Cádiz

"En la ciudad se podrían haber hecho cosas de otra forma"

  • El arquitecto Juan José Jiménez Mata repasa, coincidiendo con su jubilación, su trayectoria profesional y el desarrollo de Cádiz, hechos que de alguna forma han ido unidos

UNA amplia trayectoria profesional, una implicación considerable y una cierta edad permiten hoy en día al arqutitecto Juan José Jiménez Mata hablar de las cosas de su ciudad que siempre le han importado con altura de miras, sin cortapisas y con argumentos. Bajo estas consideraciones transcurre una agradable entrevista de cerca de dos horas en su despacho de la Avenida en las que se habla del desarrollo de la ciudad, de la Aduana, del Puente, de la arquitectura...

-¿Cómo se ve Cádiz entre planos y proyectos?

-Pues con sus luces y sus sombras. Para mí la operación más importante de todas creo que ha sido la del ferrocarril, aunque yo no estoy de acuerdo en muchos detalles, como que la avenida no fuera recta o que se construyeran esas estaciones-apeaderos, que podían haber sido simplemente unas entradas de metro. Esa operación ya se estudió cuando hicimos el Plan del año 83, pero se descartó por su alto coste, creo que era de 15.000 millones de pesetas. El soterramiento ha dado un cambio a la ciudad; antes eran dos ciudades divididas por una barrera terrible. En treinta años ha sido la mejora más importante de la ciudad. También hay que hablar de las operaciones en el casco antiguo, donde también hay luces y sombras; se ha hecho un esfuerzo económico importante, pero los resultados no son todo lo favorables que se quisiera, quedan muchísimas cosas por hacer. Y el Puente, para mí, es el otro gran asunto de la ciudad. Yo siempre he sido muy crítico; es curioso que cuando se decide hacer el Puente se abre el tercer carril y parece que el problema de tráfico queda solucionado. A mi juicio, el Puente podía haber esperado treinta años; y en su lugar se podía haber hecho un túnel. El coste del Puente es tremendo, con las necesidades que tiene Cádiz.

Esos son para mí los tres grandes asuntos. Y luego hay un sustrato sociológico que no estaría mal tratar: la gente está paralizada, el movimiento vecinal que en los años 70 fue el motor de la democracia se perdió por completo y se echa de menos, porque hay muchas necesidades.

-Ha hecho una radiografía muy amplia en un instante.

-Bueno, y también habría que hablar de otra cosa importantísima: la relación puerto-ciudad. A mí se me pone la piel de gallina al leer que el puerto quiere construir ahora otro edificio entre la ciudad y el cantil del muelle. Me parece un error tremendo. Va contra la ciudad y la propia industria de los cruceros. No tiene pies ni cabeza. ¿Por qué no hacen como Málaga, Gijón o Barcelona, en lugar de construir un nuevo edificio que va a ser una nueva barrera entre el cantil y la ciudad?

-¿Ha cambiado mucho la ciudad en estas últimas décadas?

-La ciudad ha mejorado en muchos aspectos, pero podría haberlo hecho mucho más con inversiones más fuertes o mejor administradas, como decía antes sobre el puente. También creo que la ciudad ha empeorado en cuestiones como el transporte, la relación del puerto con la ciudad que decía antes o el desgraciado asunto del edificio de la Aduana.

-Menciona usted uno de los temas más polémicos del urbanismo de la ciudad en los últimos años.

-La Aduana no tiene interés ninguno y la ciudad necesita una gran plaza de la estación, que sería la gran articulación entre el casco antiguo y la ciudad nueva. No entiendo la defensa de este edificio, que es un pastiche que responde a la arquitectura pseudoneoclásica que se hacía en tiempos de Franco. Y no propongo que se derribe por eso, porque en el franquismo hay muy buena arquitectura; pero es que este edificio sin valor lo que tiene que hacer es desaparecer para beneficio de la ciudad. La declaración que hizo la Junta en su momento para evitar el derribo me parece totalmente errónea, basada en un informe de unos historiadores del Arte que se podría discutir mucho.

-¿Qué le parecen como arquitecto esos movimientos ciudadanos como el de la Aduana o ahora más recientemente el del Museo del Carnaval?

-Me parece muy bien. Ojalá hubiera muchos movimientos de estos, pero para otras cosas. Me llama la atención que esos movimientos sean uno para la defensa de un edificio indefendible como la Aduana y otro sobre el museo del Carnaval, cuando hay asuntos mucho más graves en la ciudad.

Por cierto, a mí me gustaría que en la Viña hubiera una plaza como la hubo antes de construir el instituto. Y al Museo del Carnaval probablemente se le podría buscar otra ubicación. En el solar del Terraza veo necesario construir un edificio para terminar la medianera del Andalucía, que es un elemento que quedó ahí horroroso. Lo que no sé es si ese edificio podría ser o no Museo del Carnaval. Pero yo respetaría la antigua plaza de la Reina en La Viña. Esa zona necesita una plaza, los niños tienen que jugar. Yo jugué ahí cuando chico, cuando estaba el edificio de la Audiencia.

-Usted ha tenido la oportunidad de vivir muchas veces en primera línea de batalla estos movimientos o cambios de la ciudad en los últimos años desde diferentes posiciones.

-Sí. Tuve la suerte primero de trabajar en el Plan General, cuando Carlos Díaz encargó la formación del equipo a Eduardo Mangada, que acababa de dejar de ser concejal de Urbanismo en Madrid, y me llamó junto a Fernando Domínguez y a Rosa Urioste. Hicimos el Plan General en un año, muy poco tiempo, y fue un plan muy importante. En Cádiz había planes anteriores que se guardaban en un cajón y no se cumplían. Hay mucho Cádiz hecho a contraplan, como el Paseo Marítimo y la mayor parte de Puertatierra. En eso la ley del Suelo del 76 fue muy importante. Antes de eso estuve de presidente en el Colegio de Arquitectos, en el 75 y 76, que fue cuando empezamos la defensa del casco antiguo, que con el alcalde Beltrami sufre una situación difícil porque es cuando se construyeron los edificios altos de la Alameda y cosas así. También hicimos una defensa del Cerro del Moro. En esa época queríamos desarrollar la función social que tiene la arquitectura.

-Llegó a ser concejal de Urbanismo, incluso.

-Fue una propuesta que no podía rechazar. Las elecciones del 83 coincidieron con la redacción del plan, y eso llenó de contenido la campaña. Era algo muy interesante. Yo entré como independiente en el grupo socialista, pero con total sintonía con ellos en ese momento primero. Creo que hicimos cosas positivas, como la adquisición de los cuarteles de Genovés al Ejército, muy codo a codo con Mariano Peñalver, entonces rector de la Universidad, o la compra del colegio de San Felipe a los marianistas cuando lo cerraron. Curiosamente, al cabo de los años, la última obra que he hecho son unas reparaciones en ese colegio. También se encargó siendo yo concejal el Plan Especial del Casco Antiguo.

-Pero aquella etapa en la política no duró mucho.

-Estuve dos años y medio. Tuve un pequeño encontronazo con el grupo porque en un Pleno voté en contra cuando se le cedió el suelo a Tabacalera y se le concedió la medalla de la ciudad. Ese asunto no se había debatido antes a nivel interno y voté en contra. Entonces el alcalde me retiró la confianza y acabé un año y medio solo en el Grupo Mixto; y sin delegación de Urbanismo, por supuesto. A partir de entonces ya me dediqué a mi despacho.

-También estuvo usted implicado en el recordado 'Cádiz 3'. ¿Sigue viendo aquello un proyecto imposible?

-Siempre fue un disparate. Siendo yo presidente de Arquitectos, Dragados llegó al despacho de Almagro a llevar una maqueta para llenar con bloques desde Cortadura hasta Río Arillo o hasta Torregorda, no recuerdo bien. Luego llegó a haber un avance de plan por el Ministerio. E incluso se llegó a dar licencia de obras para construir bloques de diez plantas en la playa de Cortadura. Eso lo paró el Gobernador Civil por denuncia del Colegio de Arquitectos. Ahí sí tuvo el colegio un empuje muy fuerte.

-¿Cree que está la ciudad aprovechada urbanísticamente?

-Yo creo que hay cosas que se podían haber hecho de otra forma. Las murallas se podían haber conservado, llegando el tráfico al centro por abajo, como la red ferroviaria. La expansión de Puerta de Tierra se hizo muy mal, sin equilibrar. En La Laguna, por ejemplo, tenemos 300 viviendas por hectárea, cuando la Ley de Suelo señala un máximo de cien viviendas en casos ya excepcionales; y casi la única plaza que hay allí, la de Reina Sofía, también iba a ser un edificio de ocho plantas. ¿Y qué decir del estadio inflado? Me parece un disparate desde el punto de vista del vecino que vive ahí al lado, ese agobio visual del edificio que le han construido delante, ese agobio de los días que hay fútbol, esos gastos tremendos... Como ve, hay cosas que se han hecho muy mal.

-La Catedral de Cádiz ha sido una de sus grandes ocupaciones.

-Eso ha sido para mí una suerte. Eso empezó por la Consejería de Cultura, que me encargó el levantamiento de planos y diagnóstico en el año 85. Y desde entonces, he hecho actuaciones esporádicas, que creo que en total han sido doce o trece obras. No ha sido como en Sevilla, que hay un maestro mayor que tiene a su cargo el mantenimiento de la Catedral y que está remunerado; han sido contrataciones esporádicas, pero la Catedral me ha dado mucho y me ha permitido conocer e investigar sobre la figura de Vicente Acero, que me parece un personaje impresionante. Hoy en día es un edificio que me sigue interesando muchísimo y al que siempre estoy llevando gente. Ya no trabajaré más en ella pero seguiré hablando de ella y asesorando si me lo permiten.

-¿Ha sido la Catedral su gran pasión, su gran quebradero de cabeza o su gran frustración?

-Quebradero nada. Pasión, toda. Y además he de decir que siempre he tenido comprensión, entendimiento y apoyo de la Iglesia. Ojalá todos los clientes fueran como ellos (sonríe). Y no es frustración, pero sí deseo de hacer más. Hubo un momento en que la Junta comenzó muy fuerte, que fue cuando dio dinero para toda la actuación exterior, pero luego paró porque había otras necesidades en Andalucía. Entonces vino el Plan de Catedrales de Madrid, donde se destinó un millón de euros para la cúpula central, el trascoro, la Capilla de las Reliquias y la Sacristía Baja. Ya hoy no hay nada de eso. Menos mal que el actual Cabildo se toma en serio la inversión en la Catedral.

-Además de la Catedral ha intervenido usted en muchos templos. ¿Es este un terreno donde se ha sentido especialmente cómodo?

-Es un poco lo que te ha tocado. Pero sí es cierto que cuando empiezas a trabajar en la rehabilitación de edificios antiguos te empapas de historia y es muy gratificante. Recuerdo la actuación en la iglesia de Santa Catalina de Conil, que estaba desahuciada, llegó a tener licencia para derribarla, y logramos salvarla. Ya luego he trabajado en San José, en el interior y en el exterior; en La Pastora, ahora en San Antonio... Son edificios donde por poco que hagas te satisface mucho.

-¿Y entiende que las administraciones destinen fondos a la rehabilitación de este patrimonio religioso?

-El patrimonio histórico de la Iglesia forma parte del patrimonio histórico del ciudadano. Desde ese punto de vista, veo lógico que las administraciones contribuyan a mantener ese patrimonio, que además hoy en día tiene unas necesidades tremendas. ¿Cómo puede la Iglesia abordar todo eso? Lo ideal sería lo que hizo en su día la parroquia de San José: que los propios feligreses costeen las obras de rehabilitación, aunque creo que eso se debería completar con la intervención de las administraciones. Eso sí, no me parece bien que la Junta se gaste diez millones de euros en arreglar el Oratorio y ahora no se pueda celebrar un concierto o haya que pagar por entrar. Creo que ahí debe buscarse un entendimiento. Y también creo que la Iglesia podría desprenderse de algunos edificios para darle otros usos.

-Se acaba de jubilar. ¿En qué momento deja su profesión?

-Muy malo. En este país han pasado cosas... Hace diez años, en el boom inmobiliario, la profesión tuvo gran parte de culpa, construyó casi sin criterio; y ahora se está pagando eso. Además, ahora toda la arquitectura se quiere hacer con tecnología. La arquitectura siempre ha tenido sus medios de defensa contra la naturaleza; los patios, por ejemplo, son una defensa hacia el sol y las temperaturas. Ahora todos los elementos tecnológicos son más importantes que los conceptos. Estamos pasando a ser meros decoradores de fachadas y poco más. A eso hay que sumar que no hay trabajo. En cinco años se construyeron las viviendas que tendrían que haberse hecho en treinta. En parte, yo me jubilo también porque se ha quitado un poco la ilusión. Y lo siento por la gente joven. Veo la profesión en un momento muy difícil.

-¿Ha dejado Jiménez Mata en el cajón algún proyecto que le hubiera gustado realizar?

-Sí, claro. Hay un proyecto para el ISE en el instituto Santa Isabel de Jerez, que en su día fue convento y luego hospital. Es un salón de cuarenta por ocho para el que hicimos el proyecto hace unos años y me voy sin hacer la obra. Y, por supuesto, arreglar la iglesia de La Pastora. En su día hice el presupuesto de una segunda fase, de 450.000 euros y no lo he llegado a hacer.

-¿Qué balance hace de su vida profesional?

-He sido muy afortunado. También creo que me he equivocado muchas veces, que ha habido obras que no debería haber hecho o que debería haber hecho de otra forma. Y pienso que tendría que haber escrito más y haber dado más clases. Eso es algo que me llena y es a lo que me quiero dedicar ahora. Pero bueno, he vivido de la profesión con total comodidad. Soy muy afortunado.

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