Laurel y rosas

Las muchas vidas de la Alameda del Río

El Iro, más que un río, es nuestro origen, nuestro ser, nuestra historia, nuestra conexión con Cádiz y su puerto, con América. El río encarna tres mil años de historia desde la fundación fenicia, con el templo de Melkart, con Sancti Petri, con el océano y las almadrabas, con la marisma transformadas en salinas y en memoria viva. Río arriba, también el Iro ha sido –y es– más que un río, porque nos devuelve a la campiña de las tribus del neolítico, los alfares romanos y las ataduras medievales con el ducado de Medina Sidonia. Como escribió en una de sus “Galerías” Antonio Machado, “el sonar de las aguas cuando ruedan” nos traen las “almas nuestras”, ese pasado, esa memoria, ese ser esencial que han conformado nuestra ciudad. Y así es. Pero el Iro, como río mareal, tiene ese don de aguas que fluyen –y no solo lo parecen– en dos sentidos. La que viene del mar atraviesa su cauce urbano fluye tierra adentro desde ese ancho océano con la pleamar, como la historia misma de Chiclana lo hace a través del caño de Sancti Petri y la Bahía de Cádiz. La que viene desde la “salvajina” de Medina, desde su nacimiento, desde la confluencia de los arroyos Salado y de la Cueva, por supuesto, trae la memoria de aquel “señorío” de Chiclana que durante más de cinco siglos –hasta las Cortes de Cádiz– perteneció al ducado de Medina Sidonia.

Y digo todo esto, y me pierdo por el cauce de nuestro Iro, a propósito de la Alameda del Río, para escarbar en ella y trazar un breve corolario histórico y cultural, que a la vez la reivindique. Porque siempre he pensado que la Alameda del Río, según se va conformando, sobre todo, desde final del siglo XIX, fue ante todo un “monumento” al río, un escenario desde donde el río recibía el reconocimiento por haber sido más que fundamental en la historia de la villa como única vía de comunicación que durante siglos le unió a Cádiz, a su puerto y a su economía, a la vez que trajo desde la misma capital a ricos comerciantes, nuevos vecinos y ese neoclasicismo que aún viste fachadas, y no solo la de la Iglesia Mayor.

Pero quería ceñirme, aún con brevedad, a la cronología, y de nuevo al ducado de Medina Sidonia. Porque al fin y al cabo, lo que luego fue a la Alameda del Río tiene su origen en el último tercio del siglo XVIII, en lo que se llamó los “terraplenes”, autorizados personalmente por el XV duque de Medina Sidonia, José Álvarez de Toledo, señor que aún lo era de la villa de Chiclana. Andrea Chacón, por ejemplo, con casa en la calle de La Fuente, solicitó y consiguió en 1786 licencia para “construir un muelle y terraplén” frente al río. Con el muelle –como ya lo tenían, según cita en ese documento, propietarios como Sebastián Lasqueti y Antonio Tomati–, los ricos comerciantes y vecinos de La Fuente, y también de la otra Banda, accedían directamente al río con sus faluchos. Con el terraplén, plantaban una mínima canalización con el que hacer frente a las avenidas del río. Todos esos terraplenes fueron creando un único terraplén a cada banda del río, que fue adornándose con arbolado y bancos, al menos, desde comienzos del siglo XIX. Es lo que Fernán Caballero, es decir, la romántica Cecilia Bölh de Faber, nombra como “la alameda del terraplén de Chiclana” en su relato “Una paz hecha sin preliminares, sin conferencias y sin notas diplomáticas (1859)”.

La primera gran reforma como zona ajardinada por la que atraviesa una vía para carruajes consta entre 1870 y 1871. Esa alameda –pronto ya sin álamos, como atestigua la propia Fernán Caballero– fue sin embargo erigiéndose con constantes aportes. En 1884, por ejemplo, se anota en las actas municipales, el caso de la viuda de un industrial, apellidado Barahona, que donó a la ciudad “la zahorra que se necesite para la composición del arrecife y Alameda del Río”. Esa “Alameda de la Vera del Río” –con la que también se conocía, indistintamente, también riberas– fue poco a poco ganando en ornato y adecentamiento, a la vez que se convertía en escenario de la vida pública, donde tenía lugar la Feria ya en el último tercio del siglo XIX. “La Alameda, centro neurálgico de ocio para el pueblo, se remozaba durante el mes de febrero con la plantación de nuevos árboles, al tiempo que se ornamentaban los parterres y se compraban lozas de Algeciras para los bancos”, escribe José Luis Aragón Panés en su “Chiclana de villa a ciudad”.

Ya en 1898, con el impulso del alcalde José María Quecuty, ese “paseo de la Alameda del Río”, a donde iban las familias a ver y dejarse ver, luce con el alumbrado eléctrico y el salón teatro de verano de la Sociedad García Gutiérrez. El gran proyecto de la Alameda llegará veinte años después, e inaugurado en 1928, con la iniciativa del alcalde Sebastián Martínez de Pinillos, en un proyecto que incluía el Puente Chico del ingeniero José de Aguilar y el “ajardinamiento” de la Alameda concebido por Antonio Sardá en ambas riberas, un “conjunto de depurado gusto”, según la prensa, entre araucarias, celindas y cinerarias. Y sí, podría, decirse que nunca lució tan espléndida aquella Alameda, que recibió el nombre de “Paseo José María Quecuty”.

No solo la riada de 1965 marcó su fin, con la obligada recanalización del río, sino también el gran error del Ayuntamiento de entonces, que a principios de los años 60 le llevó a vender parte de los terrenos de ambas orillas, en lo que hoy es la calle Iro en El Lugar y, al otro lado, en La Banda, la calle Paciano del Barco. En los últimos cuarenta años, sea como sea, no se ha acertado. La Alameda de hoy, pese a los intentos de rescatarla, ha dado la espalda al río, a su Iro, y ha perdido encanto a la vez que los chiclaneros hemos dejado de recorrerla. Para muchas generaciones, incluida la mía, era a la vez parque y paseo, lugar de encuentro y de disfrute, de charla y juegos. El debate acerca de peatonalización o no, ojalá sea un inicio para refundar esa Alameda de Martínez de Pinillos, que era ante todo un monumento en homenaje al río. Y, sin duda, el centro neurálgico de una ciudad que sabe de donde viene. “La vida, la vida hecha un río/ como un anhelo nace/ para que el tiempo goce de sentido”, que diría el poeta José Gerardo Manrique de Lara.

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