Fútbol

¿Al rojo o al negro?

  • Inglaterra ganó su Mundial a Alemania en 1966 con un 'gol fantasma' para la historia

Inglaterra es un país que concede un respeto reverencial a la historia. El pasado, feliz en su caso, importa, porque allí encuentran el vínculo fundamental con el presente. Puede que en ningún otro lugar se privilegie tanto la memoria. Durante su congreso de 1960 en Roma, la FIFA decidió que Inglaterraacogiera el Mundial de 1966. La elección no era casualidad. El entonces presidente del máximo organismo, el inglés Stanley Rous, hizo todo lo posible para que el torneo se disputase en su tierra natal. Y el fútbol volvió a su cuna.

Fue el primer Mundial televisado en directo, vía satélite, a todo el planeta. También, por vez primera, se adoptaba una mascota como símbolo: Willie, un león vestido con la camiseta inglesa. Se nombró a Alf Ramsey seleccionador, que impuso el juego colectivo sobre el individual, e instauró un sistema 4-4-2 que eliminaba a los extremos convencionales para reconvertirlos en interiores. Sometido a fuertes críticas, Ramsey no pudo empezar peor. Su once fue eliminado en la previa de la Eurocopa 1964 y muchos comentaristas ingleses agradecieron la clasificación directa, por su condición de anfitriona, para el Mundial.

Ya iniciado, algunos observadores denunciaron un complot antisudamericano por parte de la FIFA que, a través de sus colegiados, favorecieron a los equipos europeos, especialmente a Inglaterra. Chile, México y Brasil (el campeón de las dos últimas ediciones) quedaron apeados en la primera fase; Pelé fue brutalmente cazado. Argentina y Uruguay pasaron a cuartos, pero sufrieron errores arbitrales, y el 30 de julio, en el estadio de Wembley, la final fue la esperada: Inglaterra y Alemania. 21 años después, las dos potencias imperialistas dirimían la supremacía mundial en un campo de juego y no en el de batalla.

Ambos equipos coincidieron en el color de su uniforme y fue preciso realizar un sorteo para decidir quién debía cambiarlo. Le tocó a los anfitriones: camiseta roja y pantalón blanco. El entrenador alemán optó por situar a Beckenbauer, una de las revelaciones del torneo, en el centro del campo para marcar al hombre clave de los ingleses, Bobby Charlton.

El partido es dramático y cambiante. Minuto 12: Haller adelanta a los visitantes. Geoffry Hurst, de cabeza, iguala seis minutos después. En el 78 Peters marca de cerca. Cuando todo el estadio celebra ya la victoria cantando el Dios salve a la Reina, el árbitro suizo Gottfried Dienst señala una falta al borde del área local. El balón, tras rebotar en la barrera, le cae a Weber que bate a Gordon Banks. Los ingleses protestan una presunta mano, pero el gol es validado y se fuerza la prórroga.

A los 100 minutos se produce el punto de inflexión. Hurst lanza un duro disparo, la pelota golpea en la parte inferior del larguero, bota sobre la línea de meta y sale despedido. Hunt, en lugar de remachar, se da la vuelta y alza los brazos, mientras Weber despeja a córner. Los locales reclaman el tanto. El árbitro, lejos del área, consulta a su juez de línea, el soviético Tofif Bakhramov. En medio de una gran tensión, Dienst corre hacia el centro del campo y Wembley estalla de alegría. En las postrimerías del partido, con el equipo alemán volcado y la invasión de aficionados (lo que, según el reglamento, obliga a detener el juego), Hurst marca el definitivo 4-2. Las palabras de la BBC forman parte de la historia del fútbol británico: "Ha saltado la gente al césped. Creen que esto se ha acabado. Hurst dispara. ¡Ahora sí se ha acabado!". La selección de los tres leones lograba el ansiado título. Su capitán, Bobby Moore, subía los 39 escalones que conducen al palco y recibía, de manos de la reina Isabel II, la victoria alada, la Copa Jules Rimet. El fútbol inglés alcanzaba su cima y Alf Ramsey pasó a llamarse Sir.

Los alemanes siempre se sintieron robados y, desde entonces, llaman gol de Wembley a los goles fantasmas. La televisión nunca ofreció la repetición de la jugada a cámara lenta. La única imagen que existe no está en paralelo al marco, sino en ángulo. La toma es diagonal y parece que el balón rebasa la meta, aunque levanta un poco de cal, lo cual revela que el esférico (tal como exige el reglamento) no supera por completo la línea. Detrás de la portería había multitud de fotógrafos y se ofrecieron cuantiosas recompensas por la instantánea que demostrara el gol, pero nunca se pudo presentar prueba gráfica alguna. En 1995, un análisis por ordenador en la Universidad de Oxford demostró que el remate de Hurst no entró: después de golpear en el travesaño, la pelota bota a dos centímetros y medio de la línea de meta. Dienst se pasó de la raya. El gol sólo lo había sido en el imaginario inglés. La revelación casi 30 años después sirve de pobre consuelo germano, pues las decisiones que toma el árbitro en el campo, referentes al resultado del partido, son irrevocables. Para los aficionados alemanes, su sueño sería disputar otra final contra los ingleses, en Berlín. El Mundial 2006 estuvo cerca de regalarnos ese partidazo.

Entre las leyendas del famoso gol circula una que sostiene que todo se debió a un malentendido entre el árbitro y su juez de línea. Según esta versión, el ruso dijo en su idioma "niet" (no) y el suizo entendió "net" (red, en inglés). Con culpa, Bakhramov declararía años más tarde: "No vi entrar la pelota, pero Dienst descargó sobre mi espalda toda la responsabilidad". Bakhramov era oriundo de Azerbayán y cuando esta república soviética se independizó, el estadio de la capital Bakú fue rebautizado con su nombre. Sucedió en un Azerbayán-Inglaterra valedero para el Mundial 2006. Hurst descubrió una estatua en su honor y los hinchas ingleses depositaron flores en su tumba.

Ese discutible gol marcó el principio y final de la hegemonía del fútbol británico. Las casacas rojas se convirtieron en una iconografía de nostalgia para sus aficionados. Desde aquella polémica final, en las grandes competiciones siempre les eliminó Alemania: México 70, Eurocopa 72, España 82, Italia 90 y Eurocopa 96 (también en Wembley). Gary Lineker solía decir que el fútbol es un juego en el que siempre ganan los alemanes. Hasta que en 2001, durante la fase clasificatoria para el Mundial 2002, Inglaterra lograba un histórico e inesperado triunfo en el Olímpico de Múnich: un 1-5 que desató una oleada de orgullo nacional comparable a la inolvidable victoria de 1966.

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