delitos sexuales Mimetismo de manada

  • Especialistas alertan del aumento de agresiones en grupo según jurisprudencia 

  • Señalan, también, el silencio aún presente en los delitos cometidos dentro del hogar

Una de las manifiestaciones en protesta por el dictamen de la Audiencia Provincial de Navarra sobre el caso de La Manada. Una de las manifiestaciones en protesta por el dictamen de la Audiencia Provincial de Navarra sobre el caso de La Manada.

Una de las manifiestaciones en protesta por el dictamen de la Audiencia Provincial de Navarra sobre el caso de La Manada. / Efe

Hay ocasiones en las que las cifras alumbran y, a la vez, ocultan realidades sobre un mismo hecho. El caso de los delitos contra la libertad y la dignidad sexual es paradigmático. Tomemos, simplemente, la diferenciación entre tipos: contabilizar, por un lado, agresiones;por otro, violaciones. “Simplifica lo que no debería simplificarse: se visibiliza ese carácter general y, después, se separa la agresión sexual con penetración del resto de delitos”, explica la catedrática de Derecho Penal de la Universidad de Cádiz, María Acale. No nos está diciendo, por ejemplo, algo esencial: cuántas sentencias han terminado siendo abusos en vez agresiones por falta de pruebas. “Con el tema de la Manada, muchos juzgados tenían denuncias de agresiones sexuales colectivas paradas hasta que el Tribunal Supremo lo resolviera”, indica Acale.

Para la catedrática, probablemente, el aumento de las denuncias por agresión sexual se deba a que “se ha perdido un poco el miedo a pasar por el proceso penal”. Precisamente, con el caso de la Manada como marco: a la par que un proceso de “revictimización, se ha visto como la denunciante veía compensando todo eso con el apoyo de la calle. En otros delitos, hemos hablado de la reparación del daño más allá del propio proceso penal. Puede que ese ‘aquí está tu manada’ le haya servido mucho a otras víctimas”.

De la misma opinión es Araceli Orozco, portavoz de la coordinadora de colectivos feministas de la provincia: “El lema resonó en muchas mujeres, que no es extraño que luego se sintieran más seguras de sí mismas a la hora de ir a la Policía y denunciar. Hasta hace no mucho, a nivel social, parecía que cualquier tema de acoso o abuso apuntaba a ellas como culpables. Con toda la lucha que hemos tenido recientemente, el caso de la Manada ha servido también para que se hable sobre el tema, para hacerlo más visible. Para subrayar que la mujer no es culpable porque se vista de una manera u otra, porque se beba cuatro cervezas, porque salga. La mujer se siente con más valor para denunciar: antes se callaban por miedo o vergüenza o porque se sentían culpables. Eso lo hemos conseguido”.

Y, ¿qué no hemos conseguido? “El tema de las agresiones en grupo es un dato que se repite en jurisprudencia –advierte María Acale–. Jóvenes que salen a divertirse ya con la burundanga en el bolsillo, y que su manera de pasar, y de terminar, la noche es ir de ‘caza’. Incluso, a veces, parte de la diversión es el propio proceso penal, porque ni siquiera te van a condenar ni a discutir si es violación o es abuso”. El mismo escenario describe Amparo Díaz Ramos, abogada especialista en violencia de género: “El ataque a la joven, niña o adolescente, no siempre violación, se ha convertido casi en un ritual. Antes, el violador violaba en solitario: ahora, la agresión el grupo se está convirtiendo en prueba de socialización, de madurez de los chicos. Se valen del burundanga, del alcohol, las emborrachan o las asustan. El aumento de denuncias y de casos de abusos en grupo responde al hecho de que la idea de la mujer como alternativa de ocio masculino o como objeto de consumo se ha disparado: el último estudio al respecto acotaba el primer acceso a la pornografía a los nueve años. Cada vez es más temprano”.

Muchos juzgados tenían denuncias de agresiones en grupo paradas esperando al TS

Las tres señalan que este fenómeno responde a la crecida que hemos estado viviendo en los últimos años a nivel intimidación, acoso e impunidad en las redes sociales, con el fenómeno de las vídeograbaciones como ejemplo recurrente, y demoledor, de abuso: “Para la víctima, es impactante saber que ha quedado registrado el peor momento de su vida –desarrolla–. Los vídeos sexuales que más se ven online son vídeos de violaciones, reales o ficticias, lo que es gravísimo. Es la normalización absoluta de la mujer como objeto de usar y tirar. Salir de caza a muchos puede resultarles más estimulante que ir de putas a nivel de ‘ritual’, porque pueden presumir entre ellos. Es un fenómeno frente al que no estamos lo suficientemente preparados”.

“Habíamos avanzado en algunas vulnerabilidades respecto a educación y cultura sexual –comenta Amparo Díaz Ramos–, pero otras han surgido con lo digital. Hoy día, Internet es el sistema educativo de los niños y las niñas y, respecto a modelos de conducta, es la selva por completo. Se pueden ver vídeos de violaciones de niñas: esto es algo muy grave, que tiene un impacto muy fuerte. Se vincula el deseo con la violencia y la humillación, y no hay espacio para desarrollar otro tipo de sexualidad en el que la otra persona no sea un objetivo. El sexo, sus valores y derechos, son temas que no se abordan durante la educación de las personas. A ello hay que añadir que, en el sistema judicial, tampoco se estudia cómo atender a una víctima de este tipo: es fácil aplicar prejuicios en vez de aplicar una psicología del testimonio y de la memoria. Es como hacer una operación de cerebro con una cuchara”.

“Todo lo que se hace tan mediático, termina teniendo un doble sentido", reflexiona Orozco sobre el caso de La Manada: “El haber puesto el foco continuamente en los chicos de la Manada, el haber hecho que salgan continuamente en los medios, ha podido ejercer un mal ejemplo en mucho jóvenes que aún no tienen la madurez necesaria. Para colmo, no se los ha visto entrando en prisión, por ejemplo”.

Dentro del juego de ocultación y alumbramiento de las cifras de agresiones sexuales, tenemos ese aumento de un 125% de denuncias en la provincia durante el primer trimestre del año. Bajando a números absolutos, ese aumento se traduce en pasar de cuatro a nueve violaciones en esos tres meses. “Dudo que refleje la realidad, no sólo porque las denuncias no se corresponden con el número real de violaciones –afirma María Acale–, sino porque dentro de los delitos contra la libertad sexual, se incluyen un montón de violaciones en las que no se ha probado violencia o intimidación, y se han terminado clasificando como abusos sexuales pero están ahí, perdidas. Estos datos visibilizan muy poco”.

Y seguimos. Dentro de la casuística que maneja el Ministerio del Interior, sólo el 19% de las agresiones constan como cometidas dentro del ámbito doméstico. La mayor parte de los escenarios de las agresiones se sitúan en espacios como el portal, la urbanización... “Lugares que te indican que la agresión se produce, en un alto porcentaje, cuando la víctima está llegando a su casa”, explica Acale. Sin embargo, se sabe que la mayor parte de los abusos sexuales se cometen dentro del círculo familiar o por las propias parejas.

“Las denuncias que se presentan son fundamentalmente cuando los implicados no se conocen –desarrolla María Acale–. Esto nos ayuda a pensar que, probablemente, aunque no la sepamos, la cifra de criminalidad en este aspecto es muy elevada: aproximadamente, son uno de cada tres casos los que se denuncian. Todo lo que ha significado la Manada no se ha interpretado como refuerzo para denunciar los casos de cercanía”.

El 19% de las agresiones sexuales, según datos de Interior, se dan en ámbito doméstico

“Piensa que tener relaciones sexuales dentro del matrimonio, la mujer quisiera o no, se concebía antes como un derecho del marido –comenta Araceli Orozco–. Las mujeres han tenido un desconocimiento muy grande respecto a este tema. La propia mujer pensaba que este tipo de comportamientos era lo normal, se normalizaba la violencia”.

“Hemos avanzado mucho en ese sentido, lo último que queremos es ir para atrás”, continúa Orozco, que incide en el retroceso que supone agrupar la violencia de género bajo el paraguas de violencia intrafamiliar, como se ha establecido desde el gobierno de la Junta: “Como si no hubiera costado despegarnos de ese 'no te metas', que lo reducía todo a las paredes de lo doméstico: hemos conseguido que estas cuestiones pasen a ser sociales, y ahora quieren volver a meterlas dentro”, añade.

“A la hora de denunciar la violación a manos de un conocido, tienes la sensación de que tu credibilidad se va a poner aún más en duda. Muchas veces, desde el propio círculo familiar o de amigos –subraya Araceli Díaz Ramos–. Yo he trabajado con muchas mujeres jóvenes (muchas, menores) que, tras una violación, no querían denunciar pero sí gestionar el tema de la proximidad, del contacto. O que sí han denunciando pero, en cuanto se han repuesto un poco, han considerado retirar la denuncia. Y, desde luego, no quieren declarar: tienen pánico. En esta tipología, es más extraordinario que la agresión sea en grupo, aunque sí hay un caso en el que es posible: el del que parece noviete, pero cuya única intención es que la chica sirva se cebo para los amigos. Eso es devastador, porque suelen ser además chicas muy jóvenes”.

Aun así, todas concluyen que el caso de La Manada ha servido para sentar jurisprudencia no sólo en los tribunales sino, también, a nivel social: “Ahora, tras tres años tratando de cerrar este tema, sobre todo la víctima, hemos de seguir para adelante –comente María Acale–. El caso de la Manada ha de quedarse en el subconsciente colectivo como lo que no debería volver a ocurrir, pero ya está. Ahora hay cinco hombres en prisión a los que espero que se ofrezcan tratamientos específicos, y la víctima ha de pasar a otra cosa, y la sociedad, también. Las mujeres no tienen que ir con miedo, sino concienciadas del apoyo por parte de las instituciones”.

Para Araceli Orozco, ha sido muy importante “el reconocimiento”: “No hace falta cambiar las leyes –insiste–. Lo que hay es un problema de interpretación, de jueces y fiscales sin formación en género. Si no tienes una formación específica, evitas esa perspectiva. Nunca ha existido un problema de legislación, sino de interpretación”.

La sentencia del Supremo no ha hecho más que aplicar la ley –confirma Amparo Díaz Ramos–, y ha devuelto un poco la esperanza en que los tribunales no son algo ajeno. Aunque la ha aplicado con limitaciones, porque no se había cursado anteriormente el delito contra la intimidad: el de la difusión de las imágenes. El Supremo ha podido corregir parcialmente los errores de la Audiencia, aunque las acusaciones tampoco fueron ajustadas porque se les escapó, o porque consideraron que podría generar represiones sobre la víctima”.

“Aun así –apunta la especialista–, me sigue llamando la atención la cantidad de información que tenemos sobre lugares en los que hay exhibicionistas y violaciones, y que siguen con poca presencia policial o escasa iluminación. No hay ni un urbanismo, ni una gestión de nuestro sistema policial, ni de nuestros recursos, con perspectiva de género”.

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