrían parecer antagónicas. Dentro de esa búsqueda se cuentan las obras Fantasía para guitarra y orquesta, Trebujena (concierto para guitarra y orquesta), Soleá, Aljibe o su composición para Ocho monumentos andaluces estrenada en el presente año. También, en la última Bienal de Flamenco de Sevilla (2008), estrenó su trabajo La voz del color, inspirado por la obra del pintor sevillano Bartolomé Romero Ressendi, una composición que recibió el Giraldillo a la mejor música de la Bienal y que se pudo escuchar en el Teatro Falla el pasado mes de mayo.

Y todo ello lo ha hecho Manolo Sanlúcar sin hacer ruido y sin el relumbrón de la fama (tan sólo se le recuerda un éxito de esas características, Caballo Negro). Demasiadas razones para un reconocimiento que se le resistía. ¡Enhorabuena!

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