El guacamayo impostor
Apenas sintió el eco del primer cañonazo sobrevolando las Puertas de Tierra, a Paco Cosano no le cupo la menor duda: los franceses acabarían tomando la ciudad. Espoleado a medias por la excitación y el temor, corrió a encerrarse en casa, donde se propuso adquirir someras nociones de lengua y cultura galas por medio de viejos manuales, de aquellos que solía adquirir en el puerto a bajo precio. Al mismo tiempo, con más paciencia que pericia, comenzó a fabricarse una descomunal bandera tricolor con trapos blancos, rojos y, a falta de verdaderos azules a su alcance, verdes tirando a turquesa. Todo lo iba cosiendo a puntadas lentas, minuciosas, que acompañaba con el silbido de aquella melodía que hizo célebre a su inventor, el capitán Claude-Joseph Rouget de l'Isle, y que ha llegado a nuestros días con el nombre de la Marsellesa. (Éste es el texto introductorio que para esta edición firma el periodista y escritor Alejandro Luque)
Hijo de un modesto hortelano de extramuros y de una lavandera a domicilio, además de librepensador autodidacta, Paco Cosano se ganaba la vida como chicuco en uno de los prósperos almacenes de ultramarinos que a la sazón había en la ciudad. Idealista por herencia paterna, desde siempre había aspirado a mucho más; pero, como el pragmatismo adquirido de su madre le conducía a refrenar de continuo sus impulsos, llevaba media vida aguardando una oportunidad. Por eso, cuando meses atrás el capitán Dupont inició la conquista de Andalucía y fue vox pópuli que la caída de Cádiz era cuestión de tiempo, Paco Cosano se apresuró a urdir un inconfesable plan. Como parte del mismo, adquirió en el puerto los viejos manuales que, llegado el caso, le podrían abrir las puertas de la prosperidad; al tiempo que, sisando con discreción en el ultramarinos, llenó la despensa de los víveres necesarios para subsistir durante la previsible reclusión.
En total, fueron treinta y dos meses de asedio a la ciudad, si bien los fanfarrones apenas consiguieron alterar la vida de los gaditanos. Es más, gracias a los uniformes de los batallones de voluntarios que de inmediato se organizaron, sus calles se llenaron de vistosos colores. Los atuendos más distinguidos y alegres eran sin duda los granas, verdes y blancos de los guacamayos; los obispos, en cambio, se vistieron de rojo y morado; de verde, los lechuguinos y perejiles de extramuros; y de negro con cuellos encarnados, los pavos. Y ni siquiera después de que la primera bomba enemiga estallara junto a la Torre Tavira, perdieron del todo los gaditanos su capacidad de transformar el miedo en buen humor. Para Paco Cosano, en cambio, el eco de aquel primer cañonazo significó ya la señal que estaba aguardando y, fustigado por la expectación, se apresuró a poner en práctica lo planeado. En cuanto los franceses tomaran la ciudad, desplegaría la señera tricolor en la ventana y, cuadrándose a la vista de los vencedores, silbaría la mil veces ensayada marcha militar. Luego, una vez las calles recobraran en parte la calma, acudiría a las tabernas y, exhibiendo lo aprendido en los manuales, se ganaría el respeto de los galos. Convertirse en imprescindible mediador, entre los dos bandos, sería lo siguiente; y conquistar la ansiada fama, su lógica consecuencia.
Pero, entretanto llegaban sus futuros aliados, temeroso de que algún batallón de voluntarios pudiera malograr su plan obligándolo a enrolarse, Cosano evitó en lo posible la calle. Con el encierro, el tiempo transcurrió muy lentamente y, por si eso no fuera suficiente tortura, comprobó que cada día eran menos las bombas enemigas que estallaban al caer. El recluso empezó a temerse lo peor y, por si acaso los gabachos no lograban hacerse con la ciudad, su lado más pragmático le aconsejó urdir una nueva estrategia. En esas, estando un día cavilando asomado a la ventana, al ver el colorista atuendo de un grupo de guacamayos, Cosano se acordó de la bandera y en su cabeza saltó el chispazo: ¡ella volvería a ser su salvación! Así pues, cuando aquel 24 de agosto amaneció con el otro lado de la bahía lleno de fogatas y se corrió la voz de que los galos huían en retirada, Paco Cosano se apresuró a desmontar la enorme bandera tricolor y, con más paciencia que pericia, inició la confección del que sería su nuevo disfraz. Toda la noche la pasó uniendo de nuevo los trapos con puntadas lentas, minuciosas, que acompañó con el silbido de la consabida melodía gabacha, hasta conseguir como resultado el ensamblaje de un pintoresco uniforme de guacamayo.
Al día siguiente, uniformado de blanco, rojo y verde tirando a turquesa, el librepensador autodidacta abandonó al fin su encierro y, como si fuera un constitucionalista más, se dispuso a mezclarse con el gentío que, jubiloso, recorría ya la ciudad gritando "¡Viva la Pepa!". Mas, apenas pisó la calle, a Paco Cosano le rodeó una airada multitud que le increpaba con un imprevisto "¡Agabachado traidor!". Y es que, tan ufano estaba de su astucia, aquel guacamayo impostor, que no se había dado cuenta de que, una vez al aire libre, sus bien adiestrados labios habían continuado silbando la Marsellesa.
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