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Antonio Tocornalescritor"Al menos en mi caso, ser escritor no fue un proceso buscado"

  • Galardón con nombre. El autor de San Fernando, afincado en Mallorca, confirma su trayectoria literaria con el Premio Vargas Llosa de novela

Antonio Tocornalescritor"Al menos en mi caso, ser escritor no fue un proceso buscado" Antonio Tocornalescritor"Al menos en mi caso, ser escritor no fue un proceso buscado"

Antonio Tocornalescritor"Al menos en mi caso, ser escritor no fue un proceso buscado"

Las Bellas Artes ocuparon su primera inquietud artística. Así, a los 17 años, dejó su San Fernando natal para estudiar en Sevilla. Después vendrían los años de París, una larga estancia, y de la isla de Mallorca donde vive actualmente sin que haya perdido el contacto con su isla de cuna. Hace unos días, Antonio Tocornal recibió un espaldarazo a su aún corta trayectoria literaria al ganar en Alicante el Premio Vargas Llosa de Novela por su obra La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie.

-Para el título de la novela ya utiliza la primera persona. ¿Qué París aparece en ella, el que conoció?

-El narrador soy yo, eso está claro. Pero no el yo que era hace treinta años, sino el yo que soy ahora recordando a aquel otro yo lejano. Todo lo que ocurre en la novela sucedió de verdad en el entorno en el que yo vivía. O al menos así lo recuerdo yo. Ha pasado mucho tiempo y los hechos que se narran han sido tamizados por la memoria. Al final, lo que uno recuerda es la única realidad que queda, por lo tanto poco importa qué ocurrió realmente porque lo más cercano a la realidad son los recuerdos.

En la novela se narran los acontecimientos que suceden a un grupo de jóvenes durante una noche, desde las seis de la tarde hasta las seis de la mañana. Todo aquello sucedió realmente, los personajes son reales, si bien puede que me haya tomado algunas licencias en cuanto a situar los hechos en un intervalo temporal cerrado.

La novela es un retrato de la libertad absoluta que da la juventud cuando uno no está condicionado por la economía ni por las convenciones sociales. Creo que si alguien ha tenido el privilegio de haber vivido una juventud así, llegará a la edad madura equilibrado y feliz.

-Su obra tiene, según el jurado, personajes esperpénticos, entrañables, en un mundo protagonizado por fracasados, ¿qué sociedad dibuja usted en su historia?

-La de unos jóvenes muy diferentes a los de hoy. Era una sociedad en la que no existían los teléfonos móviles, y los ordenadores eran bienes raros. La gente se hablaba, se juntaba en un café alrededor de una botella de vino, compartía cosas. Éramos solidarios y teníamos ideales.

En cuanto a si los personajes retratados son fracasados, no sé si definirlos así. El fracaso es lo contrario del éxito y en ese sentido es cierto, no conocían el éxito tal como lo entendemos, pero al menos era gente que se movía, que hacía lo que quería y que vivía según sus convicciones. De todas maneras, en el mundo hay más fracasados que triunfadores. En el deporte es terrible: cuando miras una carrera de Fórmula Uno, por ejemplo, o un torneo de tenis, el que queda segundo es percibido como un perdedor, aunque sea el segundo mejor del mundo en su especialidad.

Si estábamos o no equivocados, era algo que no se podía adivinar; solo el tiempo puso a cada cual en su sitio. Lo que está claro es que todos los que aparecemos en la novela -algunos habrán muerto y a los demás no les he seguido la pista- somos lo que somos hoy porque nuestras personalidades se forjaron en aquellos días. En cualquier caso, ahora recuerdo esos siete años que pasé en París como una fiesta perpetua. Éramos muy jóvenes y muy puros.

-En un capítulo aparece su San Fernando natal, de donde salió con 17 años para estudiar Bellas Artes en Sevilla: ¿Cuál es la Isla que aparece en su obra?

-Dura. La Isla aparece de refilón, solo en un capítulo, como contraposición o explicación a mi huida, una huida más vital que geográfica. En aquellos años ochenta en los que la cultura estaba en ebullición tanto en España como en todo el mundo occidental, yo percibía San Fernando, tenía diecisiete años, como un sitio que le cortaba a uno las alas. Hoy sé que no supe ver las cosas buenas de San Fernando y que por eso necesitaba poner tierra de por medio, pero en aquel entonces me pesaba mucho el ambiente militar y religioso que se respiraba, que yo veía como un freno para las inquietudes artísticas que tenía por aquel entonces. Pero, ¿quién puede decir que en la edad adolescente no tuvo una visión distorsionada de la realidad?

-Usted estudió Bellas Artes: ¿hasta qué punto influye en su escritura su primera vocación?

-Bueno, esta novela no podría haberla escrito si no hubiese tenido una formación como artista plástico. De hecho, durante toda la época que viví en París me dediqué realmente al arte. En la novela hay constantes referencias al arte contemporáneo y al espejismo de la modernidad, con cuyos parámetros podíamos vestir de arte a cualquier ocurrencia que tuviésemos sin por ello ser impostores.

Aquellas excentricidades que nos permitíamos en el nombre del arte se tratan en la novela con humor, con ironía pero también con mucho cariño; nunca desde un punto de vista cínico, ya que tal vez estábamos equivocados pero nunca ninguno de los artistas con los que me movía intentó engañar a nadie.

-¿Qué le interesa transmitir cuando escribe?

-Nada. No hay un mensaje previo que me interese trasmitir. Sin embargo, sí me he dado cuenta de que, como una corriente, hay algo que me induce a construir personajes que siempre están en el límite. Antihéroes que están en el borde de un precipicio, a veces en situaciones rayando lo ridículo pero a quienes nunca dejo caer porque me siento identificado con ellos y les cojo cariño. Son los personajes que más matices tienen los que me interesan: el lado bueno de los malos, el lado inocente de los astutos, etc.

Al final la pregunta lógica que seguiría a esta sería: ¿entonces para qué escribes? Pues posiblemente escribo porque es una forma de ocupar un lugar lógico en el espacio y en el tiempo que nos ha tocado vivir, que en sí tiene muchas caras ilógicas. Como si la literatura fuese un noray con el que me mantengo firme a algo fijo. Para mí, la actividad de escribir no difiere nada de la de leer, por ejemplo; creo que son lo mismo una cosa y la otra. O, en mi caso, de la de podar los olivos de mi huerto o construir con mis manos un horno de piedra. Yo no distingo o intento no distinguir entre lo comúnmente aceptado como 'actividad artística' y 'actividad no artística'. Precisamente de eso va la novela: de la dualidad arte/vida.

También te podría decir que escribo porque me lo paso muy bien y me río mucho yo solo. Escribo sin presiones, sin una disciplina de horarios y solo cuando el cuerpo me lo pide, cuando sé que voy a pasar un buen rato. Puedo hacerlo porque he aceptado que no voy a 'hacer carrera' como escritor.

-Dijo tras el premio que empezó a escribir hace unos cinco años, y que antes se preparó como lector: ¿por qué decidió escribir?

-Realmente no fue hace cinco años que empecé a escribir. Fue hace más tiempo. Hace cinco años comencé a percibirme a mí mismo como escritor y por lo tanto comencé, de forma muy tímida, a mostrar mis escritos. Creo que uno no decide convertirse en escritor. Al menos en mi caso no fue un proceso buscado. Uno tiene o no tiene inquietudes artísticas y, en mi caso, después de haber probado otras disciplinas y de haber leído miles de libros, quedé maravillado con la pureza que las herramientas de la literatura usa en comparación con otras artes. Quiero decir que cualquier otro arte: pintura, escultura, cine, teatro, danza… están condicionados por lo que uno pueda hacer con los materiales, con los objetos, o con el presupuesto de que disponga. Incluso la música está condicionada por lo que un instrumento puede dar de sí.

En cambio la literatura solo dispone de una herramienta: el lenguaje. Varios miles de palabras que están disponibles y que cada autor combina como le parece. El resto es inmaterial: las vivencias, la cultura como lector y, por supuesto, el talento cuando lo hay. Eso le da una plasticidad casi ilimitada.

Admiro a los chicos de 20 o de 25 años que escriben novelas a pesar de que sus vivencias no han sido pródigas. Deben suplirlas con mucha imaginación. Yo he necesitado pasar cuarenta años cargándome de historias y estudiando la alquimia con la que los otros contaban las suyas antes de decidirme a escribir las mías o antes de considerar que el resultado era al menos digno de ser mostrado.

-Tiene otra novela y un buen número de relatos cortos premiados. ¿Son sus historias las que eligen su extensión?

-Yo me encuentro muy cómodo en el relato corto, digamos entre cinco y quince páginas. Es el mejor formato para narrar una historia completa y que el lector la pueda abarcar de forma global desde un punto de vista fijo. Escritores como Borges nunca escribieron una novela porque creían que el relato era un formato más puro. Hay verdaderas maravillas en el relato corto como los del mismo Borges, o de otros tan dispares como Roberto Bolaño o Juan Rulfo.

A veces un relato me ha pedido más extensión y ha acabado convirtiéndose en novela, pero lo tiene que pedir él; si no, no funciona. En este momento tengo tantos relatos inéditos que podría publicar con ellos tres volúmenes pero ahí están, en el cajón virtual del ordenador, esperando su momento.

El relato está infravalorado por las editoriales, pero yo veo más difícil escribir un relato redondo que una novela decente.

-Tiene microrrelatos para leer en un minuto; nanorrelatos para unos pocos segundos... ¿Lo hace porque cada vez hay menos tiempo para leer o porque es un formato en el que, con sus giros finales, se encuentra cómodo?

-No. Los microrrelatos están muy de moda pero no son mi campo. ¡Ojo!, que no los subestimo: es tan difícil jugar bien al golf como al minigolf. En mi caso no los busco pero a veces surge alguno como una revelación y los escribo en mi blog para no olvidarlos, como si fuese un bloc de notas de los que más adelante sacar alguna idea que se pueda desarrollar.

Siempre he considerado lo de los giros finales en los relatos un recurso resultón pero limitado. Un buen relato tiene que enganchar al lector desde la primera frase y no estar justificado por el giro final. A pesar de eso, lo de los giros finales parece que llega a mucha gente, y a muchos jurados de premios literarios. Conozco algunos escritores cargados de premios de relatos que utilizan ese recurso una y otra vez y siempre les funciona.

-Mantiene vínculos con San Fernando, y viene cada año. ¿Por qué eligió Mallorca para vivir?

-Mallorca es un sitio precioso y con un clima muy amable, en el que un tipo solitario como yo se puede sentir muy a gusto. Uno nunca acaba de integrarse del todo en la sociedad mallorquina, sobre todo en un entorno rural como en el que vivo, pero eso no me supone un problema. He comprendido y aceptado lo que nos diferencia y creo que en mi pueblo también me han aceptado con mis peculiaridades.

Puede que por esa razón ahora me encanta volver a mi tierra y con mi gente. No solo a San Fernando sino a toda la provincia. Cuando llego al aeropuerto de Jerez o llego por carretera, siempre tengo esa sensación de «vuelta a casa».

Tengo familia en San Fernando y en Chiclana y cada año voy unos días a verlos. Disfruto al ir a tomar el aperitivo a la Cantina del Titi en la Casería, o al pasear a Ratón, el perro de mi hermana en la playa de Sancti Petri durante la puesta del sol. O coger el coche e irme hasta la playa de Bolonia o hasta Medina con la excusa de comprar unas tortas pardas para mi madre. O pararme a charlar con un desconocido con la certeza de que no me va a mirar con recelo. Eso no tiene precio. Me gusta reencontrarme con mi gente y me gusta mucho reírme, y en Cádiz me río a gusto.

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