Cádiz

"Tuve más voluntad de influir que vocación para mandar"

  • Ramón Vargas-Machuca. Uno de los mejores pensadores del socialismo en Cádiz, lideró una de las familias del PSOE hasta que hace 25 años abandonara la política para no volver jamás

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Una terraza cerrada por una cristalera sirve de escritorio a Ramón Vargas-Machuca (Medina Sidonia, 1948). Cuando levanta la mirada ve la playa Victoria y el mar. Este histórico del socialismo gaditano piensa y reflexiona todo lo que dice y también le gusta llevar todas esas ideas y teorías que pasan por su mente al papel.

-¿Qué busca con todo lo que está escribiendo en la actualidad?

-Paso muchas horas en este rincón haciendo balance de mi vida intelectual y práctica. Me considero un filósofo de la práctica, como la entendía Aristóteles. Lo que estoy escribiendo tienen un sesgo biográfico pero evidentemente no es una biografía personal sino más bien sobre la democracia en España. Es una valoración de la democracia desde un punto de vista de un filósofo práctico que desde el año 1974 ha sido militante socialista, que desde los primeros años de los 80 soy un socialista liberal, que es la socialdemocracia que alentó Felipe González en el famoso congreso de 1979 y que nos quitó el pelo de la dehesa del izquierdismo infantil. Es una visión de mi vida intelectual, cómo se ven las cosas desde la vejez y para ello me apoyo en una obra como De Senectute, de Norberto Bobbio.

-¿Y cómo ve las cosas actualmente un hombre como usted que imparte la asignatura Teoría y Práctica de la Democracia y que dirigió el socialismo en la provincia durante algunos años?

-Pues muy preocupado. Los hechos han cambiado y eso lo vivimos diariamente. Entras en un bar a tomarte una cerveza y ni siquiera en la transición tanta gente hablaba de política. El problema es que nosotros no disponemos de una teoría política potente para la democracia en el marco de la globalización capaz de aplicar los principios de justicia que siguen siendo válidos, los mismos de la Ilustración. Ahí está la libertad individual y ningún proyecto político puede arruinar ese principio fundamental. El desarrollo de esa autonomía requiere de la dotación de los derechos humanos y eso lo hacía bien el Estado del bienestar. Nunca ha habido hasta la crisis tanta libertad e igualdad como la que se ha conseguido,

-¿Y qué ha pasado para llegar al lugar en el que estamos?

-Pues que la gente ha vivido sin preocupación en este marco como si esto no tuviera un precio. El disfrute de los derechos tiene un coste y durante más de 20 años ese coste no importaba por el acuerdo entre capital y trabajo. Había crecimiento y se podía repartir. Lo que se ha desencadenado es que la gente ha empezado a experimentar el deterioro de este Estado del bienestar y que la democracia no da trigo. El balance entre el funcionamiento de las instituciones y los resultados no son buenos. Mientras había resultados redistributivos, nadie pensaba en la financiación ilegal de los partidos o en las comisiones.

-Usted estuvo durante su adolescencia y buena parte de su juventud en el Seminario. ¿Cómo se llega de ahí a convertirse en un socialista convencido?

-Yo vivía en una familia bien venida a menos. Procedía de una familia de agricultores y pensaba que el campo era una maldición. Intenté ingresar en un colegio interno de salesianos pero suspendí el examen. Mi padre me dijo que las alternativas eran el campo o trabajar de botones en el sindicato. Yo opté por la vía de ir al seminario y mi estancia en Cádiz fue determinante. La maldición del campo es lo que me convirtió en un buen estudiante. En el seminario me integré socialmente porque me gustaba mucho cantar y jugar al fútbol y las dos cosas podía hacerlo allí.

-¿Y cómo le influyó en su personalidad?

-Lo que fue determinante para mi formación fue conocer a un cura, a Alfonso Castro. Este señor se dedicaba mucho al tema de los presos y fue profesor mío de Filosofía. Él me enseñó la importancia de cuatro elementos: la reflexión, la sensibilidad social, la disciplina y el principio del humanismo. Era un cura reformista y recuerdo que queríamos reformar la Iglesia a partir del Vaticano II. Es curioso que he vivido en tres instituciones y las tres las he intentado reformar sin ningún éxito: la Iglesia, la universidad y los partidos. Realmente no sé cuál de las tres es más irreformable.

-¿Y cómo acabó esa aventura?

-Pues continué mis estudios en Salamanca pero allí ya no terminé Teología y, en cambio continué Filosofía. Entre otras cosas, en aquel tiempo conocí a a la que es hoy mi esposa, Josefina Junquera. Allí también entré en contacto con otra persona que ha sido muy importante en mi vida, el profesor de Lógica y Filosofía de la Ciencia, Miguel Ángel Quintanilla, que después fue senador. El fue mi maestro de filosofía y me enseñó básicamente dos cosas: el punto de vista racional y la filosofía analítica. Esto quiere decir que las cosas no se resuelven porque los problemas están mal planteados. La razón te vacunaba contra el dogmatismo y el sectarismo.

-Usted hizo su tesis doctoral sobre Antonio Gramschi, que ahora está tan de moda con la llegada de los partidos emergentes.

-Efectivamente. Gramschi me descubrió que la revolución en occidente era imposible. Creo que por eso me hice reformista aunque pudo ser más bien por resignación. Ahí fue cuando entró en mi vida Noberto Bobbio, que entró en España a través de personas como Gregorio Peces Barba. La revolución no sólo es imposible sino que no es deseable porque la democracia constitucional debe reformar y no romper. La revolución ha devorado a sus hijos. La voluntad de cambio se tiene que hacer desde la moderación. Moderado no quiere decir apocado porque es necesaria la prudencia y la templanza. Esta es lo contrario de la arrogancia

-¿Cómo llegó usted al PSOE?

-Fue en 1974 gracias a la habilidad del profesor universitario Juan López, al que me une una gran amistad. En ese momento creo que tengo que buscar un partido que sea reformista y por ello entro en el PSOE. Entre los estudiantes a los que daba clase en la universidad estaba Alfonso Perales y escuchamos hablar de ese abogado laboral que pertenece al Partido Socialista. Nos pusieron en contacto con la gente de Sevilla y gente como Gregorio López, Rafael Román y otros cuantos fuimos a Sevilla a reunirnos con gente de Fete de la UGT y entramos en contacto con Rodríguez de la Borbolla y ya nos afiliamos.

-¿Aquellos primeros años fueron los de la política auténtica?

-Nos fue muy bien porque no había disputas, entre otras razones porque no había nada que repartir. Las cosas se empezaron a complicar a partir de 1977 cuando empiezan a subir al pequeño piso que teníamos en la calle Pelota unos que procedían de la Falange, otros de la extrema izquierda...

-¿Usted siempre ha sido más de pensar que de actuar?

-Tuve más voluntad de influir que vocación de mandar.

-Usted fue diputado en el Congreso varios años y además fue secretario general de la provincia y encabezaba una de las familias que en su día existían en el PSOE, pero al final dio un portazo para no volver jamás.

-El partido a mediados de los ochenta se había convertido en clientelar. Yo fui secretario general dos años y medio y quizás influí por la fuerza que tenía en Madrid y a través de ella pensé que podría reorientar el partido. Yo explicaba que quería una reforma del partido para acabar con el clientelismo. Curiosamente en tres años pasé de ser adoptado por el guerrismo a turborenovador pero yo seguía defendiendo lo mismo. Yo arremetí en su día contra Borbolla, aunque es amigo mío ahora, y cuando me enteré del caso Juan Guerra también expresé mis quejas. Era una especie de mosca cojonera. Al final vi que la situación no tenía arreglo, dejé que acabara la legislatura, me marché y retomé mi actividad intelectual.

-¿Y nunca le han llamado ni siquiera para pedirle consejo?

-Jamás ha sonado el teléfono. con alguien diciéndome Ramón, quiero contar contigo.

-¿Le sorprende lo que ha pasado en Cádiz con el cambio de gobierno y la entrada de la franquicia de Podemos?

-Si llevas 20 años y la gente quiere cambiar y hay una corriente generalizada contra los grandes partidos, se ve que había condiciones para que esto pasara. A esto se le añade la situación de una ciudad a la que defino como un trasatlántico varado y una ciudad sin futuro: Vivo con una especie de exilio interior porque me afecta la depresión de la ciudad y ahí no entro en la gestión municipal.En ese clima y en ese ascenso de los partidos antisistemas, no debería extrañarnos lo que se ha producido.

-Usted sí formó parte de la Comisión Nacional del Bicentenario.¿Fue un poco decepcionante este órgano?

-La influencia en el diseño de lo que fue el Bicentenario fue nula. La Comisión hizo de nodriza para que se creara el Consorcio. Hubo fondos para hacer algunos cursos de verano y unas cuantas jornadas. Creía que aquello iba a ser muy importante para el diseño de la conmemoración pero era imposible porque no reuníamos una vez al año.

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