Cultura

El legado de John Hughes

John Hughes murió este verano justo cuando empezaba a despuntar un tardío reconocimiento a su contribución a la comedia adolescente como uno de los géneros más populares y definitorios del cine norteamericano de las últimas dos décadas. Un género que ha luchado siempre contra el desprestigio crítico al tiempo que exhibía su condición de producto de entretenimiento orientado a esa nueva franja mayoritaria de público.

Desde dentro o en los márgenes del mainstream hollywoodiense, directores como Judd Apatow (Lío embarazoso), Gregg Mottola (Adventureland), Richard Linklater (Dazed and confused), Ben Stiller (Reality bites) o Wes Anderson (Academia Rushmore) reivindican hoy en sus películas la herencia y el espíritu agridulce de aquellas comedias adolescentes ambientadas en institutos o en centros comerciales auspiciadas por Hughes, en una nueva fórmula de comedia existencial que dio carta de naturaleza al teenager y a la adolescencia como figuras y ámbitos desde los que desarrollar eternos conflictos de identidad en un contexto suburbano de clase media (casi todos sus filmes transcurren en la pequeña ciudad de Shermer, Illinois), puntuado por irresistibles canciones pop (de The Psychedelic Furs a los Simple Minds) de la era MTV.

Títulos, algunos de ellos de verdadero culto con el paso de los años, como Dieciséis velas (1984), El club de los cinco (1985), Pretty in pink (1986), La mujer explosiva (1986) o Todo en un día (1986), merecen ser revisados hoy como reductos de una filosofía de la comedia que no sólo definió una serie de estereotipos (el empollón, el rarito, el deportista, el triunfador, el chulito, la rebelde, la reina de baile, etc.) que han seguido funcionando con efectividad en las sucesivas derivas del género, sino que localizó en los rituales de tránsito a la madurez un fértil territorio de posibilidades narrativas que recogían y exploraban las transformaciones sociales de la clase media norteamericana.

Las películas de Hughes contribuyeron también a perfilar una nueva topografía visual de la comedia al situar muchas de sus historias en escenarios que no sólo definen una época y un modelo urbano sino que se proponen como marco idóneo para que sus criaturas proyecten sus identidades.

El club de los cinco (The breakfast Club) condensa mejor que ninguna otra de sus cintas el espíritu del cine de Hughes, además de presentar en sociedad a ese grupo de jóvenes actores que iba a conformar el llamado brat pack (pandilla de mocosos) y que integró a rostros hoy muy conocidos como los de Tom Cruise, Matthew Broderick, Rob Lowe, John Cusack o Sean Penn.

Castigados en el instituto, cinco jóvenes de diferente perfil (Emilio Estévez, Ally Sheedy, Molly Ringwald, Anthony Michael Hall y Judd Nelson) se ven obligados a pasar juntos un sábado entero en el que saldrán a la luz sus deseos, vínculos y frustraciones. Hughes acierta a retratarlos sin paternalismo alguno, dotándolos de una inteligencia propia a través de la que se va definiendo, entre episodios de comedia y otros profundamente amargos, la identidad de cada uno. Hay algo de fundacional y testamentario en El club de los cinco, una película que retrata como pocas a los hijos de una década, a una generación que pronto iba a cambiar la autoconciencia crítica para convertirse en estadística de target de mercado. La posterior carrera de Hughes, que derivaría inevitablemente hacia el cine familiar (Solo en casa) o la comedia romántica más convencional (Sucedió en Manhattan), puede verse como síntoma de la renuncia y la regresión del género.

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