Laurel y rosas Augusto Arcimís y “El Doctoral”

Fue Domingo Galán quien me habló hace ya, al menos, un par de años por primera vez de Augusto Arcimís y su presencia en Chiclana, en concreto en “El Doctoral”, quizás la finca —y la casa– con más poso histórico del término municipal. Y de la que algún día él mismo publicará, y espero que más pronto que tarde –que ya toca, Domingo–, su épica investigación sobre esa casa señorial por la que atraviesan espléndidos capítulos históricos y científicos. Augusto Arcimís Wehrle (Sevilla, 1844-Cádiz, 1910) ha pasado a la historia como el padre de la Meteorología en España, el fundador y primer director del Instituto Central Meteorológico, la actual Agencia Estatal de Meteorología (AEMET). Fue también accionista y catedrático de Astronomía y Física de la Institución Libre de Enseñanza. Su amistad con Francisco Giner de los Ríos –al que llega a llamar “padre” y, por supuesto, “maestro”– marcó su vida, su talante librepensador y su regeneración científica.

Giner de los Ríos había sido confinado en 1875 en el castillo de Santa Catalina –condenado por el ministro Manuel Orovio por enseñar en la universidad al margen de la doctrina oficial–, y allí acuden a conocerle y mostrarle su admiración Augusto Arcimís y su amigo José Macpherson Hemas (Cádiz, 1839-La Granja, 1902.), ambos miembros de la burguesía comercial gaditana. Si Arcimís tenía ascendencia griega –también francesa– y heredó un negocio familiar de exportación de vinos, Macpherson formaba parte de una familia de origen escocés asentada en Cádiz desde 1814 con una vocación comercial y marítima más amplia que, también, derivó en actividades bancarias, políticas y literarias. Nos interesa la amistad entre Arcimís y Macpherson –que llegaría a ser un reconocido geólogo, formado a la sombra del padre de los Machado, Antonio Machado Núñez–, porque la familia Macpherson era entonces la propietaria de “El Doctoral”. Y es José quien invita a Arcimís para que “la acción de la naturaleza les fortifique física y moralmente”.

A los Arcimís –a Augusto y su esposa, Elodia– les acaeció el drama, porque a “la delicada situación económica en el negocio familiar de vinos”, como la define el profesor Aitor Anduaga, en poco menos de tres meses, durante el verano de 1875, pierden a dos de sus hijos, el mayor y el pequeño. José Macpherson le ofrece entonces la finca de “El Doctoral”. Antonio Jiménez-Landi revela en “La institución Libre de Enseñanza y su ambiente” (1987) –aunque de forma concisa– esa estancia de apenas dos años de Arcimís en Chiclana. “A fin de entretener el espíritu –escribe–, don Augusto determina la altitud del lugar, hace un plano de la finca y construye relojes de sol. Allí hay noria, ganado vacuno y de cerda, cabras, palomas, gallinas, un perro, un asno... y don Augusto acrece esta fauna, todavía con un cordero y un chivito que le compra a otro de sus cuatro retoños, Octavio, para que los lleve a pastar”.

Arcimís había iniciado una “intensa actividad astronómica” en su casa de la plaza de Mina donde había creado un observatorio, que trasladó al “El Doctoral” y que amplió con un ecuatorial de ocho pulgadas y media de diámetros con el que quería estudiar el anillo de Saturno. En una de las más de cien cartas que se conservan dirigidas a Giner de los Ríos, escribe entonces: “Después del amor de la familia no tengo sino el de los instrumentos y las observaciones”. A la meteorología y la astronomía se dedica inevitablemente en Chiclana, ante el cielo limpio de la marisma: “¡Qué sitio para intentarlo!”, le reconoce a Giner.

Entonces, el debate astronómico dirimía si existía o no el huidizo Vulcano, un supuesto y pequeño planeta en la órbita de Mercurio, acerca de la que cruza también cán orrespondencia con el director del Observatorio de París. Arcimís creía realmente probada su existencia. No fue así. No obstante, desde Cádiz y Chiclana –y prosiguió aún como director del Instituto Central Meteorológico–, protagonizó una “guerra a muerte” con los observatorios de Madrid y San Fernando, a cuyos responsable acusaba de indolentes e incapaces.Desde Cádiz y Chiclana, sin embargo, Arcimís puso las bases de la predicción meteorológica –incluso creando sus propios instrumentos–, que en Madrid y en La Granja de San Idelfonso continuó y afinó. “En sus contribuciones científicas, Arcimís no fue un liberal doctrinario ni un agitador crítico sino un observador amateur de planteamientos pioneros y avanzados”, afirma el profesor Aitor Anduaga. “Su carácter entusiasta –prosigue– y la variada gama de campos de saber que cultivó fueron extraordinarios”.

Otro meteorólogo, Nicolás Sama, le describió en 1927: “Fue Arcimís atildado y pulcro, enérgico y luchador, de convicciones avanzadas, y extraordinariamente comprensivo y tolerante, de modales aristocráticos y de espíritu finamente cultivado; matizaba su siempre amena e instructiva conversación con fino gracejo andaluz. Amante de la naturaleza y experto marino, pasaba sus ratos de ocio en el campo o en el mar. Enemigo de vanidades externas, rechazó toda clase de condecoraciones”. Pero valga, al menos, nuestro reconocimiento.

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