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hostelería

La cafetería Miami echa la baraja

  • El establecimiento cierra sus puertas después de casi 60 años de vida

  • Desde 1992 este bar histórico situado en la avenida de Andalucía ha estado regentado por Agustín Castro

Agustín Castro posa en la tarde de ayer en la Cafetería Miami con el fondo del establecimiento desmantelándose poco a poco. Agustín Castro posa en la tarde de ayer en la Cafetería Miami con el fondo del establecimiento desmantelándose poco a poco.

Agustín Castro posa en la tarde de ayer en la Cafetería Miami con el fondo del establecimiento desmantelándose poco a poco. / lourdes de vicente

"Me siento como si dejara huérfanos a mis clientes". Agustín Castro Sánchez tenía una sensación muy rara ayer en la cafetería Miami, la misma que ha regentado desde el año 1992 y que ayer cerraba sus puertas definitivamente. Ponía fina a una historia que se inició en el año 1959 con la familia Paredes, que después continuó Sánchez Bermúdez y finalmente desde 1992 con Agustín y su hermano Juan Antonio, aunque éste salió el negocio hace tres años: "Cuando se va tu hermano, se va tu segundo pilar, es difícil sustituirlo". Precisamente en estos últimos años ha trabajado con él en la cafetería su esposa Alicia Campos Ochoa: "Yo he conseguido mi particular estrella y esa ha sido mi mujer". Y no lo dice precisamente en plan metafórico porque allí fue donde la conoció.

Agustín Castro habla con la pena de quien deja atrás un negocio que ha sido su vida durante casi 25 años pero también con el descanso que aventura que va a tener después de que en los últimos años no disfrutara del mismo como debía. Un cúmulo de circunstancias personales y profesionales le han llevado a tomar esta decisión.

La cafetería Miami fue la primera que contó con televisor y ha sido lugar de encuentro de muchísimos profesionales a lo largo de todos los años y de multitud de tertulias. Uno que ha sido cliente fijo hasta el final y que se reunía allí con sus amigos era el que fuera alcalde Carlos Díaz.

Agustín Castro, que se formó como cocinero en la Escuela de Hostelería Hoffmann de Barcelona, reconoce que "no he sido un buen empresario". En este sentido, asegura que su lucha ha sido la de no bajar la calidad y tampoco subir los precios.

Viñero, la hostelería le venía en la sangre de su padre, Santos Castro, que fue propietario de El Boquerón de Plata en la calle San Félix.

En los últimos años reconoce que no ha disfrutado de su gran pasión, que es la cocina y más en el ámbito creativo. Asegura que quizás perdió el tren cuando todavía el boom de la cocina no había llegado a este país y él tenía una buena formación. "Quizás me debería haber enfocado a crear una marca".

Sin embargo, no se arrepiente de los buenos momentos en esa cafetería en la que anteriormente trabajó de camarero y en la que su anterior propietario le dijo que alguna vez el negocio se lo vendería. Ahora, al menos, se ha asegurado que va a mantener la licencia de cafetería y espera algún día volver como cliente. El futuro le depara primero un descanso y después iniciar nuevos proyectos.

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