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  • La promotora Delniz, del aparejador Luis Freyre, ha encontrado en una bodega un nuevo mercado con lofts destinados a mayores de 55 años

"Lo teníamos claro. Como nos dediquemos a hacer más pisos nos los comemos". Luis Freyre, aparejador jerezano, se lanzó hace ocho años al mundo de la promoción por libre. Montó su propia sociedad, Delniz, después de haber trabajado mucho tiempo para las grandes operadoras. Dio el salto de los grandes trasatlánticos inmobiliarios a una modesta barcaza justo en el momento en que se gestaba en el subsuelo el gran maremoto. Delniz sigue a flote pese al oleaje. Hay un dicho marino: "¡Un palillo flota!" Los trasatlánticos, no.

Luis Freyre nos invita a recorrer los más de mil metros cuadrados que pertenecieron a la bodega Lizaur, que en su día formaba parte del complejo Pedro Domecq. En poco tiempo, un año aproximadamente, este lugar en el que se respeta la arquitectura bodeguera externa, sus tejas y sus bóvedas, será un nuevo concepto destinado a un público muy conreto: lofts para mayores de 55 años.

"Nuestra idea al comprar esta bodega era ofrecer un producto distinto y hacerlo a precios asequibles. No se podía hacer lo de siempre porque estaba claro que el mercado está como está. Nosotros pensamos en vender un lugar con tradición, muy bien situado, con entrada por tres calles, cómodo... Por la experiencia sabemos que hay personas mayores que no quieren ir a residencias, que prefieren mantener su independencia pero sin aislarse. Había productos parecidos en el País Vasco, en Sevilla, pero nadie lo había hecho como un ejercicio de rehabilitación en una bodega", explica Freyre.

De momento, el estudio de mercado les está dando la razón. Sí parece existir una demanda, "sobre todo cuando nosotros no trabajamos en grandes volúmenes. Aquí irán quince lofts. Si funciona, avanzaremos en esta dirección. Hemos contado con una financiación bancaria de un 50% de este proyecto. Los bancos han creído en la fórmula que, además, es asequible, manejable, muy lejos de los proyectos de lofts del pasado, también en bodegas, que se comercializaban por no menos de 300.000 euros".

El primer producto que salió de la antigua bodega, unos lofts de poco más de 50 metros que tenían como mercado potencial parejas, solteros, profesionales que necesitaban residencia a tiempo parcial en Jerez o incluso extranjeros ha tenido una buena respuesta. Se han vendido doce de quince. "La promoción ha funcionado por ser un concepto diferente", afirma mientras nos enseña los coquetos espacios reducidos, bañados de luz y con altísimos techos que invitan a levantar altillos por un precio que no supera los 70.000 euros, precios de antes de la burbuja.

Este inicial éxito ha permitido lanzarse a la segunda fase, especializada en un segmento muy concreto. "Lo que pretendemos es mantenernos. Nadie busca pegar una pelotazo porque los pelotazos en este negocio ya no existen. En la situación actual sólo se subsiste buscando nuevas fórmulas y con un producto bueno, bonito y barato, como siempre tuvo que ser. Y moviéndose despacio".

Esta racionalización del concepto de promoción logra levantar pequeños ingenios que hagan la vida cómoda y, además, en este caso, resucita un espacio bodeguero de la ciudad que, de otro modo, estaba condenado al abandono, como tantas antiguas bodegas en ruinas pueblan la ciudad. "Tenía echado el ojo a esta bodega desde hacía diez años, cuando los precios eran inasumibles. Al pasar Domecq a manos de la multinacional Beam Global fue posible una negociación que hiciera factible trabajar sobre márgenes de negocio viables sin que los precios finales fueran desorbitados".

La estructura de la empresa es familiar y los empleos fijos son poco más de media docena, que se multiplican con las subcontratas. En lo que fue el patio de la bodega el ruido monocorde de la hormigonera es lo único que violenta el silencio sepulcral de un lugar pensado para la crianza de vino.

Ese silencio, esa paz, fue lo que hizo que saltara la chispa, se encendiera la bombilla. Freyre dio con la tecla de algo que no existía en Jerez. Pensó en el sonido del agua, en lugares comunes para los nuevos vecinos que podían crear en este recinto una comunidad. A este complejo se le ha llamado Residencial San Blas, una alternativa del sector de la promoción y la construcción que se aleja de los macrosuburbios horizontales que nos llevaron al estallido.

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