40 años del 23-F vistos desde Cádiz "Estaba convencido de que me fusilarían al amanecer"

  • "Allí, tirado en el suelo, sólo podía pensar en mi familia", recuerda Antonio Morillo, entonces alcalde de Vejer y diputado de la UCD por Cádiz

  • "Lo que decía Tejero, el sonido de los helicópteros, los guardias... siempre creí que el golpe de Estado estaba triunfando"

Antonio Morillo, fotografiado el pasado viernes junto a una reproducción de la primera página del Diario de Cádiz del 24 de febrero de 1981. Antonio Morillo, fotografiado el pasado viernes junto a una reproducción de la primera página del Diario de Cádiz del 24 de febrero de 1981.

Antonio Morillo, fotografiado el pasado viernes junto a una reproducción de la primera página del Diario de Cádiz del 24 de febrero de 1981. / Lourdes de Vicente

Quienes le conocen pueden corroborar que Antonio Morillo es una persona muy alegre y extrovertida, siempre con la sonrisa en su rostro. Sin embargo, el rictus se le cambia cuando le toca hablar del 23 de febrero de 1981. Ahí llega la seriedad y hasta la tristeza, algo lógico cuando, según corrobora ahora, 40 años después, llegó a temer seriamente por su vida. "Y tanto que pasé miedo, es que estaba convencido de que me fusilarían al amanecer", rememora quien fuera alcalde de Vejer y que aquel día del intento de golpe de Estado ocupaba su escaño como diputado por Cádiz en la bancada de la Unión de Centro Democrático (UCD), el partido de Adolfo Suárez que gobernaba España.

Pese al mucho tiempo transcurrido a Morillo aún se le eriza la piel al recordar aquel 23-F. Y rápidamente explica el porqué de sus miedos. "Cuando alguien me dice que exagero cuando hablo de aquel pánico yo siempre digo que había que estar allí para vivir lo que yo viví. Porque entraron unos guardias civiles rabiosos pegando tiros por encima de nuestras cabezas. Es que fue un milagro que no le dieran a quienes estaban sentados en las tribunas superiores del hemiciclo", explica. Y añade más argumentos para justificar esa situación personal cercana al pánico: "Recuerdo que se fue la luz en plena madrugada y Tejero empezó a dar gritos ordenando al resto de los guardias que dispararan al estómago a todo aquel que intentara huir".

Morillo se dio cuenta muy pronto de que aquello era un intento de golpe de Estado: "Al principio no sabíamos lo que pasaba. Vimos entrar a unos guardias civiles y recuerdo que en la fila anterior a la mía estaba sentado Salvador Sánchez-Terán (ex ministro de Transporte), que rápidamente dijo: 'Uf, el loco de Tejero'. Y a partir de ahí ya entendíamos lo que realmente estaba sucediendo, porque en los meses anteriores era mucho el ruido de sables que se escuchaba en Madrid, con otras intentonas de rebeliones militares en las que ya sonaba el nombre de Tejero".

Alguien puede pensar, partiendo de una premisa lógica, que quienes más tendrían que temer por su vida deberían ser los diputados de izquierdas y no los de la UCD, pero Morillo apunta un dato a tener en cuenta: "Es que para muchos militares retrógrados y para mucha gente de derecha los traidores no eran los del PSOE o los del PCE, sino los de la UCD, que era el partido gobernante". Porque el partido de Suárez fue el encargado de llevar las riendas del país durante su apertura democrática, y de legalizar el Partido Comunista, y de ir suprimiendo algunas de las leyes que existían en la dictadura. Además, no eran pocos los que culpaban a la UCD de no atajar con mano dura el terrorismo de ETA.

Además, Antonio Morillo recuerda que en ese momento de la legislatura él presidía una comisión parlamentaria de Derechos Humanos "donde teníamos la orden del ministro del Interior de investigar las denuncias por supuestos malos tratos en las cárceles vinieran de donde vinieran, también del entorno de ETA". "Y, claro, allí, rodeado de guardias civiles, yo pensaba que cuando leyeran la ficha de cada diputado a mí me fusilarían de los primeros", subraya quien fuera uno de los referentes de la UCD en la provincia.

Antonio Morillo tiene hoy 86 años de edad. El 23-F, con 40 años menos, estaba casado y ya tenía sus hijos, y sólo podía pensar en ellos. "Era lo que más sentía, la familia. Me acordaba mucho de ellos, tanto que cuando estábamos tirados en el suelo el diputado que estaba a mi lado, Faustino Muñoz, de Cáceres, y yo nos comprometimos a cuidar de los hijos del otro si uno de los dos era asesinado". Y añade incluso que entre ambos también idearon un plan para escapar de España si lograban fugarse del hemiciclo. "Yo apostaba más por huir a Portugal a través de la frontera extremeña, pero como Faustino no lo terminaba de ver, teníamos un plan B que era huir a Marruecos escondidos en un pesquero de Barbate".

En la mente de Antonio Morillo llueve una cascada de anécdotas de aquella jornada, como la cafinitrina que él, como farmacéutico de profesión, le dio a un diputado canario de izquierdas que sufrió un problema cardiaco, el frío de aquella noche –tanto que el abrigo que tenía aquel día pasó a conocerse en su casa durante años como 'el abrigo de Tejero'– o las continuas miradas que le dirigía un guardia civil que estaba a su lado: "Me tenía asustado con tantas miradas, no me quitaba el ojo de encima, incluso cuando pedí permiso para ir al servicio fue él el que quiso acompañarme... y al final resulta que había estado destinado en Vejer y que quería agradecerme el trato que le dispensé siempre en mi farmacia".

Dice Morillo que la tranquilidad no le llegó hasta que ya a la mañana del día siguiente salieron a la calle y quedaron liberados. "Nosotros no sabíamos lo que estaba pasando en el exterior. Tejero dijo que Milans del Bosch había sacado los tanques en Valencia, escuchábamos el sonido de los helicópteros, después llegaron policías que se sumaron a los guardias civiles... yo creía realmente que el el golpe estaba triunfando", se confiesa. Pero durante la madrugada Sánchez-Terán, que tenía una radio, le dijo a los diputados que estaban en su entorno que el Rey había hablado en la tele y que se había puesto al lado de la democracia. "Hombre, evidentemente era un alivio escuchar eso, pero no sabíamos si la postura del monarca era o no definitiva para frenar el golpe".

La libertad ya le llegó en la calle. "Estaba tan contento que no podía parar de abrazarme. A todo el mundo le daba abrazos. Luego en una entrevista Santiago Carrillo dijo que el único que le había dado un abrazo a Alfonso Armada había sido yo, y es verdad porque yo creía que era de los buenos". La historia concluyó con Morillo regresando al día siguiente a Vejer donde las tres primeras cosas que hizo fue besar el suelo –"como si fuera el Papa"–, reencontrase con su familia, y acudir al cuartel de la Guardia Civil de Vejer "para trasladarles mi confianza en ellos".

Morillo sí cree que el fracaso de aquel intento de golpe de Estado ayudó a fortalecer la democracia. "Aquello fue como la vacuna de la que tanto estamos hablando ahora. El 23-F nos inoculó algo que hizo callar a los militares franquistas que quedaban y que contribuyó a hacer más fuerte una democracia que siempre será imperfecta pero que es la mejor forma de gobierno que existe".

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