El adalid de la 'ruptura pactada'

Aceptó la Monarquía en un momento en que el PCE era la única fuerza opositora con una sólida implantación en España

Ramiro Fuente (Efe) / Madrid

19 de septiembre 2012 - 01:00

Admirado y cuestionado dentro del Partido Comunista de España (PCE), respetado o temido por sus adversarios, siempre polémico en sus decisiones, Santiago Carrillo contribuyó de forma crucial a encauzar la transición política por la senda de lo que él denominaba una "ruptura pactada".

Su apuesta por aceptar la monarquía en un momento en el que el PCE era aún la única fuerza política con implantación real en España dio un giro decisivo a la evolución del país y sorprendió tanto a los promotores del franquismo sin Franco como a la desconcertada militancia comunista, volcada durante años de lucha clandestina en recuperar las libertades.

No fue esa la única decisión polémica adoptada por Carrillo desde que asumió la tarea de reorganizar el PCE al término de la Guerra Civil. En 1956 su política de "reconciliación nacional" dio lugar a escisiones y abandonos por parte de quienes no compartían la necesidad de restaurar la democracia sobre la base de perdonar a los que habían contribuido a impedir su restablecimiento.

La disciplina de unos militantes conscientes de la importancia de preservar la cohesión como forma de supervivencia bajo la represión de la dictadura facilitó, no obstante, la aceptación de las sucesivas estrategias de Carrillo entre los numerosos integrantes del PCE que desplegaban actividades clandestinas dentro de España, muchos de ellos desde las cárceles franquistas.

El "partido", como se conocía el PCE, contaba con 25.000 militantes y muchos más simpatizantes cuando él tomó, en 1960, el relevo de Dolores Ibárruri al frente de la secretaría general y, desde ese puesto, protagonizó años después un progresivo distanciamiento de la URSS.

Las espadas se mantuvieron en alto hasta más de un año después de morir Franco, cuando la capacidad de movilización pacífica que demostró el PCE con su respuesta pública a la matanza de Atocha convenció a un joven Adolfo Suárez para sentarse a pactar, el 27 de febrero de 1977, las condiciones de legalización del partido.

Este primer encuentro marcó el inicio de una inesperada relación de amistad con Suárez, cuya decisión de legalizar el PCE el histórico Sábado Santo Rojo de 1977, según el análisis del propio Carrillo, rompió en dos el bloque franquista, aisló a los ultras y creó las condiciones para la "ruptura pactada", que desembocó en la Constitución de 1978.

Sin embargo, paradójicamente, la decadencia del PCE comenzó con su salida a la luz, cuando la militancia aún no había asimilado el nuevo modelo de organización promovido por Carrillo.

Carrillo siempre se mostró satisfecho de la "influencia en la política española", que ejerció aquel PCE con sólo 20 escaños, pero sus perspectivas electorales apenas mejoraron en los siguientes comicios, que situaron en 23 el número de diputados comunistas.

La debacle de 1982 precipitó su renuncia a la secretaría general en favor de Gerardo Iglesias quien, atrapado entre "renovadores" y "prosoviéticos" no tardó en volverse contra su mentor para forzar la "autoexclusión" de Carrillo y del resto de comunistas que compartían sus ideas.

Apartado voluntariamente de la política activa, desde que en 1991 fracasaran definitivamente sus intentos de reunificar a las distintas familias comunistas españolas, Carrillo mantuvo hasta el último momento su disposición a atender las peticiones de quienes solicitaban su opinión sobre la actualidad del país.

En estos diagnósticos después de los 60 años ininterrumpidos de actividad política, el ex líder comunista conservaba la ironía socarrona y la agudeza verbal fumando un cigarrillo .

Quienes hayan vivido la historia reciente de España, recordarán también de él otras imágenes: la célebre peluca con la que burló el dispositivo de seguridad que debía impedir en 1976 su entrada en el país y la dignidad con que se mantuvo firme en su escaño, al igual que Adolfo Suárez, frente a los disparos con que los golpistas del 23-F, intentaron abortar una democracia aún débil.

stats