José Manuel Benítez Ariza | Escritor “Me estimula mucho estar leyendo poesía, tener el oído bien engrasado”

  • El autor gaditano ratifica su buena “racha poética” con la publicación de ‘Realidad’, una obra en la que vuelve a sorprender por su capacidad de convertir en verso la observación cotidiana

El escritor gaditano José Manuel Benítez Ariza. El escritor gaditano José Manuel Benítez Ariza.

El escritor gaditano José Manuel Benítez Ariza. / José Antonio Martel

Realidad es el título del nuevo poemario del gaditano José Manuel Benítez Ariza, una obra editada por Isla de Siltolá en la que la atenta observación cotidiana se transforma en verso gracias a la sensible y oportuna mirada poética de Benítez Ariza.

–¿Cuándo surge Realidad, que parece una continuación de Arabescos, su anterior poemario?

–Normalmente, tengo intervalos y desde que publico un libro pueden pasar meses e incluso algún año entero sin que escriba poesía, pero esta vez el proceso creativo ha sido continuado. Tras 'Arabescos', siguieron surgiendo poemas y en un par de años había ya material para un nuevo libro, que es una continuación de Arabescos en cuanto a los procedimientos y a los temas.

El libro se llama Realidad porque, como ya se planteaba en mis dos libros anteriores, se basa en la atención a la realidad que percibimos, a cómo la percibimos, a la idea de que normalmente la realidad nos llega de un modo atenuado, difuso, borroso, confuso, porque no le prestamos la suficiente atención, porque no aguzamos suficientemente los sentidos, porque no nos ponemos en el trance imaginativo adecuado para percibirla en toda su intensidad. Y la poesía puede ser un instrumento útil para reflexionar sobre eso y también para ponerse en trance de percibir la realidad con esa intensidad que merece y que conecta con la imaginación. Por eso hay poemas en el libro que se refieren a cosas aparentemente insignificantes.

–Como el dedicado al tarro con un ramillete de perejil.

–Efectivamente, hay un poema que llama mucho la atención a los lectores y habla del perejil que se ve en las tiendas ante un santo, pero, como explica el poema, independientemente de las creencias de cada uno, incluso de que se sea religioso o no, ese gesto mínimo indica una conexión entre la persona que lo hace y todas las expectativas que puede tener respecto a los ciclos naturales, al sucederse de las estaciones, su propia conexión con la naturaleza. Es un pequeño gesto casi insignificante, que pasa desapercibido, pero que tiene un fondo de conexión con el todo. Eso mismo se observa en el libro respecto a otras cosas muy cotidianas; como el hecho mismo de estar sentado en una terraza en una noche de verano, que fíjate ahora la significación que ha adquirido. Hay un poema que describe esta escena como si fuera la plasmación de una pequeña utopía, de gente feliz.

–¿Cuándo esa observación de la realidad más cotidiana, que todos podemos tener, se convierte en verso? ¿Hay algún chispazo? Por ejemplo: Bécquer ve golondrinas y hace un poema; Benítez Ariza ve dos urracas y hace otro.

–Esa es la gran pregunta: cuándo nuestra sensibilidad, nuestra capacidad de percepción está lo bastante aguzada para que esas cosas que pasan desapercibidas, de pronto uno las perciba casi como una epifanía, como una revelación. Tiene que ver, por supuesto, con un cierto entrenamiento, también con las lecturas que uno esté haciendo en ese momento. A mí me estimula mucho estar leyendo poesía, tener el oído bien engrasado. Cuando está uno en esa circunstancia, atento, de pronto ves algo, lo traduces en palabra, te das cuenta que tienes un verso o dos entre manos, lo apuntas y, en cuanto tienes ocasión, si la intensidad de la idea sigue ahí, el poema surge casi de inmediato.

–Decía con el anterior libro que ahora estaba escribiendo la poesía que siempre había querido. ¿Sigue siendo así?

–Sí, sí, es una cosa que casi teme uno decirla en voz alta, porque lo mismo se acaba, pero estoy en una racha afortunada en cuanto a una cierta facilidad para encontrarme con el poema, y ese trance empezó hace unos años, sobre 2015, y cinco años después sigo escribiendo poemas con cierta asiduidad.

–Algunos poemas hacen mención a la muerte, como el de los Cuatro elementos, que la plantea como una reintegración.

–Creo que sí, que en este libro está. La muerte es uno de esos temas que se repiten siempre, como el amor o el paso del tiempo, pero sí es cierto que hay en la última parte del libro aparece con bastante claridad el tema de la muerte, que creo que se articula bien con los asuntos generales de los que hemos hablado antes, porque estamos hablando de la muerte como entrega, como restitución de los elementos que te componen a los elementos generales de la naturaleza. La muerte está vista como aceptación de la realidad, y dentro de la realidad aceptamos que somos parte del ciclo de la naturaleza, que estamos hechos de la misma materia que el entorno que nos rodea y que eso de lo que estamos hechos, esos elementos, esa energía, ha de volver al ciclo general. Y la muerte, por tanto, no está vista tanto como una pérdida, como un drama, sino desde el punto de vista de la aceptación. Imagino que tiene que ver también con la edad y con haber visto de cerca la muerte de personas queridas. Y hay también una esperanza de que tenga ese valor positivo de ser simplemente una parte del ciclo general de la vida, que continúa.

–¿Aspira a que el lector se identifique con su mirada poética?

–Sí, creo que, modestamente, de las cualidades que pudiera tener mi poesía, una de ellas es una cierta claridad expositiva, al lector le es fácil seguir el curso de los poemas, creo que mi poesía aspira también a ser plástica, por tanto el lector ve el tipo de realidad que yo pretendo presentarle, y a través de esa plasticidad creo que es relativamente fácil que el lector aprehenda el significado del poema y pueda sentirse identificado y asentir a lo que pretendo presentarle o, al menos, hacerse las mismas preguntas que a mí me han llevado a escribir el poema.

–¿Cómo ha sido su confinamiento, le ha servido para dar seguimiento a su creación poética?

–Bueno, el confinamiento de un escritor es prácticamente igual que su vida sin confinamiento. Un escritor es un confinado por definición. Si acaso, las circunstancias actuales me han quitado tiempo.Soy docente y la realidad de la enseñanza virtual, en la no se habla a varias personas a la vez sino una a una por turnos, es una atención individualizada. Diría que he tenido mucho menos tiempo para cosas más esenciales para mí como la lectura. Pero sigo en trance poético y, sorprendentemente, ha habido algunos poemas que han surgido durante estas semanas.

–¿Qué cree que nos ha enseñado esta etapa como sociedad?

–Uf, eso es complicado... Creo que al principio todos éramos optimistas en que esto nos iba a cambiar la vida, que íbamos a saber apreciar las cosas de un modo mejor; y ahora estamos viendo que en cuanto se han empezado a dar pasos de relajación, volvemos a actitudes que creíamos que iban a desaparecer, volvemos a esa especie de impaciencia por estar en todas partes, por mostrarnos invasivos y maleducados. Pero no hay experiencias que sean vanas y algo habremos aprendido. Yo he aprendido, en mí mismo y en otras personas, que hay una capacidad de resistencia ante estas adversidades que es bueno saber que se tiene, una capacidad de saber mantener la vida interior de uno pese a que el mundo entero se te echa encima.

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