El hundimiento del 'Reina Regente' y la leyenda de Ana Cazuela
Tribuna libre
Una historia transmitida de generación en generación situaría frente a Los Caños de Meca el naufragio tal día como hoy de hace 131 años del buque insignia de la Armada Española, con 412 muertos
El 10 de marzo de 1895, a las 10.30 horas, a pesar de los indicios de temporal y cuando el puerto de Tánger estaba ya cerrado debido a lo agitado de las aguas, el crucero Reina Regente, buque insignia de la Armada Española, levó anclas y con moderada marcha, después de doblar el muelle viejo, se dirigió a la mar, poniendo proa al Noroeste, o sea rumbo a Cádiz.
Al atardecer, y cuando el Reina Regente arrumbaba frente a las costas gaditanas, hace ahora 131 años, aconteció su hundimiento y con él la desaparición de los 412 hombres de su dotación como consecuencia de un furioso temporal. No hubo supervivientes.
Tal y como glosa en su estudio sobre este naufragio el coronel de Infantería de Marina e investigador Miguel Aragón Fontenla, en un artículo publicado en la Revista General de Marina por el que obtuvo el premio Roger de Lauria, “posiblemente, al no disponer de un estudio meteorológico adecuado, el capitán de navío y comandante del buque, Francisco Sanz de Andino y Martí, se dejó llevar por la confianza en la velocidad de su embarcación y por creer que podía arribar a puerto antes de que la borrasca se lo impidiera”.
Prácticamente desde el mismo momento en que se dejaron de tener noticias del crucero, la Armada inició las operaciones de búsqueda para encontrar lo antes posible al barco y su dotación y aclarar las causas y circunstancias en las que ocurrió el naufragio. Fruto de estas primeras acciones fue el Informe acerca de las causas probables de la pérdida del crucero Reina Regente, finalizado en 1896, un documento de gran profundidad y extraordinario rigor que contiene los resultados de la investigación. Sin embargo, este informe no logró resolver todos los interrogantes que se plantearon, sobre los que hoy aún no hay total acuerdo. Por este motivo, la Armada no ha dejado de buscar y de tratar de dar soluciones a estas incógnitas.
No pretendo ser yo quien trate de dar con las causas o resolver el enigma del hundimiento del Reina Regente, aunque sí me gustaría dejar constancia y aportar, con este sencillo y personal artículo, una transmisión oral a modo de información sobre el lugar donde pudo producirse el mismo. El único propósito que me he marcado es dejar constancia escrita de una leyenda transmitida oralmente de generación en generación en mi entorno familiar y entre los vecinos de Los Caños de Meca.
A principios del pasado siglo XX mi bisabuela María Josefa Rodríguez Castro, viuda de Francisco Rodríguez Ponce, capitán de Infantería de Marina (mi bisabuelo), ambos vecinos de Vejer, pasaba largas temporadas en Los Caños de Meca junto con sus hijos Francisco y Clara (a la postre mi abuela materna) por recomendación facultativa tras habérseles diagnosticado que padecían tuberculosis, enfermedad conocida como la peste blanca y popularmente como tisis, que en aquella época era una de las principales causas de mortalidad mundial.
Con el paso de los años, mi madre, Ana María Rodríguez Rodríguez, también conocida como Anita Cartilla por descendencia familiar de los Rodríguez–Cartilla, como así hacían constar en su testamentaría, nos contaba la leyenda que Ana Cazuela le había relatado a nuestra bisabuela Mari Pepa. Hablaba de un hecho que vivió y del que fue única testigo la misma tarde del 10 de marzo de 1895, porque ese mismo día también ocurrió otro triste suceso como consecuencia del fuerte oleaje en la zona costera de Los Caños de Meca: el trágico ahogamiento del niño de tres años Francisco Braza Gomar, hijo de José Braza Fernández y Ana Gomar Román ‘Ana Cazuela’, que fue arrastrado por una gran ola debido al temporal.
Esa fatídica tarde, debido a la violenta marejada que asolaba toda la costa, el matrimonio con su hijo se acercó al acantilado de Los Castillejos a recoger la cabra que durante el día amarraban para que se alimentase con las hierbas del lugar. De forma inesperada un fuerte golpe de mar rompió contra el tajo y, de manera sorpresiva, arrastró al niño hacia el mar embravecido sin que su madre pudiera hacer nada por agarrarlo y viendo como sus piececitos se hundían y desaparecían en el agua entre el oleaje. Ana Cazuela contaba que corrió desesperadamente hacía el filo del tajo en su afán por poder rescatar a su hijo Francisco y que su marido la tuvo que atar a un árbol porque intentó repetidas veces tirarse al mar en su búsqueda. En consecuencia, y en su intento de localizar al niño entre las olas, permaneció bastante tiempo atada al árbol sin dejar de mirar al mar. Y Ana Cazuela continuaba su relato contando que ese día, al atardecer, hubo un momento en que vio como un barco muy grande era zarandeado por las olas y se escoraba hacia uno de sus costados y, tras el naufragio, las luces de la embarcación iban desapareciendo como tragadas por el mar antes de llegar al Faro de Trafalgar. La mujer se lo narraba a mi bisabuela cuando cogió mucha confianza con ella porque le daba vergüenza contarlo ya que muchos la habían tomado por loca.
Días después, el 14 de abril de 1895, el periódico gaditano La Dinastía publicó el relato de dos campesinos de la zona de la playa de Bolonia (Tarifa), quienes afirmaron haber visto al crucero luchando contra el temporal la tarde del 10 de marzo, antes de desaparecer, lo que situó el lugar del naufragio en esa zona de la costa. Sin embargo, mi bisabuela Mari Pepa siempre mantuvo que el barco que Ana Cazuela vio como se daba la vuelta y desaparecía cuando navegaba en las inmediaciones del Cabo de Trafalgar era el crucero Reina Regente. De haber sido así, el buque insignia de la Armada Española se hundió frente a las costas de Los Caños de Meca, lugar donde, por cierto, nunca se le ha buscado, pues toda la información que se emitió en aquellos días y con posterioridad indicaban que el hundimiento se produjo en la zona costera de Tarifa situada frente a la playa de Bolonia.
El cuerpo sin vida del pequeño Francisco apareció el 13 de marzo en la zona conocida como la playa de La Albufera de Barbate, a continuación de la playa de la Hierbabuena, lugar donde actualmente se encuentra el puerto deportivo de Barbate. Consta que fue enterrado en el cementerio de San Paulino de Barbate, siendo testigos José Gilabert Candelero y Juan García Ariza, vecinos de la localidad.
Con el paso de los años tuve la suerte de conocer y tratar personalmente a Manuel Braza Gomar, conocido como ‘Manolito Cazuela’, apodo que heredó de su madre, y a su hermano Antonio Braza Gomar, conocido como ‘Antonio el Tuétano’, así como a la esposa de este último, Encarna, los cuales vivieron durante muchos años junto a mi familia en Los Caños de Meca, donde pasábamos los veranos y de cuyos momentos tengo y guardo entrañables e inolvidables recuerdos.
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