Cultura

Alberti y El Puerto

  • Recorrido por los lugares emblemáticos de la ciudad del poeta y por los tributos que su pueblo le rinde, desde el saludo de su estatua a la entrada de la localidad a la infancia de la arboleda perdida

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En el mismo lugar en el que se escuchó por primera vez la voz de Rafael Alberti, el berrido de quien es expulsado al mundo, duerme ahora David Beckham y gobierna Calvin Klein. El mostrador de la tienda de ropa de Palacios 46 se ha situado en el que fue el cabezal de la cama de los Alberti Merello y el esplendor de la calle en la que se asentaban los cargadores a Indias bajo la vigilancia de los duques de Medinaceli es adivinable pero finito. Junto a la casa que fue de los Alberti, donde el niño que sería poeta, exiliado y alcalde perpetuo abre los ojos, hay un simposio de palacios abandonados. Es el inicio de un recorrido por una ciudad en la que la presencia de su trovador más ilustre se halla de una punta a otra punta, desde el saludo de su estatua junto al cuartel de la Guardia Civil hasta la playa de la Puntillaque acompaña a la célebre arboleda perdida, la memoria del hombre que era feliz por llevar "una mar dentro". Alberti ya no está, hace diez años que no está. Pero está. Como él mismo diría en una añoranza escrita desde Santo Domingo: "Aunque no estaba la fuente, la fuente siempre sonaba". Alberti es en El Puerto la fuente que suena.

Nos llevamos a Rafael de paseo por el pueblo del que tanto hablaba y en el que tan poco tiempo vivió. Nos lo llevamos para que pueda repetir eso de "Castilla tiene castillos pero no tiene mar; mi pueblo tiene castillos y además tiene una mar". En la Fundación Alberti, situada en una de las cuatro casas en las que residió en sus primeros quince años de vida, antes de que su padre lo "desenterrara del mar" y se lo llevara a Madrid, hay una foto recortada de tamaño natural de un Rafael joven y apuesto, con un cierto aire lorquiano. Se viene con nosotros. Lo sacamos de las paredes empapeladas de una vida en la que él y su cómplice, María Teresa León, desgranan los recuerdos, todos ellos muy lejos de El Puerto. Parecen sacados en las primeras imágenes de una estampa de los años del jazz, un trasunto de Fitzgerald y Zelda, y luego los bellos rostros y los cuerpos que no regresan van cobrando otras formas en compañía de otros ilustres expulsados de la patria. Hasta que vuelve Rafael con la melena cana con la que le conoció una nueva generación, elegantemente marinero y con la mano abierta, que ya no es el puño con el que se marchó. Una foto, Rafael, me llama la atención. Está tomada en un Talgo y con él viaja Agustín Merello, periodista de Diario de Cádiz y sobrino del poeta. Están atravesando Andalucía para el reencuentro. Sesenta años después Alberti está volviendo a su infancia: "Ven mar y siéntate a mi lado". No es muy difícil suponer, Rafael, el cosquilleo que se rebelaría dentro; no es muy difícil suponer que acribillaría a Agustín a preguntas de cómo está ahora esto y cómo está aquello, qué fue de los amigos fantasmas de la infancia y de las primeras novias. Alberti está de vuelta. Se fue en 1917. Ese Talgo circula por 1977.

Salgamos a la calle, al cuadrado de palacios en el que corría Alberti niño. No tan cambiado como podría parecer, aunque los portuenses dicen que todo está cambiando demasiado y a peor. Pero lo esencial, más viejo, sigue ahí. Siguen las azoteas desde donde espiaba a Milagritos Sancho, el primer amor, la niña que murió poco después de que Alberti se marchara. Siguen los balcones: "Los balcones de mi casa son altos, pero no se ve la mar, qué bajos son mis balcones. Sube, sube balcón mío". La calle Nevería ya no se llama así, sino Muñoz Seca, dramaturgo que fue vecino. Un vecino de cada bando, ambos hijos de su pueblo, dos fundaciones separadas por un centenar de pasos. Ya vemos el sinsentido de los bandos, pero eso ya no tiene remedio. Uno asesinado, otro exiliado. Eso ya no tiene remedio.

Alberti es en El Puerto la fuente que no está, pero suena

Si sorteamos unas cuantas obras, contemplamos la Prioral allá arriba, que necesita un aseo de su fachada, y dentro está la Virgen de las cántigas de Alfonso X. Poco creyente en la habitabilidad de los cielos, Alberti era gran conocedor de historias marianas y de la Virgen de El Puerto siempre dijo que era muy guapa. Así es, por estas calles discurre toda su "infancia colegiada y marinera". En las carmelitas, el primer colegio, las monjas llevaban "delantales azules, que son como el cielo cuando se apartan las nubes". De los jesuitas, que hoy siguen en el imponente colegio San Luis de Gonzaga, no hay tan buenos recuerdos, que por eso será que no había forma de mantenerlo dentro. Sesenta años después, en el patio del colegio, Rafael se subiría al estrado y leería sus poemas ante un abarrotado aforo, con los jesuitas, admiradores de su obra, en la primera bancada. Dulce venganza. ¿No? Bueno, pues no. "En Rafael no existía un mal sentimiento. A su regreso paseaba por El Puerto admirado de que la gente le pidiera una firma y un dibujo y él siempre decía que sí, pero luego se volvía y decía pero si yo no soy nadie, yo soy uno más de la calle", cuenta una que fue su amiga de vejez y compartía con él los momentos de las comidas tranquilas de charla lenta.

Huele a vino en la bodega Obregón y es extraño porque en El Puerto ya casi no huele a vino, que fue el aroma con el que despertó a la vida el poeta. Pero Obregón siempre ha estado ahí. Cuando nació Rafael ya existía y hoy sigue teniendo su despacho a la izquierda y las botas y los carteles de las tardes taurinas gloriosas. Es posible, puede pasar, que nos encontremos con que un parroquiano suelte eso de "¿Alberti? Un rojo" y otras lindezas. Pero también está otro Rafael, tocayo, que quiso ser torero, como Alberti, y que se encontró con él en el Tendido 4 y le pidió que le firmara una entrada de los toros y Rafael Alberti firmó y dibujó un toro: "Para mi querido tocayo". Manolo regenta la bodega y recuerda a Alberti en su regreso alojado en un hotel mientras se arreglaban documentos. "Un hombre entrañable, de exquistas maneras, siempre con una palabra de agradecimiento". Enmarcada, una página de Diario de Cádiz de 1983 con la imagen del poeta y los sonetos del regreso.

Es hora de bajar al mar y para llegar al mar tendremos que ir antes al río a ver las barquitasde unos pescadores que son más heroicos aún que los pescadores de los que Rafael hablaba en sus poemas porque los pescadores de ahora no tienen pesca y el mar de los días heroicos también es más heroico porque ya no hay nada que conquistar ni que descubrir más allá. Porque todo está aquí. En el mar, la mar, "redonda, azul, salpicada de espuma". A esto se reduce el ancho mundo medido con sus andanzas forzosas por el poeta. Lo veremos mucho mejor desde el último punto del recorrido, cuando dejemos atrás el Camino de los Enamorados.

Estamos haciendo ese mismo trayecto que hicieron los pies adolescentes de Alberti y la gente nos mira porque Alberti viene con nosotros. El paisaje parece cambiado, sí, pero qué le vamos a hacer, todos cambiamos. Hay decenas de pintadas en las fachadas con declaraciones de amor, por lo que el camino de los enamorados sigue teniendo esa utilidad, aparte de hacer footing y montar en bicicleta. ¿Acaso Alberti hoy no pintaría con spray en las fachadas su amor por Milagritos?

Ante Alberti, el mar y la espuma de los días heroicos

Hemos llegado. Hemos llegado al origen de todo, hemos llegado a la explicación de una vida. Cuando Alberti fue expulsado al mundo no sabría que el motivo de ese alumbramiento se encontraba en estos pinares. Orson Welles se inventó un trineo para su Kane/Hearst porque en cada ser vivo la inmortalidad está en su infancia. El Rosebud de Alberti es esta arboleda perdida que da nombre a una de estas calles en las que se extienden los chalés y los pareados y los adosados. Sentados en la arena disfrutando de la brisita, un caminante nos pregunta por nuestro acompañante. "¿Quién es?". "Es Rafael Alberti -contestamos- un vecino de aquí. De El Puerto".

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