Cultura

La marca Monkey funciona sola

  • Unos decepcionantes Flamin Groovies no empañan el arranque de la edición en formato mini del festival nacido en El Puerto

Cyril Jordan en un momento de su actuación con los Flamin Groovies Cyril Jordan en un momento de su actuación con los Flamin Groovies

Cyril Jordan en un momento de su actuación con los Flamin Groovies / Pablo Bernardo

En poco menos de una década la marca Monkey, nacida en El Puerto de la mano de los hermanos Guisado y Tali Carreto, se ha hecho con un nombre que funciona independiente de su cartel. Monkey, asociado a El Puerto, aunque su formato grande y profesional se celebre en Sevilla, significa un fin de semana divertido con mucha música pero también con otros ingredientes que lo hacen atractivo a un público fiel.

De este modo si el cantante del grupo cabeza de cartel, en esta ocasión las vacas sagradas conocidas como Flamin Groovies, se cae por la escaleras de un aeropuerto y se rompe la crisma, el Monkey no se ve afectado. Sólo cuatro abonos se devolvieron tras conocerse que Roy Loney no estaría en la gira española. Y el Monkey, por primera vez en su historia, puso el ‘sold out’. Todo vendido.

Anoche El Puerto, al que los portuenses más críticos llaman El Muerto de Santa María, volvió a la vida, con sus bares llenos por la llegada de la siempre deseada fauna Monkey. Una fauna sana que gasta. Durante toda la tarde la oficina del Monkey, frente al Bugalú, barcito de referencia, ofreció colas de asistentes recogiendo sus pulseras. La noche prometía.

Abrió el festival María Guadaña, artista que juega en los bordes de lo siniestro y que jugó con dignidad su papel de aperitivo del que, sobre el papel, era el momento estelar del fin de semana.

Y entonces les explico. Cuando el forofo de un equipo se entera de que su portero titular se ha lesionado se acciona un mecanismo de defensa en el que quiere pensar que el suplente hará un buen papel y que no pasará nada. Pero empieza el partido y a los cinco minutos te han metido dos goles. Algo parecido ocurrió con los Flamin Groovies. Cyril Jordan, fundador de la banda y magnífico guitarrista, se enfundó la camiseta de portero y se puso de titular. Aunque dijeron que iban a ejecutar su álbum Teenage Head, arrancaron con Shake some action, que da título a su cuarto disco y es posterior, un temazo que es más propio de cerrar que de abrir. Y ahí cayó el primer gol. Cyril cantó como el culo. No puede uno figurarse una ejecución más penosa, propia de karaoke, de una canción que te enciende.

Con su aparatosa peluca, Cyril, que parecía sacado de un capítulo de El jefe infiltrado, sin Roy y sin Chris Wilson, ni pudo ni quiso llevar el peso del glorioso nombre que defendía él solo. Que sea el propio grupo favorito el que te destroce una canción favorita desmoraliza a cualquiera. El resto del show, muy breve, se desarrolló de manera cansina, funcionarial, a un ritmo mucho más lento del que requiere la leyenda de una banda que era puro fuego. Obras maestras como Whisky Woman sonaron vulgares y sólo un digno final con Slow Death, con Jordan calladito y dejando a los secundarios la voz, arregló un poco el amargo sabor.

No hubo mucha insistencia del público en más bises y los Flamin se fueron rápido, supongo que planteándose hacer cambios en el resto de la gira española (“I love Spain”, dijo Cyril) si no quieren que el público se les congele. Pero esto no detuvo a la tropa porque una gran parte del público que lo que de verdad iban a ver era a los muchachos que cerraban la noche, la nueva sensación del momento, los Triana 2.0, como algunos les llaman. Los Derby Motoreta son un ciclón, le guste a uno o no su propuesta musical. Suenan sólidos, su cantante es pura vitalidad y sabe liderar masas. Están en pleno ascenso a la cumbre y, en comparación con los declinantes Flamin Groovies, ellos pusieron el frescor y la garra para que el el mini Monkey encare el sábado con ganas de fiesta.

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