Cultura

Wyoming en su intermedio gaditano

  • La veta rockera del televisivo ‘showman’ arranca bailes y carcajadas con anécdotas imposibles en el estreno de los conciertos del castillo de Santa Catalina

Wyoming en un momento de su actuación anoche en el castillo de Santa Catalina Wyoming en un momento de su actuación anoche en el castillo de Santa Catalina

Wyoming en un momento de su actuación anoche en el castillo de Santa Catalina / Jesús Marín

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Asistí en septiembre de 1991 a un momento trascendental en la historia moderna de la provincia. Desperté en el único hostal que entonces debía existir en la playa de Bolonia, cuando ni siquiera había un centro de interpretación de los salazones romanos. Me hice con un café y salí a contemplar el esplendor de uno de los lugares más bellos y escondidos de la costa. Detrás escuché algo de jarana, unas voces. Alguien dijo: “¡Esto es el paraíso!”. Me volví y detrás mía estaba con una sonrisa de oreja a oreja Pablo Carbonell y con él caritas recién despiertas de Rosariyo, Aitana Sánchez Gijón… y el Gran Wyoming. Los famosos de Madrid acababan de descubrir Cádiz. La culpa fue del gaditano Pablo Carbonell.

Lo trascendental del hecho es que, posteriormente, he vivido extraños acontecimientos como el que acabo de relatar. Una vez me crucé en los pasillos del centro comercial Bahía Sur con Paul Weller, el líder de los Jam, Style Council y Papá Pitufo del pop británico y, en otra ocasión, me comí unos alcauciles en el bar Juanito de Jerez teniendo sentado en la mesa de al lado al actor londinense Jude Law, joven Papa entre otra multitud de papeles. Al igual que el Gran Wyoming, Weller y Jude Law tienen casa en la provincia.

De este modo, el verano madrileño de Cádiz empieza cuando el Gran Wyoming (José Miguel Monzón, Madrid, 1955) cuelga los trastos de su popular programa televisivo, El Intermedio, se viene para Zahara, se junta con sus colegas de Los Insolventes, la banda que desde hace años le acompaña en su retiro veraniego y se sube al escenario de algún lugar de la provincia para hacer rock and roll. Sin mayor ambición que ésa, que pasar un buen rato. Y ahí no falla. Con el Wyoming y sus amigos te lo pasas pipa.

No es que importe mucho el repertorio. Siempre son canciones conocidas por casi todos que están salpicadas de tres o cuatro historias que Wyoming, sin guionistas, consigue dotar de verosimilitud en su delirio. Así no enteramos de cómo Pablo Carbonell trabó amistad con David Byrne, mítico fundador de los Talking Heads, lo que hizo que Byrne acabara formando parte durante un tiempo de la tribu del famoseo de Zahara. Te podías encontrar a Byrne comprando el pan cualquier día en El Colorao. Contado por Wyoming, te doblas.

Cádiz se hizo Carabanchel con mar, del mismo modo que en Carabanchel se sueña cada verano con Zahara.

Byrne, un buen día, desapareció y dedicó una canción a Zahara, que yo no conozco, en la que, según Wyoming, Zahara parecía más una isla noruega que un paraje del sur de Europa. Fue una magnífica excusa para rescatar la preciosa canción de Talking Heads As she was. Nos trasladó al Black is black de Los Bravos hablando de su barrio de Prosperidad, en Madrid, en los años 60. Resultaba que su vecino Manolo, Manolo Fernández, era uno de los miembros de Los Bravos. Black is black, como se sabe fue número uno en Inglaterra, y cuando Manolo regresó a Prosperidad iba acompañado de una novia italo-suiza. La narración de Wyoming no sólo fue desternillante, sino que tenía un tono altamente literario en el momento en que era capaz de trasladarte a ese escenario en el que en ese barrio popular de repente aparecía una estrella del pop con un guayabo con minifalda y botas. Wyoming era un niño y su festival de gestos no hacía difícil imaginar a este hombre de niño, ya que, en el fondo, parece que nunca ha dejado de ser un niño si entendemos como tal a alguien que vive para divertirse y ser feliz. Y entonces te diviertes en el momento en que estás con alguien que, encima del escenario, sencillamente se está divirtiendo.

Por supuesto, Wyoming cuenta historias mejor que canta y que toca la guitarra, aunque tampoco lo hace muy mal, pero cuenta con el arrope de cuatro buenos músicos que suenan algo más que razonablemente bien. Además, tiene amigos. Por eso hubo momentos excelsos, como cuando Miguel, guitarra en su día de los sevillanos The Vagos y ahora miembro de la banda de Pájaro (Andrés Herrera, el guitarrista de Pata Negra), se subió al escenario. Se montaron un Johnny B. Goode sublime. Además, Los Insolventes se pegaron un pedazo de versión del Heroes de David Bowie y el Soy así de los Salvajes sonó a salvaje.

Y luego hubo mucha música madrileña de barrio. Cantaron por Obús y por Topo, fueron debidamente irreverentes con la versión de esa obra maestra que es Jesucristo García, de Extremoduro (“los mercaderes ocuparon mi templo, y me aplicaron la ley antiterrorista, ¿cuánto más necesito para ser dios?”), y cerraron con todo el público rindiéndose al embrujo, cantando a voz en cuello, el Maneras de vivir de Rosendo. Cádiz se hizo Carabanchel con mar, del mismo modo que en Carabanchel se sueña cada verano con Zahara.

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