"La vida es un plan inacabado"

De palique

Pepe Ruiz Navarro, una versión gaditana de ‘cuándo se jodió Perú’ en la voz del hombre que trató de evitar el desastre

De palique con Pepe Ruiz Navarro, economista / Jesús Marín
Pedro Ingelmo

08 de marzo 2026 - 07:00

Raúl Estrada, de Chiclana, quizá una de las mentes más brillantes salidas de la fábrica de empresarios de la Universidad de Cádiz, se encontró esa noche en Pekín con un indigente durmiendo en la puerta de su casa. En China, para evitar el éxodo masivo a la capital, quien va a Pekín sin autorización es privado de todo tipo de derechos y de asistencia social. Este indigente era uno de esos aventureros. Raúl se compadeció de él y lo acogió. No sólo lo acogió. Vivió con él. Raúl le pagó la carrera y ese indigente se convirtió en economista. Cuando llegó con su título, Raúl le hizo socio de su empresa de importación y exportación. Raúl estaba fascinado con China, fue el primer extranjero en obtener una beca en el instituto de estudios Confucio y, gracias a su amigo chino, logró dominar el mandarín casi como si fuera un nativo. Pasados los años, la empresa de Raúl, un emprendedor de indudable fortuna, se ubicó en Berlín y Raúl consideró que era el momento de culminar uno de sus planes vitales: leer su tesis doctoral en la universidad en la que se había formado, la de Cádiz. Corría 2024 y Raúl tenía 46 años. Su tesis versaba sobre los indicadores tempranos del éxito de las empresas nacientes. Quería mostrar un modelo por el cual un joven empresario pudiera obtener financiación para su proyecto, en definitiva, ayudar a otros que, como él, crearan riqueza de la nada, de las ideas. Pocas semanas antes de leer su tesis sufrió una convulsión, una convulsión salvaje, se rompió los hombros. En el hospital le diagnosticaron una enfermedad fatal: moriría en tres meses. La reacción de Raúl fue sorprendente: “Quiero leer mi tesis”. No podía desplazarse a Cádiz en su estado, por lo que el rector autorizó a que la leyera por videoconferencia desde Berlín. Así se hizo. Entre los presentes en la lectura se encontraba su socio chino, que lloró mientras Raúl exponía datos, números, como si no fuera a morir nunca. Cuando el doctor Raúl Estrada murió, su socio se trasladó a vivir a Chiclana y quiso montar una sociedad de hermandad hispano-china. No sé lo que ha sido de esa hermandad, no tiene importancia en esta historia. O sí.

“Creo que era John Lennon quien decía que la vida es lo que te sucede mientras haces planes. Yo creo que la vida es precisamente hacer esos planes, planes siempre inacabados, como los de Raúl, aunque ese plan, el de leer su tesis, una tesis magistral, sí que lo acabó. No hay vida sin planes”. Quien me dice esto es Pepe Ruiz Navarro, un gaditano de 1947 de Sagasta esquina Sacramento para el que inventaron esa expresión de estar conservado en manteca. Raúl Estrada fue uno de sus alumnos predilectos y cuenta su historia en una de las salas del centro de pomposo nombre: Vicerrectorado de Investigación y Transferencia, en El Olivillo. Es un lugar bastante más digno que en el último que nos vimos hace muchos años, cuando la Cátedra de Emprendedores que él fundó estaba relegada a “un cuchitril de mierda”. Es mucho lo que ha conseguido Pepe, que a la gente le entre en la cabeza que la Universidad y la empresa son un todo, que no pueden ir cada una por un lado.

–Estábamos hablando de planes. Tú te dedicas a que la gente haga planes.

–De algún modo sí.

–¿Y tus planes? ¿Tienes muchos planes inacabados?

–Casi todos. En mi tesis doctoral, que es de mediados de los 80, planeaba una Bahía industrial tras la reconversión que girara sobre la automoción, lo naval y lo aeroespacial. Yo he creído siempre en la empresa y por mi formación siempre he sido más de la microeconomía que de la macroeconomía. Pero, aunque algo hemos avanzado, la creación de empresas sigue siendo nuestra asignatura pendiente. Así que ya ves.

–Llevas años clamando en el desierto.

–Entré en la Universidad convencido de que una sociedad sin empresas es una sociedad, una vez más, inacabada, una sociedad que se dirige al fracaso. La verdad es que me miraban como a un bicho raro. Todavía hoy Cádiz, tantos años después, sigue a la cola en la relación entre densidad de población y número de empresas. Y la relación entre desempleo y falta de empresas es muy estrecha. La ecuación es sencilla.

–Tú has vivido el tiempo del Cádiz industrial brillante y también su desplome.

–A Cádiz le ha ido bien cuando ha mirado más allá y le ha ido mal cuando se ha ensimismado. Entendía la universidad como lo que decía la palabra, universal. Tuve a dos aliados, catedráticos de Barcelona, de la Politécnica y de la Autónoma. Son de los pocos que yo encuentro en la universidad española que tienen una sensibilidad parecida a la mía. Te hablo de principios de los años 90.

–Era un mal generalizado de la universidad española, no de la de Cádiz.

–Claro, claro, era un problema de nuestra universidad española. Es verdad que el ministro José María Maravall se da cuenta y saca la Ley de la Reforma Universitaria.

–Maravall ha sido el mejor ministro de Educación de la democracia.

–Totalmente de acuerdo. Este hombre crea las oficinas de transferencia con la empresa, pero eso no se desarrolló porque no existía esa sensibilidad. Esos dos catedráticos y yo sacamos un libro blanco sobre empresas y universidad y eso derivó en el uso de la palabra emprendedores, aunque ellos decían no, empresarios, bueno, lo que quieras, pero si cuela, cuela, porque no sé por qué en este país la palabra empresa tiene un no sé qué. Pero mi idea era esa. Cuando fui decano en Empresariales mi idea era que fuera una fábrica de empresarios y mis compañeros decían, no, nosotros preparamos directivos. Bueno, pues no sé. Si no hay empresas no sé qué directivos vamos a preparar.

–Pero vosotros, aquí en Cádiz, sois los primeros en crear una Cátedra de Emprendedores allá por 2007. Eso no lo había hecho nadie en España.

–Fuimos los pioneros y luego nos siguieron muchas universidades, pero siendo los pioneros nos quedamos atrás. Es uno de los muchos trenes que hemos perdido.

–Háblame de más trenes perdidos. Revolquémonos en nuestros errores.

–Pues mira, en los 80 estaba yo en el ZUR (Zona de Urgente Reindustrialización), que es lo que se montó cuando la reconversión de los astilleros, y es cuando se empieza a hablar de la creación de un parque tecnológico para Málaga. Entonces yo me dije vamos a ver, es el eje Sevilla Cádiz el que históricamente ha tenido una trayectoria industrial. Lo lógico es que se venga aquí. Es verdad que aquí hablabas de lo del parque tecnológico y sonaba a chino, era un vocablo inexistente. Quedo con Chaves y le digo que hay argumentos sólidos para traérnoslo a Cádiz. No me hace mucho caso y me voy a quien llevaba Tabacalera, un tal Gaztelu, que era de Alcalá, y le cuento mis penas. Él me dice que el que lo está llevando era Luis Solana, que estaba en Telefónica, y que me arregla una entrevista con él. Me da cita y yo voy preparadísimo con mis esquemas y todos mis argumentos, que eran muchos. Pues voy, me recibe como era él, un bon vivant, y no llevo ni quince minutos contándole mi historia y me interrumpe y me dice no, no, el parque tecnológico va a ir a Málaga porque es donde están las tías buenas.

–¿Donde están las tías buenas? ¿Eso te dijo?

–Como lo oyes. Me dejó frío. Así se cuenta la historia. Y entonces Málaga era un sitio con cuatro chiringuitos de playa y poco más y aquel parque tecnológico cambió por completo el desarrollo de Málaga, su elemento revulsivo, el que nosotros no tuvimos. Pero no culpo sólo a Solana. En Cádiz nadie dio la batalla. Ese fue otro plan inacabado.

–Tú época en el ZUR tuvo que ser dura. Se estaba desmantelando buena parte de ese Cádiz potente, industrial... Como diría Vargas Llosa, era el momento en el que se estaba jodiendo Perú.

–La reconversión era inevitable. Se tendría que haber hecho antes, pero lo retrasó la Transición. Los trabajadores de Astilleros me ocuparon dos veces la oficina de la ZUR. Te vamos a quemar esto porque todo esto es mentira, decían. Era muy frustrante. Nadie quería salir de Astilleros y nuestra misión era buscar alternativas. Los excedentes de Astilleros iban a una bolsa de trabajo y General Motors y Tabacalera nos pedían trabajadores, pero no se presentaba nadie. Los sindicatos habían logrado que dentro de los fondos de formación de empleo se incluyera una cláusula por la que si a los tres años no se les encontraba recolocación, los trabajadores volvían a Astilleros. Y, claro, así era imposible.

–Te habías trabajado la reconversión. Estudiaste cómo se había hecho en otros sitios. Porque no era sólo Cádiz, ese modelo industrial se estaba desmantelando en toda Europa.

–Había ocurrido en Plymouth, Marsella, en Suecia... Bueno, como Felipe González era muy amigo de Olof Palme nos encargó que nos fuéramos a Suecia a ver cómo lo habían hecho allí. Aprendí muchísimo. Nos entrevistamos con banqueros, directivos, empresarios y nos trajimos un completísimo dossier. De todo lo que vimos me quedé con una posibilidad que veía factible, que era la construcción de aerogeneradores. Te recuerdo que eran los años 80. Cuando yo dije lo de los aerogeneradores en Cádiz me trataron como a un marciano.

–Normal, de qué me estás hablando, qué leches es un aerogenerador.

–Pues fíjate que ahora son los chinos los que en Airbus, en Puerto Real, están montando la mayor fábrica de aerogeneradores de Europa. La vida te da sorpresas.

–Y planes inacabados.

–Los chinos siempre tienen un plan, aunque sea a muy largo plazo. Tienen planes a cinco generaciones vista, han aprendido de sus errores y van por delante con sus cinco mil años de historia.

–Esos no dejan planes sin acabar.

–No les da miedo el cambio. Aquí somos reacios a los cambios. Cádiz puede mirar hacia adelante con optimismo, pero, como los chinos, aprendiendo de nuestros errores.

–Hemos cometido tantos...

–Mira, un ejemplo. Yo estuve de responsable de control presupuestario en Astilleros. Ten en cuenta que yo tengo dos gorras, la de ingeniero, porque me formé como ingeniero técnico naval, y la de economista. Yo mostraba números a los ingenieros y ellos decían déjame de números que aquí lo que tenemos que hacer son barcos. Pero bueno, habrá que ver a qué precios, digo yo.

–Me voy un poco atrás. Me hablabas de tu formación. Tú de joven eras comunista.

–Y centrocampista.

–¿Cómo?

–Te explico. Mis escuelas fueron el fútbol y el marxismo. Yo jugaba en el equipo de San Felipe. El fútbol te daba lecciones porque daba igual lo bueno que fuera uno que si el equipo no funcionaba, no funcionaba nada. ¿De qué sirve dar un pase maravilloso al desmarque si nadie se desmarca? Eso funciona también en la empresa, la administración... Uno de los momentos más felices de mi vida fue un gol que marqué desde casi el centro del campo cuando estaban a punto de eliminarnos. Pero eso ocurre una vez. Los goles hay que marcarlos entre todos, con una idea, con un plan.

–Venga, te lo compro. ¿Y lo de comunista?

–En aquellos años, en los 70, el PCE era la única oposición al franquismo. Yo empecé a trabajar en Matagorda a los 22 años, no existía el puente, se estaba construyendo. Al tajo se iba en un remolcador en el que había tres cabinas diferentes, una para los operarios, otra para el personal técnico y otra, la más cómoda, para los jefes. En el astillero había cinco comedores divididos por estratos sociales. Entonces leía a Marx y era una guía para entender el mundo.

–¿Queda algo de aquel marxista juvenil?

–La importancia que considero que tiene la empresa como institución para nuestro bienestar social. Esa visión tiene en parte sus orígenes en esa perspectiva marxista de la dialéctica entre lo económico y lo social. Forma parte de un proceso de búsqueda de oportunidades que comienza con la voluntad individual de la persona pero que inmediatamente se convierte en un proceso social que necesita de la aceptación y participación de otras personas. Es decir, clientes, proveedores, empleados... Pero también agentes sociales: sindicatos, administración, sistema financiero, sistema educativo… Y es, por lo tanto, juntos, formando un ecosistema, como se desarrolla. Esta visión es completamente distinta de la neoliberal egocentrista de que el individuo, el emprendedor, aparece como un superman o superwoman que logra el éxito en solitario. Es ahí donde rememoro a Marx y recuerdo que la base económica se mezcla con la superestructura cultural. Que las personas podemos desarrollar juntos capacidades para actuar sobre problemas e ideas y transformarlas en valor económico, social o cultural. Eso es para mí emprender.

–Caramba, te ha salido de dentro

–Perdona el rollo.

–No, no, me ha parecido muy interesante. Pero también algo te vendría de casa.

–Bueno, mi padre era un auxiliar administrativo de la comandancia de Marina que no se metía en nada. Me influyeron mucho mis abuelos. Mi abuela, la madre de mi padre, había sido maestra de escuela en Villaluenga en la República y me contaba cuentos que empezaban con era por si vé... Cuentos que acababan, no como los planes.

–¿Era por si vé?

–Era una expresión gaditana. Hay alguien que ha escrito una recopilación de cuentos de Cádiz que se llama así. Era por si vé. Tengo que investigar lo de mi abuela y hablar con la gente de Villaluenga para saber cómo es que llegó allí.

–¿Y tu otro abuelo?

–El padre de mi madre era fogonero en un barco de la República. Murió cuando yo tendría unos nueve años. Había tenido que huir y acabó en Odesa. Luego volvió y le hicieron un consejo de guerra. Se salvó de milagro de que lo fusilaran. Encontró un trabajo como mecánico en los astilleros y le recuerdo como una persona triste, atormentada, al que la guerra había partido por la mitad. Ya te digo, lo conocí poco, pero fue un referente de mi infancia.

–No le dejaron tener planes.

–Ni empezarlos.

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