Agresiones a funcionarios de prisiones Del punzón casero al calcetín honda

Entre la población de reclusos de las cárceles españolas hay auténticos monstruos físicos, gente entrenada para matar, para hacer daño, psicópatas sin remordimientos ni respeto alguno por la vida. Tratar con ellos imponiendo la autoridad con una mirada, con una voz, con dos manos, no es tarea fácil. Por eso las agresiones son una constante en un gremio que se siente abandonado y cada vez más indefenso.

Hace apenas dos semanas a un funcionario de la prisión de Soto del Real le propinaron cuatro puñaladas con un punzón casero, dos de ellas por la espalda, que casi le causan la muerte. El preso, que cumple prisión en régimen de aislamiento al ser un reo conflictivo, estaba realizando una llamada a un familiar. En un momento determinado cayó al suelo, acudiendo al lugar dos funcionarios para ayudarle. Tras levantarse agredió a uno de los funcionarios con un bolígrafo que había convertido en punzón, pinchándole en el cráneo, en un brazo y en la espalda. Una de las puñaladas iba dirigida al cuello, pero la víctima logró desviar el ataque, según las mismas fuentes. Sus compañeros le trasladaron al hospital, donde le colocaron una grapa en el cuello, dos puntos en el brazo y otros tres en la espalda. Tras la cura, regresó a la prisión a seguir con su trabajo.

Bernardo Montoya, el asesino confeso de Laura Luelmo, también dejó su huella en los funcionarios de prisiones gaditanos. Ocurrió a finales de 2010 y tuvo como desencadenante la muerte de la madre de Bernardo. Estaba en el módulo seis de Puerto III, que entonces estaba aún más saturado que ahora. Dos funcionarios para 140 reclusos. La noticia de la muerte de su madre se la dio un funcionario y no una psicóloga. “Se lo tomó muy mal”, recuerdan en Puerto III. En principio se planteó la posibilidad de que se le concediera un permiso especial para acudir al entierro, pero horas después se denegó y Montoya comenzó a autolesionarse dándose cabezazos con las paredes y amenazó con ahorcarse a la vista de todos en el gimnasio. Luego salió al patio y rompió una escoba, con la punta enfiló hacia un compañero con intención de clavársela, aunque este dio un salto y le propinó una patada que le desequilibró. Esto fue aprovechado por los funcionarios, que estaban atentos desde que vieron la tensión que se respiraba, y otros internos para inmovilizarlo.

Hace dos semanas, en Puerto II un preso peligroso pateó la cabeza de un funcionario, y en la cárcel de Picasén un recluso armado con una cuchilla casi provoca una desgracia.

El propio Manuel Galisteo, que ha hablado con este medio en nombre de la Asociación Tu Abandono Puede Matarme, sufrió en sus carnes las iras de un interno. “Rompió una ventana y con la mitad de un cristal roto intentó apuñalarme. En otra ocasión he visto como internos cogen hasta un calcetín y le meten una lata de refresco llena para usarla a modo de honda”.

Patricia, una funcionaria de Puerto II, también ha relatado a este diario su experiencia. “Me enganchó del pelo, me tiró contra la pared, me pegó golpes durante 12 minutos, me arrancó el pelo, y me chafó los discos del cuello. Me rompió la mano y me provocó una contusión en la cabeza. A todo esto además hay que sumarle las secuelas sicológicas que me han hecho estar tres años de baja”. Los funcionarios insisten en que la causa principal del aumento porcentual de estos ataques es la ausencia de medios coercitivos adecuados, de formación continua y, sobre todo, del aumento de enfermos mentales entre la población reclusa actual. 

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