Provincia de Cádiz

Historial de los "putos amos"

  • Los hermanos Cachimba que asaltaron la Policía Local de Puerto Serrano se sentían impunes tras los leves castigos por sus tropelías

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"Lo que ha pasado estaba radiado y televisado", se lamenta uno de los compañeros de Juan Cadenas, el policía local de Puerto Serrano que, entre llantos, revive en el hospital de Jerez cada noche el terror del momento en el que los hermanos mayores de Jorge Venegas, el benjamín de los Cachimba, entraron en la comisaría y le arrancaron un ojo. Iban a liberar a Jorge, calificado por la Guardia Civil como "violento y bronquista" y por los vecinos como "un chaval que está mal de la olla". Sí, Jorge está muy mal de la olla.

"Pedro, tu hermano está loco y tú estás gilipollas. Tu niña acabará visitándote en la cárcel. ¿Es eso lo que quieres? Tu hermano te arruinará la vida". Aquellas palabras que le dijo un guardia civil a Pedro Venegas, el mediano de los Cachimba, apodo heredado de su abuelo, capataz en las cuadrillas de arroz de Isla Mayor, fueron premonitorias. Pedro, autor material de la salvaje, sádica, agresión al policía local, fue marcando la ruina de su vida el mismo día que Jorge regresó al pueblo tras cumplir condena por un pinchazo en una reyerta en Morón.

La cárcel había terminado por hacer de Jorge un problema con piernas. Diagnosticado, pero no tratado, por desequilibrio mental, el pequeño de los Cachimba era un profesional de liarla parda que, aparentemente, vivía de una paguita por su minusvalía psíquica. Pero, en realidad, Jorge manejaba dinero a espuertas de sus negocios con la maría -tenía una plantación de interior en la casa de su padre- y no se molestaba en ocultarla. En su cuenta de Instagram fardaba de ganancias con fotos de una mesa repleta de billetes. Su historial policial está plagado de riñas en discotecas sin ton ni son, de amenazas, de autolesiones. Si la cosa se ponía fea, siempre estaban sus hermanos Pedro y Pepe para protegerle mientras él lloriqueaba.

Ese espíritu protector viene de la infancia. Jorge se llevó muchas tortas de niño, un niño problemático, descontrolado. Su padre, trabajador, sin ninguna biografía delictiva, guarda de una finca en El Coronil, educaba, cuentan, el desbarre a guantazos. Era lo que había aprendido. Cuando estaba calmado, que no era muy habitual, Jorge, al que siempre hay que creerle la mitad de lo que dice, lo contaba como una herencia de la niñez, la violencia. Ahora devolvía la moneda. Tomó posesión de la casa de su padre y cuando su padre iba a visitarlo la emprendía a golpes con él. Cada encuentro era una discusión delirante, pero su padre siempre se negó a denunciarle, pese a sufrir agresiones cada vez que pisaba la que había sido su casa.

Pedro, trabajador de la construcción cuando había cosas que construir, era conocido por sus encontronazos de tráfico y las trifulcas con la que había sido su pareja -mucha amenaza, mucho descontrol, 200 metros de alejamiento para ambos por orden judicial-. Cuando empezó a comportarse como protector de su hermano, Pedro cambió de categoría: ahora era altamente peligroso. Pepe, el mayor, bebedor habitual y de mal vino, había protagonizado algún altercado, borracho, en bares de los pueblos cercanos, pero no se le consideraba un elemento altamente peligroso. Empezó a serlo cuando quiso hacer de hermano mayor de Jorge. Si hasta entonces no era conveniente estar muy cerca de ninguno de los tres, en los últimos meses todo se desquició. Lo mejor era estar muy lejos. El pueblo empezó a pensar que los hermanos Cachimba habían tomado la autopista a ninguna parte. Y los hermanos Cachimba son de los de conducir de cualquier manera.

La pelea que se produce en un reñiero de pollos en Villamartín inicia una escalada de violencia que no se detendría hasta el pasado fin de semana. Allí van los tres. Apuestan por el pollo equivocado, pierden y se niegan a pagar la apuesta. La cosa acaba a tortas, salen a relucir las navajas y poco pasa para lo que pudo pasar.

Sin embargo, es el 4 de agosto cuando se produce el hecho que anuncia lo que sucederá después. Agentes del Seprona se topan con una pareja en una furgoneta que pide auxilio. Están aterrorizados. Les persiguen Jorge y Pedro en un seat rojo, se bajan del coche y les da igual la presencia de los del Seprona que protegen a la pareja: gritan que les van a matar. Y todo lo que ha pasado ha sido una discusión de tráfico. Otra más. Jorge empieza a golpearse la cabeza contra el coche, contra una pared. Los agentes no salen de su asombro. Intentan llevarse a la pareja protegida en su vehículo al cuartel, pero vuelven a ser bloqueados por los Cachimba, que cruzan su coche y salen con un cuchillo de grandes dimensiones. Un guardia recibe un cabezazo en el ojo en el forcejeo y el otro, ante la actitud desaforada de los hermanos, dispara al aire. Los disparos los alejan, pero se marchan vociferando: "Os tenemos que matar, sabremos quiénes son vuestras hijas y las vamos a violar y luego matar. No tenemos nada que perder".

Tras un asalto al domicilio, son detenidos, pero, incomprensiblemente, el 14 de agosto están en libertad para acudir al primer día de la feria del pueblo, donde ha llegado el Stick, un conocido 'camello' de Villamartín, cargado de pastillas de todos los colores. Todo se desmanda en la caseta. Vuelven los golpes y, cuando la policía local intenta intervenir, se lanzan contra ellos, los apedrean, intentan sacarlos del coche donde se refugian. Catorce detenidos. Jorge está muy loco muy loco, grita como un poseso, va a matar a todo el mundo, dice.

En ambos sucesos han cruzado los hermanos una frontera, el de la impunidad. Han agredido a un agente de la Guardia Civil, a policías locales, y no les ha pasado nada. Vuelven a estar libres y se pasean por el pueblo recordando que ahora son ellos los "putos amos", que ahora la única ley son ellos. Ya no hay marcha atrás.

Cuando Jorge, que entre medias se ha peleado por un asunto de deudas y ha entrado con un hacha en casa de un colega, que el día de los inocentes ha protagonizado un absurdo simulacro de suicidio diciendo que se iba a lanzar al vacío desde la terraza de su casa, que sigue desquiciado, hace un trompo el pasado sábado delante del coche de la policía local y es apresado, cuando Pedro se entera, cuando Pepe va con él, ya es tarde para detener a los "putos amos". Entran en la comisaría de una patada.

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