Cultura

Sucky, esclava en Cádiz

  • La peripecia vital de una joven comprada en Londres por un comerciante gaditano que tuvo seis dueños y falleció en Jerez, sola y pobre, en 1828

El Callejón de los Negros, en Cádiz, uno de los escasos vestigios de la población esclava que residió en la ciudad. El Callejón de los Negros, en Cádiz, uno de los escasos vestigios de la población esclava que residió en la ciudad.

El Callejón de los Negros, en Cádiz, uno de los escasos vestigios de la población esclava que residió en la ciudad. / manuel marín

Entre las mercancías que el navío inglés La Esperanza llevó a Cádiz en 1777 figuraba una joven de 16 años de edad. Se llamaba Sucky y eso era ella entonces: un producto que se compraba y se vendía. Un notario certificó que la jovencita esclava era de color cocho, de regular estatura, pecosa de viruelas y de nariz chata. El resguardo de su compra precisaba también que tenía un lunar en la sien derecha y otro más abajo; y que le faltaba un diente. Sucky había costado 230 pesos de a ocho reales de plata antigua; esto es, 4.600 reales.

Cincuenta y un años después, en 1828, Sucky se llamaba María Josefa Dominga y moría en Jerez, sola y pobre. Había sido esclava de seis dueños, había tenido una hija también vendida como esclava, había sido liberada y había trabajado hasta entonces como sirvienta. Si hoy conocemos todo eso y más sobre su anónima existencia es porque la historiadora Lola Lozano decidió un día seguir una pista que halló en la partida de defunción de Suky. Surgió así una de las pocas reconstrucciones (o quizá la única) de la peripecia de uno de los últimos esclavos que vivieron en Cádiz (Las tres vidas de Sucky, en el número 8-9, 1997, de la revista Trocadero).

Una reconstrucción (quizá la única) de la vida de uno de los últimos esclavos

Hay datos sobre otros esclavos que pisaban las calles de Cádiz no hace tanto tiempo. Ahí están, por ejemplo, los nombres de los doce que figuran en el padrón de Cádiz de 1830, mencionados por el historiador Arturo Morgado en su libro Una metrópoli esclavista (Granada, 2013), una obra que analiza el fenómeno esclavista en Cádiz entre los siglos XVII y XIX. Ahí está Irene Vega, de 24 años, soltera, esclava del comerciante Julián Vega, que vivía en la calle San Francisco. Y está Francisco de Paula, que sólo tenía 9 años y vivía en la calle Sacramento como esclavo de la viuda doña Francisca de P. Bruzo, de 36 años. La detallada historia de Sucky viene a proporcionarles a todos ellos un poco más de luz, ayuda a imaginar mejor sus vidas.

A Lola Lozano la estaba esperando Sucky en el archivo de la iglesia de San Marcos, en Jerez. Lozano recopilaba material para un trabajo sobre la esclavitud y dio con su partida de defunción. Una anotación en ese papel invitaba a tirar del hilo: había sido liberada en Cádiz el 2 de enero de 1798 mediante un documento de la notaría número 10. Con ese dato, de escritura en escritura, la historiadora logró llegar hasta el momento en que Sucky arribó a Cádiz a bordo de La Esperanza.

Sucky no iba sola en el barco que zarpó de Inglaterra. Viajaba a cargo de don Lorenzo Strange, quien cumplía una misión encomendada por su amigo y también comerciante don Tomás Juan Arriete: comprar en Londres una esclava negra.

En cuanto tuvo en su poder a la joven, Arriete la bautizó y le cambió el nombre. Así comenzó María Josefa su nueva vida, en un lugar desconocido, con otra religión y otra identidad. Y en una ciudad que afrontaba cambios importantes: un año después, Cádiz perdía el monopolio del comercio con las colonias americanas.

María Josefa fue esclava de don Tomás durante casi seis años. Al cabo, en abril de 1783, el comerciante se la vendió a don José Antonio de Huertas, también vecino de Cádiz, un alférez de las milicias urbanas de la ciudad. Pero la joven no iba sola. El lote en venta incluía un bebé: una hija de María Josefa que había nacido quince días antes y que fue bautizada como María Dolores. Tras el parto, don Tomás se había desprendido raudo de esa propiedad suya. La documentación indica que la niña era de color pardo. ¿Era hija de don Tomás? No era nada infrecuente que los propietarios de esclavas tuviesen hijos con ellas.

A don José Antonio de las Huertas las dos esclavas le costaron 160 pesos de a quince reales de vellón. Queda por seguir la pista de la niña: si murió pronto o fue separada de su madre y vendida a otra persona. Sí consta que María Josefa apenas permaneció unos meses con su segundo dueño: el militar se la vendió a don Francisco Martí, un comerciante valenciano afincado en Cádiz.

Don Francisco manda en María Josefa durante ocho años. Es su etapa más larga con un dueño. En agosto de 1792, la esclava pasa a manos de don Juan Antonio Imbrecher; éste se la vende año y medio después a doña Manuela Danglada, esposa de don Bernabé Elías, un comerciante originario de La Rioja. María Josefa ya tiene 34 años cuando, menos de un año y medio después, doña Manuela se la vende a otro comerciante: don Juan Antonio Carazo. El precio de la nueva transacción (2.100 reales) indica que María Josefa poseía aún buenas cualidades físicas y una excelente capacidad laboral.

Don Juan Antonio es el sexto y último dueño. El 2 de enero de 1798, treinta meses después de haberla comprado, le concede la libertad a María Josefa, aunque sin ayuda económica alguna, a diferencia de otros casos.

Hay una laguna amplia en la vida de María Josefa desde que se convierte en una liberta hasta que muere en Jerez. Una casualidad permitió localizarla en el padrón de Jerez de 1818: había cambiado su nombre por el de Dominga y trabajaba como criada para doña Isabel Hinojosa, una noble, hacendada y soltera con la que residía en el número 85 de la calle Francos. Doña Isabel se trasladó pocos años después a la calle San José, a la misma calle del barrio de San Marcos que figura en la partida de defunción de su criada.

Pero María Josefa Dominga parece que ya no está con doña Isabel cuando muere en 1828: una nota que la identifica como "negra y pobre" detalla que su entierro "se le hizo por Dios". Lola Lozano considera que ambos testimonios son elocuentes para apreciar que "21 años de esclavitud y 30 de servidumbre concluyeron en una muerte en soledad y en un entierro de caridad".

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