De Cerca | Entrevista con Juan de Dios Pérez, ex propietario de la empresa Amarradores del puerto de Cádiz

“Ahora me gusta más ver el muelle desde la calle Plocia”

  • Sin tener un duro se labró un papel importante dentro de la logística portuaria de Cádiz que ha dejado como legado a su hijo Eduardo, actual jefe de la empresa de amarre

Juan  de Dios, en el puerto de Cádiz

Juan de Dios, en el puerto de Cádiz / Jesús Marín (Cádiz)

Nos hace un hueco en su preciada agenda. Sale a la calle los lunes, los miércoles y los viernes. Sus hijos lo cuidan como a un tesoro aunque él demuestra no necesitarlo. Sabe cuidarse solo. Este viernes aprovechó un ratillo que tenía antes de ponerse en la cola del Palacio de Congresos para ponerse la primera dosis de la vacuna contra el covid, ese virus que tanto mal ha hecho a un puerto que ahora, Juan de Dios, jubilado de 76 años de edad, prefiere controlar desde cualquiera de los bares (si es la Cepa Gallega, mejor) de la calle Plocia.

–Lleva jubilado desde los 49 años. ¿A qué dedica el tiempo libre?

–Los lunes, miércoles y viernes, a andar y a hacer mi ruta por el paseo. Los martes y jueves vienen mis hijos a casa a comer, y los sábados y domingos se los dedico, en exclusiva, a mi mujer, la mejor madre del mundo y una persona a la que adoro.

Juan de Dios Pérez goza de muy buen humor y sabe plantarle cara a la vida. Juan de Dios Pérez goza de muy buen humor y sabe plantarle cara a la vida.

Juan de Dios Pérez goza de muy buen humor y sabe plantarle cara a la vida. / Jesús Marín (Cádiz)

–¿Le gusta estar siempre rodeado de sus hijos? (Juan de Dios llegó acompañado de Eduardo, que está ahora al cargo de la empresa de Amarradores).

–Tengo tres hijos. Edu, que es el mayor, Noelia, que es ingeniero técnico industrial y tiene una empresa de electricidad naval y lo mismo esta en los astilleros, que en Rota, que en Algeciras...

–¿Y el tercero?

–El tercero es Abel, que es actor.

–Este no ha querido tener nada que ver con el mar. ¿No?

–Está muy contento con lo que hace y no le va nada mal. Ha trabajado en ‘El Niño’, en ‘Ocho apellidos vascos’, en ‘Plan de Fuga’. En ‘La Isla Mínima’, en la serie que hicieron de ‘El caso’, en ‘Mar de Plástico’.

–¿Y esa afición...?

–La afición le nace de una compañía de teatro que tenía con unos compis que se llama Teatro Satarino.Después trabajó en Sevilla con El Chino, con el Teatro El Velador.

–¿Y cómo salta del teatro al cine?

–Lo llamó el representante y le ofreció esta oportunidad y la supo aprovechar.

–¿Y cómo se le queda la cara cuando su hijo le dice que quiere ser actor?

–Me dijo que se iba para Madrid. Con 17 años. Lo mismo que dejé a los otros dos hijos que tomaran el rumbo que quisieran, igual hice con él. Éste (por Eduardo) llegó a estudiar en Argantonio. La otra sí terminó sus estudios y Abel me dijo que quería irse a Madrid y se fue.

–Nunca ha sido de ponerle muchas fronteras ni cortapisas a sus hijos.

–No, no. Eso sí, los controlo mucho.

–¿Porque no se fía de ellos?

–No, no, que va, para nada. Porque siempre he sido muy controlador por naturaleza.

Juan de Dios, con la terminal de contenedores de Concasa al fondo, en el Muelle de Cádiz. Juan de Dios, con la terminal de contenedores de Concasa al fondo, en el Muelle de Cádiz.

Juan de Dios, con la terminal de contenedores de Concasa al fondo, en el Muelle de Cádiz. / Jesús Marín (Cádiz)

–¿Hablamos de su mujer?

–57 años con la misma. ¿Qué te voy a contar?.

–¿Cómo le sentó esa jubilación a los 49 años? ¿Cómo veía ella la idea de tenerlo todo el día en casa?

–¿Ella?, encantada. Yo seguía haciendo la misma vida que trabajando. Yo salía, entraba...

–Ahora han tenido que compartir una experiencia que habrá terminado por unirles aún más, ¿no?

–Y tanto. Ahí me ha demostrado que es la mejor madre del mundo. Mi hijo Abel se vino de Barcelona, donde estaba haciendo un musical, y nos dijo que tenía unas molestias. Pensamos que era una gastroenteritis. Una cosa normal. Pero cuando ya me dijo que no podía aguantar más, nos fuimos para San Rafael, entró por Urgencias y le diagnosticaron cáncer de colon y allí mismo lo operaron.

–¿Y todo bien?

–Bueno… Han sido 13 operaciones. Hubo dos veces en las que nos dijeron eso de: “Esta noche se muere”. No le dieron ni quimio ni nada, sino que fueron problemas que se fueron añadiendo: una peritonitis, una septicemia, una inflamación de la médula, una úlcera sacra enorme…

–¿Y Eduardo fue el que lo llevó peor?

–Con eso de que Edu es el mayor (tiene 50 años), los médicos lo llegaron a coger de mediador y le encomendaron la difícil tarea de prepararnos para lo peor. Nos dijeron que se iba.

–¿Y cómo llevó ese papel? ¿Llegó a escuchar de boca de Edu lo de que había que prepararse para lo peor?

–Sí, sí. Y la contestación mía fue clara: “No, yo estoy preparado para que me entierre él a mí, no yo a él”. Y llorar he llorado lo que no te puedes ni imaginar.

–¿Eso envejece mucho?

–Mis hijos pensaron que esto nos llevaba a mi mujer y a mí por delante y no ha sido así. Nos hizo aún más fuertes. Mi mujer me da lecciones. Ella es la que ha estado con él día y noche. Es la madre… y sabemos en qué se basa esa relación.

–(La conversación decae cuando se habla de la enfermedad de Abel) Pues pasemos al puerto que es donde se ha llevado buena parte de su vida. ¿Cómo se le ocurre a alguien eso de “voy a ser amarrador”?

– (Retoma la sonrisa). Yo estudié en la Escuela de Peritos. Y en una de las vacaciones me vine al Muelle. Entonces mi padre era el encargado de la empresa de Amarradores. Ya con 13 años echaba algunos ratillos con él en la lancha. Pero esta vez, después de unos días, el jefe de mi padre me dio 50 duros por estar allí en vacaciones. Y me lo hizo tener claro: “De aquí no me echa ni Dios”. Dejé de estudiar, lo dejé todo…

–¿Y sus padres lo vieron con buenos ojos?

–Mis padres están separados desde que yo tenía dos años. Yo vivía con mi padre, con mi abuela paterna y mis tías.

–¿Y en aquella época cómo se llevaba eso de la separación de los padres si en aquel entonces la gente aguantaba al máximo lo que fuera?

–Sí, claro pero mi padre era jefe de máquinas y estaba navegando. Mi madre le puso los cuernos. Cuando vino, él se dio cuenta y se separaron. Lo recuerdo aunque tuviera dos años.

–¿Y económicamente le afectó mucho esa situación?

–Yo vivía bien, bien. Yo tenía cinco tías y a mi a abuela. Cinco tías trabajando. No me faltaba de nada gracias a ellas.

–Así que esos 50 duros le cambiaron la vida.

–Me los dio el jefe de mi padre: Juan Vega Bazán.

–¿Y antes de eso no había hecho nunca un nudo ni tocado un cabo?

–Nada. Pero es que yo no he amarrado un barco en mi vida. Yo era lanchero.

–Y al final se ha convertido en el trabajo de su vida...

–Allí conviví mucho tiempo con Juan Vega. Era mi jefe y mi segundo padre. Era buenísimo. Murió en 1985. En ese mismo año coincidió que mi padre muere en un coma diabético y mi jefe, a los tres o cuatro días murió de un cáncer. De manera que en una semana me quedé sin dos de las personas que más he querido en mi vida.

–¿Cuál era su sueldo al mes?

–Como lanchero unas 30.000 pesetas. Ya con los prácticos, ciento y pico. Bueno, realmente a 60.000. Te explico. Voy a comprarme un piso y los prácticos, con los que yo trabajaba en ese momento, me hacían de avalistas. Nos fuimos al Banco de Bilbao, del que era director el señor Oviedo, y vinieron conmigo tres de mis jefes prácticos. Le explicaron que necesitaban 2.400.000 pesetas. Me dijeron que si yo tenía el 20% y les dije que no, que no tenía nada. Me explicaron que era indispensable y que sin dinero no se podía comprar el piso. Fui al dueño del piso que yo quería comprar, Pedro Carpio Sierra, que tenía unos talleres aquí en la calle Plocia y le dije que no me daban el préstamo. Me dijo que él me lo arreglaba y así fue. Me llamaron del banco y me dieron el préstamo.

Era un préstamo personal a pagar 70.000 pesetas todos los meses. Pero mi nómina era de 60.000 pesetas . Lo hablé con mis jefes y me subieron el sueldo a 70.000.

–Fueron dos años chungos. Todo el sueldo para el piso. ¿De dónde comía?

–Yo trabajaba también en un supermercado que tenía un primo mío. Yo tenía tres turnos, de 5 de la mañana a 1 de la tarde, de 1 de la tarde a 9 y de 9 a 5 de la mañana. Entonces yo iba al supermercado cuando iba teniendo libre y él me daba 12.000 pesetas. Era un supermercado pequeñito que está en Acacias que se llama Kike y Toñi. Él era (ya falleció) primo hermano mío y su mujer es hermana de mi mujer.

–¿Y cómo vuelve con los amarradores?

–Eso. Me enteré que quería vender la empresa. Bueno, realmente primero quería dejársela en cooperativa a los trabajadores pero no la quisieron. Tenía dos sobrinos, uno de ellos Fali Fernández, el de Bayport. Su padre trabajaba conmigo con los amarradores. Y tenía otro sobrino que era Pepe Vega, de San Fernando. Se la ofreció a ellos dos, pero ninguno la quiso.

Entones un día le pregunté que si quería que se la comprara yo. Yo estaba tieso pero sabía que él tenía cinco o seis hijos, todos con carrera menos uno. Él quería dos millones por la empresa. Era el año 1983. Pero yo no tenia un duro. Le ofrecí quedarme con la empresa y me quedaba de socio con su hijo Luis. Se lo pensó y me llamó diciéndome que aceptaba.

–¿Pero algo tendría usted que poner de su bolsillo, no?

–Nada. Sin poner un duro. Era hacerme cargo del hijo. Darle un sueldo sin venir ni siquiera a trabajar porque él tenía otra empresa aparte. En aquel entones los amarradores veían ese tejemaneje y creían que era un pariré. Ellos habían sido compañeros míos y conocían mis posibilidades económicas. Pero termina el primer mes, hago números y veo que gano 400.000 pesetas libres. Lo que ganaba un amarrador era unas 45.000 pesetas. ¿Y qué hice? Meterles un plus de barco, de manera que cuanto más barcos había, más ganaban ellos. Fue ahí cuando se dieron cuenta de que yo seguía siendo el mismo y no había truco de por medio. Hemos sido una familia. Hasta el día de hoy me he sentido arropado. Y todo bien, hasta que llegó la crisis.

–Entonces se hace usted con una empresa sin tener ni un duro en el bolsillo…

–Sí. Así es. Tenía un socio pero no aparecía para nada.

Con los prácticos estuve 18 o 20 años pero la vista me empezó a dar problemas por lo del azúcar. Me pusieron a trabajar de día para que no tuviera ningún problema de noche y me llegaron a diagnosticar miopía magna progresiva hasta que me jubilé. Llevo 27 años jubilados .Me jubilé con 49 años.

–(Interviene Edu, no puede remediarlo). “Cuenta la verdad, papá”, le dijo y tomó la palabra.

–Mira, los prácticos trabajaban antes con el 'Cayetano' y la 'Gade's que eran dos lanchas de madera grandes, con 18 metros de eslora. Y se compraron la lancha que tienen ahora. La probó y dijo “Esto es un peligro”.

Juan de Dios, durante la entrevista con Diario de Cádiz. Juan de Dios, durante la entrevista con Diario de Cádiz.

Juan de Dios, durante la entrevista con Diario de Cádiz. / Jesús Marín (Cádiz)

–(Juande retoma la palabra)

–Y cómo era el peligro, que yo tenía muy claro que me iba. O me iba por loco o por la vista, pero me iba. Al mes de irme se cayó uno de la lancha, Ángel, uno de los prácticos, y murió ahogado. Así que imagina si yo llevaba razón.

–Pero el muelle ha cambiado mucho…

–Ha cambiado todo. El muelle, ya de por sí, es un mundo aparte. En aquel entonces la carga no se movía aún por contenedores sino que se tardaba cuatro días en cargar o descargar un barco y ahora se hace en seis horas. Antes había dos mil portuarios, por decir un número, y ahora hay 45.

–¿Cuánto vale amarrar un barco?

–Depende del barco. Un portacontenedor de Boluda vale 250 euros, amarrarlo y desamarrarlo.

–¿El precio ha ido decayendo?

–Lleva muchos tiempo congelado. Así llevamos 11 años, con los mismos precios. Hay que reconocer que 250 euros no es dinero para amarrar un barco. Se necesitan cuatro hombres. Y si el trabajo es en La Cabezuela, trasládate hasta allí en coche. Con los cruceros sí se gana dinero.

–¿Eso es lo que os daba más dinero?

–Sin duda alguna.

–¿Usted considera que ha sabido vivir bien?

–Yo llevo dos años malos por lo de mi hijo Abel y por la crisis del muelle. Esto nos ha costado un dinero desde que en febrero decretaron el estado de alarma. Ya me ha comprado la empresa Boluda pero me he llevado muchos meses poniéndole al negocio ocho o diez mil euros de mi bolsillo.

–Paran los cruceros y se para el negocio…

–El 60 o el 70% del dinero procedía de los cruceros. Se paran los cruceros y se va a tomar viento la empresa.

–¿Qué futuro le ve al puerto de Cádiz?

–A ver lo que está por venir después de la llegada de Boluda y a ver qué pasa con la nueva terminal de contenedores. ¿Cuánto tiempo lleva la terminal hecha y no hay movimiento?… No le veo futuro al puerto. Hasta que no vuelvan los cruceros, esto no se enmienda. Vamos a ver qué pasa con las vacunas.

–¿Puedes pasar un día sin ver el mar?

–Yo lo veo todos los días. Yo me levanto a las 7 y me voy a andar. Vivo en la calle Ecuador, frente a Comisaría. Me vengo por el Paseo Marítimo hasta llegar a Plocia. Desde allí domino el muelle, desde la calle Plocia. Ese es mi cuartel general.

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