Crítica

Sexo de una noche de verano

  • La compañía Voadora lleva al Falla su versión de 'Sueño de una noche de verano'

Una escena de la obra 'Sueño de una noche de verano'. Una escena de la obra 'Sueño de una noche de verano'.

Una escena de la obra 'Sueño de una noche de verano'. / Gerardo Sanz | FIT

Quizás sea El Sueño de una noche de verano de William Shakespeare uno de sus dramas más representados y, sobre todo, más versionados, no solo en el teatro sino también en el cine. Voadora se atreve con una reconstrucción certera del texto del dramaturgo inglés que, siendo contemporánea, conserva prácticamente intacta su esencia. El grupo español apuesta por una propuesta desvergonzada y sin complejos que arrastra al público como un huracán desde que éste accede a la sala, mientras en escena se desarrolla un simpático preludio musical.

El verano es tiempo propicio para los encuentros, la noche predispone a la fantasía y el bosque es el escenario perfecto para la revelación, el lugar en el que todo puede suceder. Allí habitan hadas y magos, duendes y ninfas. Allí los mortales son confundidos por filtros de amor y son parte de una pesadilla ideada por otros, partícipes de un sueño colectivo en el que todo es posible. La caracterización de los personajes de la apuesta de Voadora se basa en la ambigüedad y contempla todas las posibilidades genéricas: los amantes no son únicamente hombres y mujeres, sino que se abren a la diversidad LGTBI. Son personajes flexibles que remiten a la libertad para elegir por encima de las convenciones sociales, que se dejan arrastrar en los límites entre la vigilia y el sueño y se divierten, más que sufren, con sus apasionadas historias de amor.

El sexo es un elemento esencial de estos encuentros. Todos somos “sacos de hormonas” preparados para estallar en cualquier momento. Y estos personajes estallan con facilidad. Se trata de divertirse como si no hubiese mañana, como si el verano fuese eterno y la noche no acabara nunca. Voadora adopta esta perspectiva con descaro y naturalidad.

La escenografía es arriesgada, minimalista y efectiva, hermosa. Los personajes se desenvuelven, la mayoría del tiempo, con la caja del escenario delimitada por cortinas. El bosque es ese espacio cerrado, un lugar íntimo en el que todo es posible y que se transfigura gracias a las luces y a unos pocos elementos que inciden en carácter extravagante de la propuesta. De esta manera, se recrea un ambiente onírico delicado y estilizado.

Es, además, éste un Sueño de una noche de verano muy musical. Las canciones interpretadas por los propios actores juegan a favor de la factura final de la obra, aportan frescura y refuerzan el ambiente lúdico y desinhibido de la propuesta, pese a que el epílogo, en el que una de las actrices cuenta su experiencia de cambio de género, matice finalmente el jolgorio.

Los actores, eficazmente dirigidos por Marta Pazos, parecen disfrutar sobre el escenario, transmiten su entusiasmo, están bien preparados para asumir el reto que esta obra representa. El público también se divierte con este particular sueño por más que la noche sea de otoño.

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