El paseante

El incivismo como norma

  • Astilleros. El privilegiado paseo que limita el barrio más joven de la ciudad con el mar amaneció ayer con pintadas y suciedad en bancos y con basura en los jardines del parque

NO es un reportaje buscado a conciencia. Surgió de casualidad. Un paseo mañanero por el paseo del barrio de Astilleros nos hace tropezar con diferentes huellas de la falta de civismo de algunos, lo que hacía pensar que la pasada madrugada tuvo que ser movidita en la zona, a pesar de que se trataba de un miércoles -no de una noche de sábado cuando en Cádiz salían los jóvenes a la calle, ni ninguna fiesta especial-. Limitamos el reportaje al tramo de paseo desde la piscina municipal hasta la confluencia con la calle América.

El primer golpe contra el civismo se apreciaba ayer en uno de los bancos del paseo, justo detrás de la piscina, donde uno o una decidió dejar para la posteridad su mensaje de amor al cumplirse hoy, se entiende, el primer aniversario de su relación (salvo que encima se hubiera equivocado en la fecha). Una gran pintada con las palabras "Te amo mi vida" y la fecha de hace un año ocupan todo el asiento de ese banco. Otro banco más adelante había quedado inutilizado al estar ensuciado, presumiblemente, de los restos de carnada que se utilizan para pescar; como si se hubieran manipulado y utilizado directamente en el banco, sin recoger al terminar la pesca. En otro caso, un banco llega a aparecer desplazado de su lugar natural, a pesar de ser pesadas estructuras de piedra.

Más atentados al civismo: en el interior del parque amanecieron ayer varios vasos de plástico y hasta un envase de yogur y una servilleta, justo al lado además de una papelera, como si se hubieran lanzado al interior desde el propio paseo. Y junto a una palmera también apareció ayer una bolsa llena de pan (bien de otro pescador que la utilizara durante su labor y la dejara allí después o bien por alguien que pretendía dar de comer a los gatos que hay por la zona).

A todo esto, súmenle la pérdida progresiva y continua de las barras de acero que conforman la balaustrada de este paseo; o las no menos repetidas defecaciones de perros, completando así, en los pocos metros que separan la piscina municipal del final de este paseo en su conexión con la calle América, todo un muestrario de incivismo -fruto además de diversas personas o grupos de personas, salvo que alguien que fuera con un can llevara una bolsa de pan en la mano, un rotulador, los utensilios de pesca y un yogur que dejará por allí- en pleno miércoles.

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