Crítica de Cine

Elogio de la duda

La academia de las musas

"Experiencia fílmica", España, 2015, 91 min. Realización y montaje: José Luis Guerin. Intérpretes: Raffaele Pinto, Emanuela Forgetta, Rosa Delor Muns, Mireia Iniesta, Patricia Gil, Carolina LLacher. Cine: Bahía de Cádiz.

Catapultada por el premio en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, La academia de las musas inicia su periplo comercial en España sin más créditos que los de la propia productora creada por José Luis Guerin y una "experiencia pedagógica del profesor Raffaele Pinto", filmada a salto de mata, con escasos medios y sin guión cerrado, a la que llegamos in media res, con la clase magistral ya empezada.

Cualquiera que conozca la Universidad de hoy sabe pronto que lo que vemos no es sino una sublimación dramática del aula, una suerte de escenificación teatral de ese espacio de conocimiento y debate en el que perviven las dinámicas del poder de la seducción del profesor hacia su audiencia, aquí muy escogida entre los rostros hermosos y singulares de un puñado de alumnas/actrices maravillosas.

La "experiencia pedagógica" está guiada por el poder rítmico y musical (en castellano, catalán, italiano y sardo) de la palabra, una palabra rica y culta, por el efecto del contraplano y por los rostros convertidos en emociones puras, elementos básicos que delimitan ese territorio de la enunciación y la escucha a propósito del poder mítico y arcano de las musas en la creación y la consecución de la poesía y belleza artística.

Si ese aula es, pues, escenario y teatro, La academia de las musas nos lleva pronto a otros espacios (reales, míticos), volando a la vieja Italia (Cerdeña, Nápoles) en busca de ecos, rimas y complementos para su tema. La palabra segura y elocuente del profesor da paso a la de cuatro de esas alumnas (musas del juego, musas de ida y vuelta, musas que se resisten a serlo), sucesivos jalones de un juego de seducción encadenado.

Guerin filma las conversaciones a distancia, entre el hueco y el reflejo, a través de cristales y destellos que se inscriben en el plano, dejando que el ruido visual de la ciudad penetre en la claridad, hiriente a veces, de lo dicho. Su película se encamina así, respirando entre acotaciones temporales, hacia el paulatino desmontaje o el cuestionamiento, sutilmente irónico, de su tesis primera, sin renunciar nunca a la belleza.

Hay quienes, en un gesto de corrección política, han querido ver en el filme un trazo de misoginia de la vieja escuela romántica. Yo pienso que Guerin es siempre consciente de ese peligro y juega precisamente a distanciarse de la identificación de su mirada con la del profesor, atrapado pronto en sus contradicciones entre la teoría y el comportamiento, arrinconado in extremis por la propia esposa herida, la única que, finalmente, parece creer en el amor más allá de las palabras.

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