Ciudadanos de cádiz | Carlos Sacaluga Martel. Jubilado

"La miseria de antes era más fácil de llevar que la actual"

  • A sus 80 años, este gaditano de mente lúcida puede presumir de haber vivido el auge de la Caja de Ahorros de Cádiz y de ocupar cargos de importancia

CARLOS Sacaluga Martel fue una pieza clave en el Cádiz de la década de los 70. Su figura resulta fundamental para entender cómo la Caja de Ahorros de Cádiz ayudó con su apoyo a emprendedores de barrios deprimidos como La Viña. Trabajador incansable, apasionado de su familia y de su ciudad, tras jubilarse vivió momentos históricos como hermano mayor de la Santa Caridad, justo en el momento en que el hospital de San Juan de Dios pasó a manos del Obispado.

-Usted es gaditano de pura cepa, ocho décadas en esta ciudad que conocerá al dedillo supongo. ¿Dónde nació usted?

-Yo nací hace ya muchos años en esta ciudad. Antes del Movimiento, en el casco histórico, en la calle Rosario Cepeda, y allí estuve hasta 1967, que ya me vine a vivir a la zona de Asdrúbal.

-¿Qué recuerda de esa época de su niñez?

-Pues el hambre que había. Mucha hambre. Tengo muy buena memoria y conservo en mi mente las caras de personas de aquella época, como un mendigo al que llamaban El Chaquetón, porque siempre llevaba una chaqueta que le llegaba hasta las rodillas. Un día que iba yo para el colegio comiéndome un plátano me quitó de las manos la cáscara y se la comió. Es sólo un ejemplo del hambre y la miseria que había entonces.

-Vaya. Así que cuando oye usted hablar de crisis en estos momentos le entrará la risa.

-Bueno, la miseria es miseria siempre. Hoy, es triste, pero hay otro tipo de miseria, a lo mejor la de entonces era más fácil de llevar que la actual, ¿sabe?, porque antes no había esa riqueza ampulosa que se ve hoy día al lado del que pasa necesidad y hambre. Entonces lo que había era una diferencia tan grande entre las clases sociales que el pobre vivía en la miseria más absoluta.

-¿Y siempre ha vivido en Cádiz?

-Siempre. Cuando me jubilé mi mujer Ana y yo nos planteamos irnos a vivir a Sevilla, pero al final nos quedamos aquí.

-¿Cuántos hijos tiene usted?

-Seis hijos. Uno periodista, que ahora mismo está de decano de la Universidad Europea en Madrid, también estuvo en Tele Madrid ocho años; otro abogado, otro licenciado en Económicas que da clases; otra hija que es abogada y tiene dos guarderías; otra hija en Sevilla que es profesora; otra que todavía vive con nosotros... en fin, que tengo de todo.

-Me han dicho que hizo usted el servicio militar con un destino muy curioso.

-Pues sí, estuve en Canarias y fui lector de un general ciego, de Don Luis Gabarda, su secretario prácticamente, le escribía las cartas que mandaba luego a Franco, a Muñoz Grande...

-¿A Franco también le escribía? ¿Y qué le decía?

-Bueno, eran conversaciones de viejo, a ver si me entiende. El tratamiento que le daba él era Querido Francisco, imagínese, había sido su médico, le había llevado toda la campaña del Alzamiento, estuvo de director del hospital de Santa Cruz de Tenerife como coronel médico. Y estaba muy unido a Franco. En el despacho de Don Luis había una foto tomada en Burgos durante la Guerra Civil en la que está Franco con todos sus generales.

-Y tras su etapa en el ejército vuelve a Cádiz y ¿qué hace, cómo empieza a desarrollar su larga y prolífica carrera profesional?

-Yo era profesor de Mercantil, lo que hoy es Empresariales, y entré en Salinera Española a trabajar. Entonces el negocio de la sal era bueno todavía. Allí estuve seis meses, trabajando en la calle Rafael de la Viesca, hasta que me fui a la Caja de Ahorros de Cádiz, porque mi tío Carlos Manegol era director de la oficina que estaba en Puertas de Tierra. Yo entré y la verdad es que mi carrera la hice allí.

-Todo cambia cuando conoce usted a don Juan Sepúlveda, ¿no?

-Don Juan fue mi gran maestro. Yo tengo un recuerdo maravilloso de él. Me quería a mí y yo a él como un padre. Don Juan ha sido el mejor director de la Caja de Ahorros de Cádiz. Cogió la caja cuando aún se llevaba El Monte, y estaba en San Antonio, y se contaba que para cobrar los empleados había que esperar a que realizaran los ingresos los ayuntamientos. Así de mal cogió Don Juan Sepúlveda la Caja de Ahorros de Cádiz y la convirtió en lo que fue después.

-¿Cuántos años se llevó usted trabajando en la Caja de Ahorros de Cádiz?

-Pues entré en el 58, en la calle Nueva, donde hoy está Capital. Cuando llegué allí éramos tres empleados, Juan Muñoz, que en paz descanse, López Pavón, y yo, y mi tío de director. Todo se hacía a mano, no había ordenadores, era un trabajo de galeras, pero bueno, si te gustaba era bonito. Mi tío también trabajaba seguros, Hispania, luego Zurich, y yo después de comer cogía mi moto y me iba a trabajar también por la tarde los seguros con él.

-O sea que compaginó usted los dos trabajos.

-Sí, muchos años, y además daba clases en una academia de la calle Isabel La Católica.

-¿Y de dónde sacaba tiempo?

-Pues levantándome muy temprano y había días que me daban las doce de la noche trabajando. Así muchos años. Los domingos se los dedicaba a mis hijos y a mi mujer. Los sábados me iba con mi hermano, que era recaudador de impuestos en Sanlúcar, y yo me ponía a hacer seguros allí con Antonio Pozuelo. He trabajado mucho pero también he ganado mucho dinero, he criado afortunadamente a seis hijos, magníficos todos, buenas personas... con cinco carrerazas y he invertido mucho en su educación, de lo que me siento orgulloso. He tenido una vida muy plena y no me arrepiento de nada.

-Y conoce usted a todo Cádiz.

-Eso me dice mi amigo Ildefonso Marqués. Yo he estado muchas horas trabajando con el público, conocía todo el comercio, hoy en día no tiene nada que ver el trabajo de la banca con el que nosotros hacíamos antes. Nos daban cursos en Madrid que luego explicábamos sucursal por sucursal para que todos los trabajadores supieran como se debía atender a los clientes, hoy eso no existe. A lo mejor hoy vamos a cualquier banco, entramos, nos ponemos allí de pie y nadie se acerca a preguntar ¿le atiende alguien a usted?

-¿Qué le parece el momento actual que vive la banca? ¿Qué piensa cuando ve en los telediarios a algunos pájaros detenidos por llevarse dinero ajeno?

-Bueno, ladrones ha habido siempre. Esto lo quiero dejar claro. Yo me he llevado más de 40 años en la caja y es raro que cada dos años no cogiéramos a un ladrón.

-Pero serían picotazos más pequeños, ¿no?

-Ladrones al fin y al cabo. Ladrones. Nunca entendí cómo chavales preparados, con estudios, educados, podían hacer tonterías para llevarse un dinero que al final siempre detectábamos que faltaba en la caja. Una entidad financiera no puede permitirse el lujo de tener rateros. Aunque los habrá toda la vida. Eso sí, los de hoy en día son profesionales de guante blanco.

-Y su etapa de profesor, ¿cómo arranca?

-Pues mire, yo me quedé huérfano con 12 años. Mi padre era maquinista naval y muere en un accidente. Yo era el más chico de cinco hermanos. Dos mujeres y tres varones. A mis hermanos les cogió más mayores, pero yo era siete años más chico que mi hermano Paco, que era abogado. Ahí pasamos una etapa muy mala, porque de estar muy bien económicamente pasamos a estar muy mal. Así que un día, en la congregación de los Luises, que estaba en la iglesia de Santiago, el padre Muriel, que conocía mi situación, me preguntó si yo, a pesar de tener 16 años nada más, sería capaz de dar clases al hijo de una familia muy importante, de la nobleza, que veraneaba en la ciudad. Yo acepté el encargo y así gané mi primer sueldo, que fue de 800 pesetas por cada uno de los tres meses que le di clase. Fueron 2.400 pesetas, que entonces era una fortuna, como si hoy te pagaran 6.000 euros, por decir algo.

-Donde usted se labra su reputación y se hace con un nombre en la Caja de Ahorros es cuando lo trasladan a la primera oficina de La Viña. Cuénteme cómo fue aquello.

-Yo estaba aún en la calle Nueva trabajando, pero al morir mi tío hubo que nombrar a otro director. Estoy hablando del año 1966. Yo era muy joven, tenía 28 años. Era más lógico que nombraran a Juan Muñoz, que tenía más experiencia y diez años más. Pero al morir mi tío, don Juan, con el que ya tenía contacto casi a diario, me dijo que no sabía si mandarme a la urbana 3 de Santa María de la Cabeza o a una oficina nueva que iba a abrir en La Viña. Y yo le dije: me apunto. Le dije que me la jugaba, que me iba a arriesgar porque sabía que si me salía bien sería importante para mí. Ahí empecé a trabajar de la forma más brutal que se conoce, porque además yo seguía con mis seguros y con mis clases. Yo cogía mi cartera por la mañana y me iba a visitar puerta por puerta a todos los comerciantes del barrio para ofrecerles nuestros servicios.

-¿Cómo era la Viña en el año 66, cuando usted llega?

-Pues era un barrio más deprimido que ahora. Mucho más. También tuve ayuda de una persona muy importante para mí, Federico Joly, que para mí fue casi un padre, porque me ayudó muchísimo. Cuando me nombraron director de la sucursal yo fui a su despacho y le conté que me había hecho cargo de la oficina de La Viña. Don Federico me dijo que le parecía inteligente y que me iba a ayudar. Entonces el Diario de Cádiz quería comprar una nueva linotipia que se hacía en Alemania y que costaba 50 millones de pesetas. Un dineral entonces. Todos los sábados me llevaban dinero para esto, para meterlo en la caja y no tocarlo. Yo abrí el 16 de septiembre y a finales de año ya tenía 60 millones, además de todo lo que le había metido al barrio. Yo conseguí muchas cosas en la Viña con la ayuda de Dios, y con la de don Federico, dicho sea de paso.

-¿Y cómo llega a la Santa Caridad?

-Pues porque vuelvo a la sucursal de la calle Nueva y un día Paco Arenas me comenta que cómo es que yo no era hermano, me hice y al poco tiempo me metieron en la junta. En aquella época la Santa Caridad administraba el hospital de San Juan de Dios.

-¿Por qué?

-Pues muy sencillo, porque tenía un déficit de aproximadamente 400 millones de pesetas el hospital. Las cosas se habían puesto negras, hubo una administración muy mala, los ancianos que había ingresados eran casi todos de caridad, la nómina mensual era de unos 6 millones de pesetas, los ingresos no llegaban, la Junta pagaba cada seis o siete meses, los intereses bancarios eran muy fuertes. En fin, se pasó una época horrorosa.

-¿Y cómo fue usted capeando el temporal?

-Bueno, hubo gente que se interesó por el hospital, uno de ellos fue la residencia del Lago de Arcos, otros fueron los de La Barrosa, pero todos iban a ver de lo que podían beneficiarse. Incluso los del Lago de Arcos me ofrecieron un préstamo de 450 millones de pesetas. Nos reunimos en un hotel en Sevilla, y también vino un representante de la Junta de Andalucía, pero yo expliqué que no podía hacer una hipoteca sin haberlo llevado a la hermandad ni ser aprobado por Cabildo, porque eso era como vender el hospital. Eso estaba claro. Era entregar el hospital a cambio de esos 450 millones de pesetas. Pero yo decía, 4.500 metros cuadrados en la plaza de San Juan de Dios, con una capilla, una iglesia, ¿cuánto vale eso en Cádiz? ¿Mil millones? Yo lo vi así de claro. Aquella noche no dormí, fue horroroso. Y a las ocho de la mañana me fui al Obispado. Me encontré con Domínguez Leonsegui y le comenté que yo le entregaba el hospital a la Iglesia pero con todas las de la Ley, aprobado en el Cabildo, con la firma de todos los hermanos. Y eso es lo que hicimos.

-Y ahora mismo, ¿cuáles son sus aficiones?

-Pues pasear por la mañana, salgo con mi amigo Paco a pasear, y por la tarde lo mismo. Actividades no tengo ninguna, pero tengo mi familia, diez nietos, y soy muy feliz con mi familia. La tengo toda situada, que ya eso, hoy día, es para estar contento. Yo me aburro un poco porque soy una persona muy activa, pero bueno, lo vamos llevando.

-¿Y cómo ve la ciudad?

-Pues muy mal. Porque desde el punto de vista financiero España necesita un apoyo muy firme del Gobierno, y eso no lo tenemos. Que el PP lo está haciendo mal, pues sí, pero es verdad que están sacando toda la mierda del mismo costado, porque creo que todos tienen que ocultar, el PSOE y todos, y el Gobierno se ha debilitado terriblemente. Veremos a ver las pensiones, qué pasa con ellas. España tiene un problema muy gordo.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios