Cádiz

Un acto de justicia con José Rizal

  • Mañana se descubre en la Alameda un busto del héroe nacional filipino Defendió la autonomía de Filipinas como provincia de España Fue fusilado en Manila a los 35 años

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El 30 de diciembre de 1896, a las siete de la mañana, un pelotón de fusilamiento de las fuerzas militares españolas en Manila, acababa con la vida de José Rizal, héroe nacional filipino, considerado el libertador de un país que durante más de tres siglos fue una colonia de España.

Según los testimonios recogidos por muchos historiadores, tras los disparos se pudieron escuchar gritos de "¡Viva España!" y una banda de música interpretó la Marcha de Cádiz, compuesta por Federico Chueca y Joaquín Valverde en 1886 en honor de quienes lucharon por la independencia de España frente a las tropas de Napoleón.

Mañana viernes, Cádiz tendrá un protagonismo bien diferente en torno a la figura de aquel médico y escritor filipino al que España, en una decisión injusta y además poco inteligente, convirtió en mártir para la causa de la revolución en esas islas orientales. Y fue poco inteligente porque lo que durante toda su corta vida defendió José Rizal no fue la independencia de Filipinas de España, sino dejar de ser una colonia para convertirse en una provincia más con la misma autonomía que gozaban algunas otras en ultramar. De ahí el reconocimiento que 217 años después se le va a rendir en una ciudad que mantuvo durante siglos una relación comercial intensa con Filipinas. El descubrimiento de un busto en la Alameda Apodaca, junto a los de otros héroes de antiguas colonias españolas que miran al mar desde ese privilegiado balcón, es una forma de empezar a hacer justicia a una personalidad fascinante pero poco conocida fuera de su país.

El embajador Carlos Salinas estará al frente de la delegación filipina que participará en el acto, cuyo comienzo se ha fijado al mediodía. Será un acto sencillo, en consonancia con la figura de Rizal, pero emotivo por lo que representa. En él participarán también el ya ex senador Edgardo Angara, político de gran prestigio en su país que instituyó el Día de la Amistad Hispano-Filipina -el 30 de junio- hace once años. Los acompañará, junto a las autoridades gaditanas, el cónsul de Filipinas en Cádiz, Fernando Blanco. El acto comenzó a gestarse hace un año, en una de las visitas -siete en dos años- que ha realizado desde que es embajador Carlos Salinas. "Vio que había lugares en Cádiz dedicados a personalidades de países que habían pertenecido a España y se quedó con la idea", explica Blanco. "El busto a Rizal es un reconocimiento necesario porque, a pesar de que era un firme defensor de la autonomía filipina, él nunca dejó de reconocer la aportación cultural y de todo tipo de España a su país, y nunca abogó por la independencia absoluta". No lo vieron así ni los gobernadores españoles de la época ni los altos representantes del influyente clero, que pronto encontraron en sus obras una llamada a la secesión y un acto de sedición.

Sus obras Noli me tangere (1887) y El filibusterismo (1891) crearon una gran controversia en Filipinas y le acabaron costando el 'exilio', la reclusión y finalmente la condena a muerte. Estas novelas contenían una crítica de los abusos de las clases y estamentos más poderosos a la que éstos no estaban acostumbrados. Pronto lo involucraron en el movimiento independentista Katipunan porque éste hizo suyas algunas de esas denuncias, y fue inútil su defensa de la lucha pacífica y hasta un alegato final a favor de la fe católica. La sentencia ya estaba escrita y las armas del general Polavieja estaban cargadas, listas para acabar con la vida de un joven de 35 años que escribía bellos libros en español, la lengua que hoy tratan de recuperar diferentes instituciones españolas y filipinas frente al extendido uso del inglés y el tagalo. Lo sucedido con José Rizal, que guarda similitudes con otro 'libertador', José Martí, forma parte de los renglones torcidos que se han escrito en la Historia de España. Actos como el de mañana en Cádiz no van a borrar esos errores ni van a cambiar el curso de la Historia, pero contribuyen al menos a hacer justicia con su memoria y a que algún día alguien se pregunte por qué está mirando a la Bahía el busto del autor de estos versos, escritos horas antes de morir:

Mi patria idolatrada, dolor de mis dolores,

Querida Filipinas, oye el postrer adiós.

Ahí te dejo todo, mis padres, mis amores.

Voy donde no hay esclavos, verdugos ni opresores,

Donde la fe no mata, donde el que reina es Dios.

(José Rizal, El último adiós, 1896)

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