La vida social a principios del siglo XX más allá de las murallas

El comienzo de la transformación del Cádiz de Extramuros

  • Crónica de la apertura al público del establecimiento Vista Hermosa, el 22 de diciembre de 1906, y del Balneario Reina Victoria, que abrió sus puertas el 2 de agosto de 1907

Balneario Victoria. Terraza alta. Clientes y personal de servicio. Hacia 1910. Balneario Victoria. Terraza alta. Clientes y personal de servicio. Hacia 1910.

Balneario Victoria. Terraza alta. Clientes y personal de servicio. Hacia 1910.

En la vida de las ciudades hay establecimientos, industrias o negocios, que suponen un desproporcionado revulsivo urbanístico y social, que terminan siendo más decisivos que repensados planes urbanísticos posteriormente ejecutados con grandes dificultades durante largos años. Aunque también es cierto que dichos establecimientos, a su vez, se edificaron y comenzaron a funcionar en unas circunstancias favorables y respondiendo a una demanda social. No obstante, en el tiempo de que trataremos, en Cádiz, esa hipótesis de la demanda social, ese riesgo del emprendimiento, estaba aminorado por la connivencia entre los inversores burgueses y los burgueses que ocupaban el poder político en unas instituciones tan clasistas como poco democráticas.

En mi opinión, en la historia moderna de la ciudad de Cádiz, hay pocos ejemplos más claros de esto que comentamos que la construcción, puesta en funcionamiento y apertura al público del binomio formado por el establecimiento Vista Hermosa y el Balneario Reina Victoria. El primero inaugurado el 22 de diciembre de 1906 y el segundo, ocho meses después, el 2 de agosto de 1907.

Ambos establecimientos vincularon sinergias y se convirtieron, “allá en la lejanía” del casco histórico (el único Cádiz entonces existente), en el tirón de la ocupación urbanística de Puerta de Tierra, después completada lentamente durante el siglo XX. Pero además, estos establecimientos también resultaron ser de gran importancia en la configuración del sector turístico y de servicios, claves en la configuración del modelo de ciudad que Cádiz fue posteriormente adoptando.

En la estribación izquierda del camino terrizo a la ciudad de San Fernando, había un cruce con el camino que iba hacia el barrio y el castillo de Puntales. En dicho cruce, donde había instaladas varias ventas (El Ventorrillo de la Victoria, La Alegría de la Huerta, Villa Eugenia y La Cruz del Campo), se construyó (frente a lo que es hoy la entrada de vehículos al Hospital Universitario Puerta del Mar), el gran establecimiento de hostelería Vista Hermosa. Un proyecto que su propietario, D. Francisco Hoyos, encargó a D. Adolfo Estrán, quien demandó la participación de los mejores talleres y artesanos que había en la ciudad en cada sector, para edificar un amplísimo y atractivo establecimiento de traza modernista.

El establecimiento, con una fachada de compás abierto sostenido por columnas, tenía unas terrazas de forma triangular para 72 mesas con amplitud sobrada para centenares de ocupantes. En el interior, tras una amplia entrada, estantería y mostrador corrido, tenía 9 comedores alrededor de un patio central donde se ubicaban la cocina y, ante ella, la bodega para el despacho ordinario, todo ello alumbrado por 8 aparatos modernistas, de gran potencia, con tulipas de colores. En la planta baja, en la huerta, estaban situadas las bodegas, los almacenes, los depósitos y los servicios.

El hecho de que hasta ese cruce de caminos ya llegase el recién inaugurado tranvía a San Fernando y La Carraca (14 de marzo de 1906) multiplicaba las posibilidades de acceso de los gaditanos a aquella Vista Hermosa, antesala de la playa. Lugar de contemplación e higiénicos paseos, pero donde aún nadie se bañaba, ya que entonces los baños había que hacerlos, por costumbre, higiene, moral y ordenanzas municipales, en los Baños del Carmen y los del Real, establecidos, respectivamente, junto a la Alameda Apodaca y La Caleta.

Pero el cronista de la inauguración de Vista Hermosa, sorprendido por el éxito del establecimiento ya intuía (y demandaba) la gran transformación que aquella zona podía tener y su función dinamizadora para la ciudad:

“Aquella carretera, en cuyo tránsito nadie prestaba atención hace solo unos meses, constituye hoy un punto de notable atracción, y cuando mañana el balneario sea un hecho habrá nueva razón para que sea uno de los lugares predilectos para el solaz y esparcimiento del vecindario y forasteros, a quienes ha de ofrecerse condiciones ventajosas sobre las que hoy ya tienen otras estaciones de verano […] Un barrio que no parecía interesar, de pronto se ha convertido en un lugar donde transitan millares de personas a diario, y las tiendas establecidas por este impulso, antiguas y moderna, sirven de constante apeadero a centenares de personas en un vaivén continuo de actividad y movimiento […] Hay que alentar a los hombres de dinero a crear nuevos negocios y urbanizar extramuros, hasta que Cádiz termine en la Cortadura”.

La inauguración del balneario llegó pronto. La sociedad de capitalistas gaditanos que obtuvo la concesión del Gobierno Civil, presidida por D. Fernando García de Arboleya, metió prisa. La obra, proyectada por el arquitecto municipal D. José Romero Barrero, recibió la aportación de piedras, para su difícil cimentación sobre arenas volanderas, del monumental derribo que por aquellos días se realizaba de la muralla histórica de Cádiz. Todo lo cual, sumado a la participación de los mejores talleres y profesionales de la ciudad, hizo que el edificio, construido con hormigón armado y de marcado estilo modernista, se construyera en poco más de seis meses.

Pero, no lo olvidemos, aquello era un balneario, no un hotel, lo que significa que no tenía habitaciones. Tenía grandes salones (para bailes, fiestas y celebraciones), un elegante casino, amplio restaurante, cantina, bar parisién, salón de billar, terrazas, oficinas, cocina, dependencias de servicios y después, por detrás, una zona acotada con rampas por la que se desplazaban 20 casetas con ruedas para acercar los bañistas hasta el agua (“para evitar a los bañistas las molestias que pudiera ocasionarle la travesía por la arena”). Dichas casetas móviles contenían 3 asientos corridos, perchas, espejo, jofaina, barreños y sillones a la entrada “para descanso y recreo de los bañistas”. En el agua, en la parcela marina acotada por estacas, hombres y mujeres, por separado, eran atendidos y supervisados desde sus lanchas por bañeros expertos elegantemente uniformados. Para antes o después del salutífero baño de mar, el balneario contaba con ocho cuartos de baños con agua templada, con sala de espera y lectura. Para atender todos estos servicios en el balneario trabajaban 250 personas.

Era tal la expectación antes de la inauguración, que la zona del balneario era visitada a diario por cientos de personas llegadas en tranvías y carruajes desde Cádiz, San Fernando y poblaciones limítrofes. Los visitantes curioseaban hasta los menores detalles elogiando el lujo y gusto de todos ellos, las cristaleras de colores, las lámparas de arco voltaico, las pinturas y los murales modernistas, “haciendo presagiar que esta deliciosa playa del Sur será el sitio preferido por gaditanos y forasteros”.

Una decisión hoy chocante, por el planteamiento general de elegancia que se le había dado al conjunto del balneario, fue el poner un enorme cartel ocupando toda la techumbre del pabellón central, con el nombre ‘Balneario Victoria’. Aunque, por otra parte, lo moderno empezaba a ser la publicidad sin miramientos y aquello se quería que fuese “muy moderno”.

La presión social por la apertura era tanta, que el balneario se abrió al público antes de su inauguración, recién terminado el ramal de la línea 2 del tranvía (Alameda Apodaca – Balneario) y cuando aún se ultimaban las zonas ajardinadas y los elementos decorativos. Los billetes para la entrada se podían adquirir en un kiosco instalado en la rotonda de delante del edificio (recién urbanizada), con entrada para el baño o solo para acceder a las dependencias del balneario, existiendo también un billete combinado para el tranvía y la entrada al balneario. Un sexteto se ocupaba de poner música ambiente y de baile, tarde y noche.El primer día de apertura del balneario se bañaron en La Victoria 80 personas de ambos sexos y fueron 598 las que visitaron el balneario utilizando el billete combinado del tranvía.

En el balneario todo era por y para los miembros de una clase social: la burguesía. Los miembros de la clase obrera estaban para trabajar, servir y mirar (cabreados o complacidos) a los usuarios del balneario. Pero el balneario necesitaba que todos fueran sus clientes, que los trabajadores también fueran consumidores, y ello lo consiguió, en parte, concertando con D. Antonio de la Rosa la instalación tras el edificio, en la playa, de un cinematógrafo, que comenzó a funcionar la noche del 31 de julio: “El imprescindible entretenimiento ha cambiado en una noche y por completo el aspecto del balneario, democratizándolo y haciendo que concurra público de todas las clases sociales. Desaparecieron los corrillos sociales para dar lugar a la matemática colocación de todos los espectadores ante la pantalla”. Aunque aquellas condiciones del nuevo espectáculo de bajo coste, que, en la oscuridad, eliminaba los estatus sociales e igualaba a las personas en su condición de espectadores (aunque el gacetillero no lo mencione) aún provocaba retraimiento en las familias burguesas. Pero esa es otra película de la que otro día hablaremos.

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