historia | la polémica sobre cervera

El almirante y el comandante

  • El ex alcalde Puerto Real José Antonio Barroso relata la devoción del régimen cubano por Pascual Cervera, el jefe de la flota española en el desastre del 98

José Antonio Barroso, el pasado jueves, posa con un ejemplar del Gramma ante el busto de Pascual Cervera en Puerto Real. José Antonio Barroso, el pasado jueves, posa con un ejemplar del Gramma ante el busto de Pascual Cervera en Puerto Real.

José Antonio Barroso, el pasado jueves, posa con un ejemplar del Gramma ante el busto de Pascual Cervera en Puerto Real. / julio gonzález

-Barroso, tú que eres de Puerto Real, ¿qué me cuentas de Cervera?

-¿Cervera, comandante?

-El almirante, Barroso, el almirante.

José Antonio Barroso se quedó mirando a Fidel Castro sin saber muy bien qué decir. Corrían los primeros años 90 y entre ambos personajes se vivía el principio de una larga amistad. En un primer momento el Cervera que se le vino a la cabeza a Barroso fue el almirante Juan Cervera Valderrama, el militar isleño que había muerto en Puerto Real en 1952 y al que se le había quitado una calle (la que hoy es la calle Santo Domingo) en los 80 por haberse alzado contra la República en 1936, lo que le valió ser nombrado por Franco jefe del estado mayor de la Armada. Pero claro, no era ese Cervera al que se refería Fidel Castro, sino al tío de éste, Pascual Cervera y Topete, igualmente almirante de la Armada, pero en la guerra de Cuba; igualmente muerto en Puerto Real, pero en 1909; igualmente despojado de una calle, pero no en Puerto Real, sino en Barcelona, y no en los años 80, sino en 2018. El motivo, al parecer, es que era un "facha", forma coloquial de llamar a alguien fascista. Eso dijo la alcaldesa Ada Colau. El año en que murió el almirante Cervera Mussolini, profesor de primaria de francés, estaba en la cárcel acusado de sindicalista revolucionario. Y sí, por ese 'facha' le preguntaba Fidel a Barroso, alcalde de Puerto Real, en esa tarde de La Habana.

Lo que siguió a esa pregunta retórica fue una encendida defensa, no exenta de admiración, de un hom bre de honor. Por entonces Barroso, que en la actualidad reside en La Habana y hoy recuerda esa conversación en el transcurso de un aperitivo en el centro de Cádiz, conocía sólo por encima los pormenores de la acción de Cervera que supuso el hundimiento de la flota española en la Bahía de Santiago. El relato de Fidel era el de un comandante rendido ante otro militar que se ve obligado a cumplir órdenes suicidas. Porque eso fue a lo que el Gobierno de España obligó a Pascual Cervera a hacer aquel 3 de julio de 1898, a enviar a cientos de marinos a la muerte.

La visión de Fidel Castro como hombre de valor y honor de Cervera está muy extendida en Cuba, según Barroso. Y no es, como en España, una figura olvidada de la que nadie se acordaría si Adas Colau no lo hubiera recuperado para cambiar el nombre de su calle por la del actor Paco Rubianes. "El eterno problema de la izquierda española es que parece que está peleada con la historia. ¿Qué izquierda es ésta de Colau que coquetea con un nacionalismo que ensalza figuras como las de Francesc Cambó, que puestos a competir a facha...? Cada uno escoge a sus héroes. Colau escoge al cómico que se cagaba en España (en referencia a Pepe Rubianes, que ha sustituido en el callejero a Cervera); yo escojo a un hombre de honor, yo escojo a Cervera", dice Barroso.

La vigencia de Pascual Cervera al otro lado del Atlántico la muestra Raúl Castro, el hermano de Fidel, que en su último discurso antes de ceder el poder tuvo palabras para Cervera. Las recoge el diario oficial Gramma: "Desde Madrid llegó la orden de volver a artillar y salir a combatir a la flota americana. No sabían lo que ordenaba: salir de uno en uno por las características de la Bahía de Santiago, que es de bolsa. Y el almirante Cervera, jefe de la flota española del Atlántico, ordenó a todos sus oficiales que se vistieran de gala, y alguno le dijo: pero si vamos a combatir. Y él les dijo: efectivamente, por eso, ésta es la última batalla. Y así, fue un tiro al blanco, uno a uno".

Murieron 343 marineros, se salvaron la mayoría por la decisión de Cervera de salir costeando y no a mar abierto. Su preocupación, coinciden los historiadores, no era ganar la batalla, algo que era imposible y él lo sabía, sino salvar el mayor número de vidas posible. ACervera le esperaba en España un expediente con amenaza de consejo de guerra... por haber obedecido las órdenes. Salió absuelto.

Desde Cuba, el historiador Gustavo Placer, gran conocedor de la guerra de Cuba, un conflicto en el que es uno de los máximos especialistas del mundo como muestra en uno de sus libros, El estreno del Imperio: la guerra de 1898 en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, ha seguido la noticia de la retirada de la calle sólo relativamente sombrado. "Ya en el centenario -cuenta en conversación telefónica- Cuba hizo un homenaje a Cervera y a todos los que intervinieron en aquella batalla. Vinieron tres bisnietos y estuvo el vicepresidente de Cuba José Almeida en una ofrenda que se llevó a cabo en el morro de Santiago. Hubo un lanzamiento de coronas de flores al mar, algo que no se hizo en España. No creo que nadie en Cuba hable con desprecio de Pascual Cervera, al que se le considera un hombre valiente y de honor, aunque fuera el jefe de la flota colonial con la que se combatía".

Placer cuenta con una copia de la hoja de servicios de Cervera y se observa que "siempre se desmpeñó con honestidad y el 3 de julio de 1898 hizo lo que le imponía el deber. Las órdenes no podían desobedecerse, no estaban en su código, y desde ese mismo momento hubiera sido reo de muerte, pero ya que tenía que cumplir las órdenes lo hizo intentando minimizar los daños en vidas humanas".

Cuba cuenta con dos bustos de Cervera, uno en el propio morro de Santiago de Cuba y otro en La Habana, en la fortaleza más antigua de la España colonial, en una sala que lleva su nombre y que en su día fue inaugurada por el propio Raúl Castro.

Placer y Barroso coinciden en que Pascual Cervera sigue siendo un personaje histórico recordado y es conocido por la inmensa mayoría de los cubanos. La razón estriba en que fue actor en un hecho "trascendente" en la historia de Cuba y que no tiene tanto que ver con la derrota española, sino con el inicio de la presencia de Estados Unidos en la isla: "Nosotros teníamos dos metrópolis, una política, que era España, y otra que era económica, Estados Unidos. Los yanquis midieron muy bien cuándo entrar en la guerra que se libraba en Cuba. Lo hacen cuando los españoles ya están muy cerca de ser derrotado. Tras la acción de Cervera, los norteamericanos entran en Cuba y se quedan durante cuatro años, pero cuando se van dejan una Constitución que incluye una enmienda por la que pueden intervenir en los asuntos cubanos siempre que lo consideren oportuno. Y, de hecho, lo hacen", afirma Placer.

El pensamiento de Cervera sobre lo que estaba sucediendo en Cuba a su llegada para pilotar la flota contra los Estados Unidos está recogida en su correspondencia. Barroso la ha estudiado y de ella se desprende "que él era consciente de que se encontraba ante el final de una época y que España ya no pintaba nada en Cuba. Él era partidario de una relación fraternal con un pueblo que se consideraba maduro para andar solo. Frente a ese pensamiento estaba el del estado joven que eran los Estados Unidos, con su flamente flota guerrera. Lenin ya hablaba en sus escritos de que aquella había sido la primera guerra imperialista del nuevo tiempo". Y el imperio, claro, ya no era España, ni Cervera el imperialista. "José Martí -continúa Barroso- considera cuando viaja a Estados Unidos que vive en las entrañas del monstruo. En Cuba se desarrolla un aprecio por los españoles. Y esa es una de las explicaciones que Cervera no sea visto como un enemigo, sino un militar que cumplía órdenes. Si se hubiera actuado como Cervera pensaba España hubiera podido negociar el fin de la guerra en circuntancias no tan humillantes".

El régimen cubano tiene mucho de anacronismo y quizá sea un producto de ello que el honor siga siendo un valor elevado. Y no hay un solo documento que revele que Pascual Cervera no fuera un hombre de honor.

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