"La visión del pasado es romántica pero ahora vivimos mejor"

Ciudadanos de cádiz | félix fernández verdejo

"Nunca imaginé que La Cepa fuera a tomar los derroteros que ha tomado como bar y lugar de reunión"

"La visión del pasado es romántica pero ahora vivimos mejor"
"La visión del pasado es romántica pero ahora vivimos mejor"
M. Muñoz Fossati /Cádiz

30 de octubre 2016 - 11:29

FÉLIX cierra las puertas de La Cepa Gallega para esta entrevista, de la misma forma que las abate muchas veces para que siga hasta que los cuerpos aguanten la tertulia que nace ante su mostrador, en el local atiborrado. Una escena que ya se ha convertido en la seña principal de esta sede de una empresa de aprovisionamiento de buques que es también un foro gaditano.

–¿Cuándo cierra esas puertas con sus clientes dentro?

–Lo hago para estar a gusto y nada más. Y solo algún viernes o sábado que estamos relajados y coincidimos una serie de amigos, más que clientes. Es cuando ya lo disfruto y puedo estar bien.

–Y es cuando sus clientes presumen de haberse encerrado en esta ‘capilla’.

–En todo caso el que presume soy yo, de tener amigos... lo que puedo afirmar es que nunca imaginé que esto iba a tomar los derroteros que ha tomado como bar. Porque aunque esto se inicia en el año 18 del siglo pasado como bar ultramarinos y casa de comidas, con los primitivos dueños gallegos, en seguida tomó el carácter de aprovisionamiento de buques, y el ultramarinos quedó como residual. Lo retomé como bar hace pocos años y fíjate. Tengo que decir que como a mí también me gusta mucho el mundillo del vino, en mi modestia he tratado de documentarme con viajes y demás. Y ese placer de los vinos me ha ido abriendo a ese negocio.

–Pero su negocio principal sigue siendo el de provisionista de buques.

–Digamos que en números sí. En placer, es distinto. Es que es más frío, aunque también te lleva a conocer gente que me ha dejado huella, como un gran amigo de esta actividad desde los 18 años, amistades que perduran. Y eso me viene de la época de los barcos, como es el caso de muchos armadores que viven en Cádiz y que seguimos tratándonos y teniéndonos amistad ya sin barcos ni nada.

–Me encanta el título de ‘provisionista de buques’.

–Sí, el término es verdad que muchas veces cuando llega alguien me pregunta de dónde viene. Es lo mismo que proveedor... pero no me preguntes mucho más allá que yo dejé el colegio con diez años y pico, ja, ja…

–¿Cuándo se convierte La Cepa en el punto de reunión que es ahora?

–Pues sinceramente, ni le pongo fecha ni sé cómo ocurrió. Pongamos que hace unos once años, una serie de clientes muy afines y a los que tenemos mucho cariño inician lo de venir y tomar copas. Y esto de alguna forma se fue extendiendo, bien por el boca a boca o porque es verdad que tenemos buenos productos de chacinas, embutidos… Quizá es porque volvemos a lo que fuera en su momento el típico ultramarinos. Pero fue sin buscarlo, ni quererlo y sin ninguna pretensión ni mérito por mi parte. Y de aquel primer grupo otros toman el relevo y se convierte en lo que ves.

–Yo lo que veo es que Félix Fernández...

–Y Verdejo que es apellido de uva, je, je.

–Sí, menos mal que no se llama de segundo Gewürtztraminer...

–Gurstraminer, gurstraminer (corrige) ja, ja.

–... pues yo lo que veo es que Félix Fernández Verdejo es una persona que irradia éxito.

–Éxito ¡uf, uf, qué va, qué va!… bueno, quizá te daría la razón en el sentido de que estoy a gusto con el trabajo que hago. Es que yo participo. Yo cuando disfruto es cuando me meto en el lío… estar con los amigos, participar, entrar en la conversación y en la cuenta si hace falta. A veces no puedo hacerlo, pero yo cuando soy feliz es ahí.

–¡Hombre, una persona que ha alcanzado una cierta felicidad!

–Bueno, por lo menos te puedo decir que esto que te estoy contando es el bálsamo que me ayuda a estar todavía aquí con sesentaicinco largos. Dios mío, desde junio del 62.

–¿Cuál es su primer recuerdo en La Cepa Gallega?

–Pues me acuerdo perfectamente. Mi padre cogió esto por una historia muy farragosa y muy larga de contar. Y yo lo recuerdo cerrando el contrato o el apretón de manos como si fuese hoy. No tenía yo ni los once años cumplidos. Estaba en La Mirandilla todavía, y cumplí los once en agosto del 62.

–¿Y ya ese día empezó a trabajar?

–Ya, porque verás: yo en ese momento acababa La Mirandilla y tenía que empezar el bachiller. Aprobé el ingreso, pero en ese verano mi padre coge esto… y bueno, no le achaco nada, era así, agradezco haber estado aquí, me dijo que tenía que venir a trabajar. Pero pude hacer el bachillerato por libre, iba a casa de un profesor, me preparaba de las asignaturas para presentarme en junio y en septiembre. Me quedan dos asignaturas de cuarto, je... Pero ya trabajando aquí.

—¿Haciendo qué?

—Haciendo de todo. Entonces la flota pesquera era de casi 200 barcos, y fíjate, en un 80% propulsada a vapor. La Cepa cae en nuestras manos en una situación penosa, aquí no se aprovisionaba ni un barco, por una mala gestión. Y a los 20 días suministramos nuestro primer barco. Con los medios que había, carrillo de mano, de mulos, motocarros… Eso era estar aquí desde las siete de la mañana hasta las doce de la noche, de lunes a lunes...

—Así que por eso en cuanto pudo dejó de abrir por las tardes.

—¡Ja, ja, no, no! Hombre, ahora es distinto. Antes todo era más duro, todo fuerza bruta, sacos y sacos. Barcos abarloados que había que pasar de uno a otro para cargar… Gracias a Dios yo he sido un niño fuerte, con una buena aptitud física, y desde chico estaba ahí: al muelle, a recoger envases...

–Pero ha ido bien.

–¡Gracias a Dios! (repite) ¡Podía haber ido mal, eh! Porque en ese momento había una cantidad de provisionistas... pero fueron desapareciendo mientras nosotros subsistimos. Poco a poco fuimos creciendo, hicimos nuestra nave en el recinto portuario… Pero eso era impensable en aquellos inicios.

–Seguro que el ambiente de La Cepa era muy distinto.

–Buenooo, ¡las cosas han cambiado…! Abríamos una sola puerta y esto era todo lleno de las cajas de envases… y lleno de proveedores, el de las frutas, el del pan, que no veas la cantidad de hornos que había por aquí: estamos hablando de que entonces cada día se podían vender para los barcos 15.000 o 20.000 bollos de pan. La Merced, La Gloria… no daban abasto. Esto ha cambiado… Las bodegas, las había expresamente dedicadas al aprovisionamiento del vino en ese barco…

–¿Todo eso cayó de repente?

–Bueno, no tanto, eso comenzó ya cuando los marroquíes empezaron a hacer valer su derecho sobre las aguas, y por la esquilmación que se hizo del Golfo de Cádiz. Aún recuerdo los barcos llegar llenos de marisco y pescado de la Bahía. Eso fue cada vez a menos, a menos... el combustible empezó a subir, los apresamientos de pesqueros… Y después, los barcos se fueron especializando, ya no vienen físicamente aquí, se quedan en Mauritania, y el pescado llega más fresco por camión. Todo ha sido una cadena.

–Su vida y su negocio siempre han ido ligados al mar.

–Siempre me ha gustado además. He vivido las vicisitudes de armadores que han vivido tiempos estupendos y luego se han arruinado. Ese dicho de que ‘lo que por la mar viene por la mar se va…’. Lo que me alegra es que sigan viniendo a verme una vez acabó la relación comercial.

–También algunas relaciones habrán terminado en la lista de morosos.

–Hombre, hemos tenido cornadas… muy gordas. Pero también es verdad que lo superaba. Hoy sería impensable porque los márgenes son muy cortos y eso te hace ser más conservador. Yo tenía posibilidades de resucitar, pero algunas cornadas han sido gordas. A algunos los sigo viendo por Cádiz...

–¿Un industrial puede tener mucho oído pero no mucha lengua?

–Muy poca. Y mi mujer además me agudiza la prudencia. Ten en cuenta que aquí viene todo el mundo, desde el cocinero hasta el armador. Y la gente viene harta del trabajo, el patrón comenta del contramaestre, este del cocinero, el otro... y claro si dices algo ya puedes meter la pata. Me he enterado de cosas que no le cuento ni a mi mujer, pero sí, algunas cosas muy gordas, muy gordas y a todos los niveles.

–Por aquí ha pasado todo Cádiz.

–Yo te puedo hablar de esa vida que había en la calle Plocia con las cigarreras. El momento de la entrada del turno de la tarde era un espectáculo. El paso del tranvía, los bares de luces colorás, cinco barberías en la calle Plocia...

–Que ahora ha revivido de otra manera.

–¡Hombre, esto era impensable! Ha cambiado totalmente, para bien. No es que lo otro fuera mal, pero era otra cosa. Antes era una actividad frenética desde las cinco de la mañana, la gente de los barcos, que antes se llevaban tres días. Vino una época mala, pero ahora... El cambio ha sido brutal para bien, aunque aquella era una visión más romántica. Los tripulantes que se gastaban todo el dinero en cuanto salían de un barco... recuerdo que uno de ellos me decía, hace poco, ya jubilado: “Félix, es que nosotros queríamos vivir la vida en un mes”. A algunos teníamos que prestarles para que giraran algo de dinero a su casa. Pero decir que Cádiz está mejor no es mentir. Malo sería que estuviese peor. Bueno, como está mejor España... o como se diga ahora, el país, el Estado, la nación, para no provocar polémicas. Aunque en La Cepa las polémicas siempre acaban bien. Hasta las posturas más encontradas al final se resuelven con vino y un abrazo.

Como si fuera gallego

Félix el de La Cepa nació en un entresuelo de la misma calle Plocia donde tiene su negocio, en el año 1951. Es de origen castellano pero por esas razones inexplicables está enamorado de todo lo gallego. Cuenta: “Yo escuchaba hablar de los lugares de origen de los marineros, Marín, Muxía, Cariño, y me decía ‘tengo que conocer Galicia’. Y ahora cada vez que puedo me escapo con mi mujer, que conduce estupendamente y cogemos la Ruta de la Plata para arriba. Me precio de conocer Galicia mejor que muchos gallegos”. Dice que seguirá en su tienda mientras aguante, y que sus hijas no seguirán el negocio. Habla maravillas de sus “colaboradores o empleados” y sobre todo de su mujer, Pochi. “Tengo suerte –confiesa– estoy enamorado. Además, sin ella no habría podido dedicar mi vida a trabajar en esto”. Agradece a su suerte, y a Dios siempre, haber conocido “a tanta gente que me ha enseñado tanto”, pese a que le quedan aún pendientes dos asignaturas de cuarto de bachiller. De su padre recuerda la ‘pechá’ de llorar cuando murió en 2002, y cómo le enseñó a ser serio con clientes y proveedores. “Le tocó el bando de los perdedores en la Guerra, pero yo lo veía entrar por la tienda y ya me quedaba tranquilo”, dice.

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