Crítica zarzuelacine

Black, el payaso que pudo reinar

Orsonia, como Syldavia, no existe en los mapas oficiales. Pero sí forma parte de ese delicioso territorio de la opereta conformado por argumentos casi inverosímiles, pero que aceptamos gustosamente por convención -y convicción- teatral. Originada por una novela, lo que demuestra el continuo trasvase entre géneros artísticos que ha tenido lugar a lo largo de la historia -más de lo supuesto, pues dominan los excesos categóricos- desarrolla un continuo juego de espejos de identidades fingidas, auténticas o impostadas e, incluso, impuestas por las circunstancias.

El estreno de 1942 en Barcelona, donde confluyeron un músico vasco junto a un autor andaluz, casi parece el comienzo de un chascarrillo territorial que acabó en tragedia, pues las lenguas de doble filo provocaron la disolución del tándem compuesto por Sorozábal y el barítono cordobés Marcos Redondo, que había propiciado grandes éxitos para la escena. El primero no era bien visto en los círculos oficiales y sufrió, como muchos otros artistas de su tiempo, una especie de destierro oficioso que ninguneaba su trabajo. Así que esta producción también contribuye al rescate de la memoria histórica, necesaria en todos los ámbitos, además de resultar un ejemplo práctico de un auténtico "hacer provincia" más allá del mero lema publicitario.

Todo proceso de puesta en escena genera una multitud de tareas inimaginables, a veces, desde la perspectiva del público, por lo que en ocasiones la crítica debería resolverse en loa para ser justos con el trabajo realizado y más, cuando el resultado ha alcanzado el alto nivel ofrecido. Cada uno de los solistas, con su color de voz, está adecuado al personaje asignado, además de resolver con solvencia las escenas puramente dialogadas, pero hay que quitarse el sombrero ante el desparpajo escénico del joven tenor gaditano Álvaro Bernal, todo un ejemplo de valentía y constancia. Las puntuales intervenciones del coro, tanto en sus partes cantadas, como en su papel de completar visualmente las escenas, otorgan momentos de gran espectacularidad y colorido, gracias también a un vestuario de corte historicista y caracterizador de los distintos personajes que pueblan este país imaginario, que resulta de una ardua labor de reciclaje y búsqueda. La escenografía, creada por el director de escena, Miguel Cubero, recupera los entrañables decorados pintados bidimensionales de perspectiva, pero con diseño y técnica contemporánea, completado por un buen número de elementos cuyo origen y hallazgo merecería un relato propio, pero que se engarzan perfectamente como una utilería creada para la ocasión.

Todo está envuelto dentro de una maravillosa y versátil partitura donde suenan acordes circenses, románticos, bucólicos, nostálgicos e incluso revolucionarios, que se presenta fresca y moderna, alejándose del estilo de opereta para acercarse al musical. Los juegos de teatro dentro del teatro que se suceden a lo largo del argumento, junto con el casi obligado guiño intertextual de I Pagliacci de Leoncavallo, así como el disfrute de la presencia de la orquesta en el foso bajo dirección del incansable impulsor del proyecto, Juan Manuel Pérez Madueño, vienen a incidir en los límites entre ficción y realidad. Más en un país donde los gobernantes han superado con creces el esperpento y que quizás solamente puedan salvarlo los bufones. Y no nos referimos ya ni a Orsonia ni a Syldavia.

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